El despertar de selene - Capítulo 21
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21: capítulo 21:entre el “que asco”y el ” talvez si” 21: capítulo 21:entre el “que asco”y el ” talvez si” Quizás lo del fantasma ya había sucedido, o tal vez solo lo había imaginado… pero aun así, un escalofrío persistía en su espalda.
No quiso pensar mucho más en ello; ya era tarde, y lo mejor era descansar.
Así que, sin darle más vueltas al asunto, se fue a dormir.
A la mañana siguiente, Selen se preparó para ir al colegio.
Mientras caminaba, su mente no dejaba de repasar lo ocurrido la noche anterior.
Algo en el ambiente aún le parecía extraño, como si una sombra la siguiera en silencio.
Al llegar, apenas puso un pie dentro del colegio, lo inevitable sucedió.
—¡Hola, Selen!
¿Cómo estás?
—dijo una voz detrás de ella.
Era Benjamín.
Selen cerró los ojos un segundo, suspiró profundo.
Qué estúpido, pensó.
Él continuó, como si nada.
—Quiero decirte algo más tarde.
¿Será que podríamos hablar?
Por un segundo, Selen estuvo a punto de girarse y gritarle “¡No, no quiero saber nada de ti!
¡Qué asco, por Dios!” Porque sí, Benjamín era alto, pero no tan atractivo como algunos decían.
Ella no lo encontraba tan guapo.
Pero si decía algo así, seguro todos pensarían que era una interesada, una exagerada.
Claro que nunca diría eso en voz alta.
Así que, en lugar de armar una escena, simplemente sonrió y respondió con la mejor máscara que pudo poner: —Claro, cómo no, Benjamín.
Después de su breve respuesta, los ojos de Benjamín se iluminaron como si acabara de ganar algo importante.
Selen notó el cambio y, aunque no entendía del todo por qué la miraba así, no pudo evitar sentir un poco de curiosidad… o tal vez molestia.
—Está bien —dijo él—.
¿Te parece si hablamos después de la misa?
Ya sabes, como hay misa hoy en el colegio… pues, nos vemos después.
¿Vale?
Selen solo asintió con un seco —Ok.
El resto de la mañana transcurrió con normalidad.
Clases aburridas, profesores hablando sin parar, y ella tratando de distraerse.
Cuando llegó la hora de la misa, caminó lentamente hacia la capilla, deseando que esa hora pasara rápido.
No era que no creyera en nada; al fin y al cabo, era católica.
Pero las misas le parecían eternas y, para ser sincera, un poco innecesarias.
Al sentarse en uno de los bancos, sintió una sombra acercarse.
No tuvo ni que mirar.
El estúpido de Benjamín se sentó justo a su lado.
“Perfecto,” pensó con ironía.
“Ahora una misa…
y con él al lado.” Intentó mantener la compostura.
Educada.
Correcta.
Aunque por dentro quería estar en cualquier otro lugar del mundo.
La misa comenzó, y todo parecía seguir el mismo ritmo de siempre… hasta que, en un momento de silencio, sintió el brazo de Benjamín posarse sobre su hombro.
Y, para colmo, él apoyó la cabeza en su cuello, como si estuvieran juntos desde hace siglos.
El rostro de Selen se encendió en un rojo intenso.
No podía creerlo.
¿Qué demonios estaba haciendo ese idiota?
Estuvo a punto de gritarle: “¿¡Qué te pasa, maldito estúpido!?” Pero se contuvo.
Apenas.
Apretó los dientes.
Y aguantó.
Pero no dijo nada.
Se quedó en silencio, sin moverse, fingiendo que no sentía el calor del brazo de Benjamín ni el peso de su cabeza apoyada en su cuello.
Sin embargo, un pensamiento intrusivo se coló en su mente como una pequeña chispa traviesa: “¿Y si yo también apoyara mi cabeza en la suya?” Y así fue.
Sin pensarlo demasiado —o pensándolo justo lo suficiente como para hacerlo igual— Selen apoyó su cabeza sobre la de Benjamín.
Al instante, su alma se retorció de vergüenza.
¿¡Qué acababa de hacer!?
Se sintió como una titana estúpida, torpe y emocional.
Benjamín levantó la cabeza apenas un poco, sorprendido, y con una sonrisa ladeada preguntó: —¿Y por qué te apoyas?
Selen, sin saber bien qué responder, solo murmuró con sarcasmo: —¿Y tú por qué te apoyaste primero?
Él se rió.
No dijo nada más.
Solo volvió a apoyar su cabeza en su cuello como si nada hubiera pasado, como si esa pequeña escena incómoda no hubiera significado nada.
A ella, en cambio, le parecía todo fastidioso.
Incómodo.
Su respiración se aceleraba, pero no sabía si era por rabia, vergüenza… o algo más.
Y, aunque no quería, una sonrisa inevitable se escapó de sus labios.
Una pequeñita.
Molesta, pero sincera.
Como si, en el fondo, una parte de ella sí quisiera que Benjamín estuviera ahí.
Aunque otra parte —la más ruidosa de su mente— gritaba con todas sus fuerzas: “¡No!
¡Qué asco!” Y ahí estaba.
Su corazón decía sí, su mente decía no, y ella… simplemente existía en medio del caos.
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