El despertar de selene - Capítulo 136
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- Capítulo 136 - 136 capitulo Final 136La Guerrera Selen
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136: capitulo Final 136:La Guerrera Selen 136: capitulo Final 136:La Guerrera Selen El cielo y el inframundo chocaron cuando Lucifer y Selen se enfrentaron por última vez.
El primer golpe no fue de fuego ni de acero.
Fue de voluntad.
Cuando Lucifer avanzó, el mundo se partió bajo sus pies.
Alas negras como la noche absoluta se desplegaron, cubriendo el cielo con una sombra viva.
A su alrededor, el aire ardía; las montañas se resquebrajaban como si temieran pronunciar su nombre.
Selen no retrocedió.
Su armadura de luz se formó sobre su cuerpo herido, nacida de su propia alma.
Cada paso que daba hacía florecer símbolos antiguos en el suelo, runas olvidadas incluso por los dioses.
En sus ojos no había miedo.
Solo decisión.
—Todo termina hoy —gruñó Lucifer—.
O eres mía… o no serás nada.
Selen levantó la espada.
—Entonces mírame luchar —respondió—.
Y recuerda quién te desafió.
Chocaron.
El impacto sacudió los cielos y el inframundo al mismo tiempo.
La espada de Selen cortó el aire con un grito de luz; las garras de Lucifer respondieron con fuego oscuro.
Volaron, cayeron, se elevaron otra vez.
Cada golpe era una historia rota.
Cada herida, un recuerdo sacrificado.
Lucifer la lanzó contra una muralla de roca.
Selen atravesó la piedra, cayó de rodillas, respirando sangre.
Antes de que pudiera levantarse, el infierno mismo intentó devorarla: cadenas de sombras se cerraron sobre sus brazos y piernas.
—Tus poderes… —susurró Lucifer, acercándose—.
Dame lo que eres.
Selen gritó.
No de dolor.
De desafío.
La luz explotó desde su pecho, rompiendo las cadenas.
Se lanzó contra él con lo último que tenía.
Peleó con manos, con alas rotas, con el alma misma.
Peleó por Franco.
Por Elias.
Por Bárbara, Leila, Adara, Azure.
Por cada mundo que aún podía salvarse.
Pero incluso la luz más pura puede agotarse.
Lucifer atravesó su pecho.
El tiempo se detuvo.
Selen cayó en sus brazos por un instante… y luego al vacío.
Su cuerpo descendió lentamente, sin vida, mientras la batalla se apagaba.
El cielo quedó en silencio.
Lucifer extendió la mano hacia ella, intentando arrancar su poder.
No pasó nada.
—¡No!
—rugió.
Porque los poderes de Selen no eran algo que pudiera tomarse.
Eran algo que se ganaba.
Abajo, ellos vieron caer el cuerpo.
Elias gritó su nombre.
Bárbara se quebró.
Leila cayó de rodillas.
Adara abrazó a Azure para que no mirara.
Franco no gritó.
Franco caminó hasta ella cuando tocó el suelo.
Se arrodilló, tomó su rostro entre sus manos temblorosas.
La sangre aún estaba tibia.
—Mi reina… —susurró—.
Mi amor.
Sus lágrimas cayeron sobre ella.
Una.
Luego otra.
Luego todas.
Y entonces… el cielo se abrió.
Una luz suave, inmensa, descendió y envolvió el cuerpo de Selen.
No la arrancó del mundo: la elevó con respeto.
Su forma ascendió lentamente, como si el universo mismo la reclamara.
Las heridas se cerraron.
La sangre se transformó en luz.
Sus alas renacieron, inmensas, doradas, eternas.
Selen despertó en el cielo.
Ya no había dolor.
Comprendió entonces: no había muerto.
Había trascendido.
Su esencia se expandió más allá de un solo cuerpo.
Se convirtió en diosa.
No de la guerra… sino del sacrificio, la memoria y el amor que no muere.
Miró hacia abajo.
Vio a Franco llorar, quebrado, rey sin trono, amante sin abrazo.
Vio a sus amigos unidos por el dolor.
Vio sus lágrimas caer sobre la tierra devastada.
Y donde esas lágrimas tocaron el suelo… nació vida.
Un nuevo mundo comenzó a formarse: cielos claros, mares nuevos, tierras intactas.
Un reino creado no por conquista, sino por amor.
Desde el cielo, Selen extendió la mano.
—No estoy perdida —susurró, aunque ellos no pudieron oírla—.
Estoy en todo.
Lucifer, derrotado, cayó en la oscuridad, llorando de rabia.
Nunca tuvo sus poderes.
Nunca los tendría.
Porque Selen ya no pertenecía a ningún reino.
Ella era el cielo.
Habían pasado casi tres años desde el funeral de Selen.
El tiempo había seguido su curso, como siempre lo hace, incluso después de la caída de una diosa.
El mundo había sanado.
Las ciudades se levantaron de las ruinas, la gente volvió a amar, a soñar, a vivir.
Ya no había dolor constante ni sufrimiento eterno, solo cicatrices que recordaban que alguna vez existió una guerra.
Franco, Leila, Azure, Adara, Elías y Bárbara se reunieron una tarde en un pequeño restaurante.
No era un lugar lujoso ni solemne, sino cálido, lleno de luz y voces suaves.
Cada uno había construido una nueva vida, distinta, pero todos compartían el mismo pasado.
Por un momento, el silencio se sentó con ellos a la mesa.
Bárbara fue la primera en hablar.
Bajó la mirada, jugueteando con la taza entre sus manos.
—Extraño mucho a Selen… —dijo en voz baja—.
Era una muy buena amiga.
Una persona increíble.
Adara respiró hondo antes de responder.
En sus ojos aún quedaba una tristeza serena.
—Imagínate… a mí todavía me duele su muerte.
Ella fue quien me dio el don de salir del mundo humano, quien creyó en mí cuando yo no lo hacía.
—Sonrió con melancolía—.
Ya no reina… pero la gente la sigue recordando como si aún estuviera aquí.
Leila asintió lentamente.
—La batalla parece que fue ayer —dijo—.
Selen, la guerrera.
La única que pudo detener al mundo de la maldad.
Elías apoyó los codos sobre la mesa.
—Sale en todos los periódicos y revistas —comentó—.
Cada año escriben algo nuevo sobre ella.
Historias, teorías, leyendas… Pero yo creo algo más —levantó la vista—.
Creo que nos está viendo.
Y que nos cuida, siempre.
Franco escuchaba en silencio.
Había cambiado.
Sus ojos ya no ardían de dolor, pero tampoco habían olvidado.
Cuando habló, su voz fue firme, tranquila.
—Lo único que quiero ahora es que ella descanse en paz —dijo—.
Y que el mundo la recuerde para siempre.
Azure asintió de inmediato.
—Pienso lo mismo.
Y es mejor así… porque si todo empezó con Selen, todo termina con Selen.
Ese es el orden.
Leila sonrió suavemente.
—Aunque John no tenga ningún don, creo que fue lo mejor para todos.
Selen se volvió eterna.
Ahora es más que una reina… es una leyenda.
Todos la recuerdan.
—Es mejor seguir adelante —continuó—.
Ella ahora pertenece al mundo de los dioses.
—Tienes razón —dijo Franco—.
No hay que recordarla con tristeza, sino con admiración.
Tenemos que vivir… como a ella le habría gustado.
Elías soltó una pequeña risa.
—Si nosotros hubiéramos muerto, ¿creen que ella habría hecho lo mismo?
—Claro que sí —respondió Bárbara sin dudar—.
Por eso, si algún mal vuelve algún día… estaremos juntos.
Listos para otra batalla.
—Juntos para siempre —dijo Azure.
Se levantaron y se abrazaron todos en un solo gesto, fuerte y sincero, como un juramento silencioso.
Y en algún lugar más allá del cielo, una diosa los observaba.
Hasta el día de hoy, Selen es recordada como una niña valiente que venció al mal.
Una guerrera.
Una reina.
Una diosa.
Y nunca será olvidada.
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