El despertar de selene - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 capítulo 26La puerta Roja
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26: capítulo 26:La puerta Roja 26: capítulo 26:La puerta Roja Después de lo sucedido, Selen estaba confundida.
Las imágenes aún danzaban en su cabeza como si no supiera distinguir entre lo real y lo imaginado.
Pero entonces, un recuerdo olvidado emergió entre la bruma de su mente: había visto algo relacionado con vampiros y brujas… o más bien, una película.
Aunque, pensándolo bien, no era exactamente una película común, sino un antiguo documental que había encontrado una vez por casualidad en la parte más oscura de la web.
Pocas vistas.
Sin comentarios.
Y con fecha de publicación en 1699.
¿Podía eso ser real?
Según aquel documental, Transilvania no sólo era un lugar real —como muchos sabían— sino que existía una región oculta, una tierra secreta, invisible para los ojos de los humanos.
Solo los hijos de brujas podían entrar.
Ahí, los secretos del pasado eran revelados.
Ahí, las respuestas aguardaban.
Selen sintió una urgencia inexplicable por ir.
Como si algo la empujara.
Como si alguien, o algo, la estuviera llamando.
Esa noche, con las manos temblorosas, le robó un libro de hechizos a su madre, Madea.
Uno antiguo, con cubiertas de cuero agrietado y letras que se movían levemente si uno las miraba demasiado tiempo.
Entre sus páginas encontró un hechizo de teletransportación… pero requería una varita.
Y la única varita que conocía era la de su madre, la cual su padre Héctor había escondido bajo llave, jurando que nadie volvería a usarla.
Pero Selen no aceptaba un no como respuesta.
No cuando se trataba de su destino.
Esperó a que el reloj marcara las 12:00 a.m., cuando el silencio lo cubría todo y hasta los susurros parecían pecado.
Caminó en puntillas hacia el cuarto prohibido, ese que su madre le había prohibido siquiera mirar.
Usó una horquilla para forzar la cerradura —lo había aprendido viendo series policiales— y con el corazón golpeándole el pecho como un tambor embrujado, encontró la caja que contenía la varita.
Era hermosa.
Oscura como la noche sin luna, con vetas rojas como si sangrara en silencio.
Regresó a su habitación sin ser vista.
Se vistió con un largo traje negro con una capa que ella misma había diseñado, adornada con pequeños bordados en forma de lunas y ojos.
Colocó las velas en círculo, encendiéndolas una por una.
Cerró los ojos y alzó la varita hacia el techo.
—Espíritus del mundo, yo los invoco.
Llévenme a Transilvania.
El aire se volvió espeso.
La llama de las velas no titilaba… se congelaba.
Un círculo comenzó a formarse a su alrededor, hecho de símbolos que no conocía pero que su alma comprendía.
Todo comenzó a volverse borroso.
El suelo desapareció bajo sus pies.
Y luego… nada.
— Despertó.
Pero no en su cama.
Estaba en una calle empedrada, húmeda, de casas viejas y tejados puntiagudos que parecían susurrar.
No reconocía el idioma de los letreros, pero podía leerlos con claridad.
Un cuervo graznó sobre un farol y la niebla lo cubría todo.
No estaba en su ciudad.
Estaba en Transilvania.
Pero algo no iba bien.
La calle estaba vacía.
Ni un alma a la vista.
El aire olía a moho y a… ¿sangre?
Y entonces lo vio.
Una figura encapuchada al final de la calle.
Inmóvil.
Observándola.
Selen tragó saliva.
Dio un paso atrás… y la figura dio uno hacia adelante.
No estaba sola.
Y ya no había vuelta a trás.
La figura seguía allí, al final de la calle, cubierta por una capa negra que flotaba como si el viento la sostuviera.
No se movía, no hablaba.
Solo la miraba.
Selen dio un paso atrás, instintivamente.
El suelo empedrado crujió bajo sus pies.
Y en ese mismo instante… la figura desapareció.
Como si nunca hubiese estado allí.
—¿Qué…?
—susurró.
Corrió hacia el lugar donde la había visto, pero no había rastro alguno.
Ni una huella, ni una sombra.
Solo niebla espesa que parecía más viva que el aire mismo.
El silencio era casi doloroso.
Selen sintió que algo la observaba, pero no desde un solo lugar.
Desde todas partes.
Como si las paredes, los tejados y los cuervos la conocieran.
No podía quedarse allí parada.
Así que caminó.
Sus pasos la llevaron por callejones angostos donde los faroles parpadeaban sin razón.
Las puertas de las casas estaban cerradas con símbolos tallados en la madera.
Símbolos que reconocía vagamente… había algunos en el libro de hechizos.
Pasó por una tienda de muñecas que parecía abandonada, aunque algunas de las muñecas la miraban como si supieran que no pertenecía allí.
Luego vio una fuente en forma de serpiente que soltaba un agua tan negra como el cielo nocturno.
Todo era extraño.
Y sin embargo, todo tenía sentido para ella.
El instinto la guiaba más que la razón.
Recordó lo que decía el documental: “Solo los hijos de brujas podrán encontrar la entrada.
No con los ojos, sino con el alma.” Así que cerró los ojos, respiró profundo, y escuchó.
Nada.
Y luego… un susurro.
Lejano.
Antiguo.
“Ven…” Abrió los ojos.
Una luz tenue iluminaba una de las calles que antes parecía cerrada.
Pero ahora… estaba abierta.
Un sendero nuevo.
No estaba antes.
Lo sabía.
—Gracias —susurró Selen, sin saber a quién hablaba.
Avanzó por el pasaje.
A medida que lo hacía, las paredes parecían inclinarse hacia ella, como si quisieran olerla, leerla, conocer su esencia.
Y al final del sendero… una puerta roja.
No tenía picaporte.
Solo un círculo con un grabado que parecía hecho con garras.
En el centro, una luna creciente con un ojo abierto.
Selen alzó la varita.
La colocó justo en el símbolo.
La puerta tembló.
Y se abrió con un gemido que parecía un grito contenido por siglos.
Dentro… solo oscuridad.
Pero Selen no dudó.
Entró.
Y la puerta se cerró detrás de ella.
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