El despertar de selene - Capítulo 15
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15: capítulo 15:cuando dejó de verla 15: capítulo 15:cuando dejó de verla Después de todo lo sucedido, Selene logró dormir.
Contra toda lógica, su cuerpo cayó rendido en una paz profunda, como si su mente decidiera por ella: olvidar.
El bosque, el fuego azul, la criatura que la llamó “hija de Madea”… todo parecía un mal sueño lejano, enterrado bajo la calidez de las sábanas.
Porque sí, ella era una bruja.
Pero no sabía cómo serlo.
Y por ahora, no quería saberlo.
Esa mañana, el sol ya brillaba con fuerza cuando su padre, Héctor, la llevó a la escuela.
Durante el trayecto, apenas cruzaron palabras.
Selene miraba por la ventana, mientras los árboles pasaban como fantasmas.
Tenía la mente enredada.
No en el bosque, no en la criatura.
No.
Estaba pensando en otra cosa… o más bien, en alguien.
Felipe.
Felipe, con esos ojos color miel que brillaban como oro líquido bajo la luz.
Siempre tan risueño, tan libre, tan encantador.
Su sola imagen se colaba en los pensamientos de Selene como un perfume que no quería irse.
Sonrió un poco sin notarlo.
Al llegar, bajó del auto y caminó hacia la entrada con pasos tranquilos.
Aunque su cuerpo estaba presente, su mente flotaba, aún atrapada en lo que Felipe podría decirle, o en cómo la miraría hoy.
Pero al cruzar las puertas del colegio, su corazón dio un vuelco.
Felipe no estaba con su grupo de siempre.
No reía con sus amigos ni jugaba como de costumbre.
En cambio, estaba con una chica que Selene no conocía.
La joven parecía menor, tal vez de otro curso.
Estaban sentados juntos, hablando con entusiasmo, riendo, compartiendo una complicidad que dolía verla.
Y entonces lo sintió.
Un pinchazo agudo en el pecho.
Celos.
No era rabia, no era odio.
Era algo más sutil pero hiriente.
Como si una espina se le clavara muy profundo, justo en donde el corazón guarda lo que calla.
No tenía por qué importarle.
¿O sí?
Se obligó a mirar hacia otro lado, pero al poco rato volvió a ver a Felipe.
Esta vez, estaba con otra chica: Valeria.
Ella sí era conocida… del mismo curso que Selene.
También reían, también bromeaban, como si nada importara.
Como si Selene no existiera.
Y entonces su mente comenzó a llenarse de preguntas.
¿Por qué se junta con tantas?
¿Por qué no me habla como antes?
¿Estoy exagerando?
Quizás sí.
Quizás no.
Pero lo cierto es que, aunque intentaba convencerse de que no le afectaba… lo hacía.
Lo que había enfrentado anoche en el bosque no la había hecho llorar.
Pero esto… Esto sí.
Selene decidió olvidarlo.
Las chicas, las risas ajenas, las punzadas de celos.
No iba a dejar que eso la dominara.
Era un nuevo día y, al sonar el timbre, simplemente caminó hacia la sala como si nada la hubiera afectado.
Como si su corazón no se hubiera sentido torpemente traicionado por algo que nunca fue suyo.
Y ahí estaba él.
Felipe.
La saludó con esa energía encantadora que solo él tenía.
Su voz era ligera, casi musical, como si cada palabra flotara en el aire.
Selene respondió con una sonrisa tímida, sintiendo cómo su estómago se apretaba al mirarlo directamente a los ojos.
Esos ojos soñadores, color miel, que parecían ver más allá, aunque él mismo no lo supiera.
Durante la clase, su atención fue un engaño.
El cuaderno abierto, el lápiz en la mano… pero su mirada iba y venía, buscando a Felipe de reojo.
Lo miraba sin mirar.
Fingía tomar apuntes mientras su mente vagaba entre sus gestos, su risa suave, cómo se acomodaba el cabello o cómo jugaba con su lápiz entre los dedos.
Y entonces sonó el recreo.
Felipe salió con sus amigos, hablando y riendo como siempre.
Pero, para sorpresa —y alivio— de Selene, no iba acompañado por ninguna chica.
Bien, pensó.
No lo podía evitar: eso le alegraba de una forma tonta y descontrolada.
Así que lo siguió.
No abiertamente, por supuesto.
Caminaba cerca, tomando rutas diferentes, mirando a otro lado cuando él se giraba.
Pero lo seguía.
Y Felipe, de vez en cuando, volteaba.
La veía.
Y ella, como si lo hubiera ensayado mil veces, disimulaba tan bien que parecía que solo pasaba por ahí.
Como si no supiera que él estaba cerca.
Como si fuera casualidad.
Pero no lo era.
Nada de eso era casualidad.
Era una coreografía muda, un juego sin reglas donde solo ella sabía que estaba jugando.
Una parte de ella lo hacía con inocencia, esperando simplemente que él la saludara, que notara su presencia.
Pero otra parte… comenzaba a rozar lo obsesivo.
Como si algo en su interior —tal vez esa parte suya que aún no entendía del todo— no supiera diferenciar entre el deseo y la necesidad.
Felipe no dijo nada.
Aún.
Pero Selene sabía que se había dado cuenta.
Y aun así… no dejó de seguirlo.
Las semanas pasaban, y aunque todo parecía seguir igual en la superficie, algo había cambiado.
Selene lo sentía.
Felipe ya no le hablaba con la misma alegría de antes.
Sus saludos eran más breves, sus palabras menos cálidas, como si una distancia invisible hubiera comenzado a crecer entre ellos sin que ella lo pudiera evitar.
Aun así, ella seguía… observándolo.
Casualmente, por supuesto.
Esa mañana, como tantas otras, Selene caminaba por los pasillos fingiendo distraerse, cuando en realidad su mirada seguía cada movimiento de Felipe.
Lo veía reír con sus amigos, moverse entre grupos, caminar despreocupado por los pasillos como si el mundo le perteneciera.
Hasta que, sin esperarlo, todo se detuvo.
Felipe giró bruscamente sobre sus talones, mirándola directo a los ojos.
—¿Por qué me sigues?
—preguntó, sin rabia, sin burla, pero con una extraña seriedad que congeló el tiempo a su alrededor.
Selene sintió cómo el estómago se le retorcía, como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies.
Sus labios se separaron levemente, pero no salían palabras.
Tenía la mente en blanco, pero los ojos fijos en los de él, atrapada por esa mirada que la desarmaba por dentro.
Y entonces, como un reflejo torpe, murmuró lo único que pudo: —¿Seguirte?
No te sigo… estás confundido.
Felipe no respondió.
Solo sonrió con una risa breve, como si la situación le causara gracia o simplemente no tuviera más importancia.
Se dio media vuelta y volvió con su grupo de amigos, como si nada hubiera ocurrido.
Pero para Selene, sí había ocurrido.
Y dolía.
Esa noche, no dejó de pensar en eso.
En su mirada, en su pregunta, en su risa.
Se sentía expuesta.
Como si él hubiera arrancado un velo que llevaba demasiado tiempo fingiendo que no existía.
Tal vez… tal vez debía dejar de seguirlo por un tiempo.
Aunque fuera difícil.
Pero al día siguiente, el impulso fue más fuerte que la razón.
Volvió a intentarlo, solo que esta vez no lo siguió.
Se adelantó.
Sabía por dónde Felipe solía pasar, así que se colocó justo en ese sitio, fingiendo estar ahí por casualidad.
Esperaba que él la viera, que le dirigiera una sonrisa, un simple “hola”.
Pero no ocurrió nada de eso.
Felipe pasó junto a ella… y la ignoró.
Literalmente.
Como si no existiera.
No una mirada, no un gesto.
Ni siquiera un reconocimiento accidental.
Solo el eco de sus pasos alejándose mientras Selene se quedaba inmóvil, tragando el nudo en su garganta.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que su magia no servía de nada.
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