El despertar de selene - Capítulo 3
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3: capítulo 3:el conjuro 3: capítulo 3:el conjuro Después de aquella conversación, Selene no supo qué pensar.
Al principio dudó.
La palabra “bruja” sonaba lejana, misteriosa, y un poco aterradora.
Pero había algo en la forma en que su madre le hablaba, algo que la hacía sentir especial.
Poco a poco, y con la guía de Madea, empezó a entender que ser diferente no era algo malo… era parte de quién era.
Tenía solo ocho años, su mundo aún era pequeño, lleno de fantasía, juegos y sueños.
Así que cuando su madre le reveló la verdad, Selene, más que asustada, se sintió emocionada.
La idea de ser una bruja le sonaba como sacada de los cuentos que tanto le gustaban.
Pensaba en hechizos brillantes, escobas voladoras y animales que hablaban.
Pero pronto descubriría que la magia real era mucho más profunda… y también más oscura.
Pasaron dos años.
Selene creció, y con ella también creció su vínculo con lo oculto.
Observaba, escuchaba, aprendía sin entender del todo, pero sintiendo que algo dentro de ella comenzaba a despertar.
Y entonces, el día llegó.
Fue en la noche de su décimo cumpleaños.
El cielo estaba cubierto de nubes, y la brisa del bosque cercano golpeaba suavemente las ventanas de la cabaña.
Madea entró a su habitación con una pequeña caja negra entre las manos.
Selene, al verla, se incorporó con los ojos brillando de expectativa.
—Feliz cumpleaños, hija —dijo su madre, con una mezcla de orgullo y solemnidad en la voz—.
Ha llegado el momento.
Selene la miró confundida.
Madea se sentó a su lado y abrió la caja.
Dentro, descansaba un collar con un cristal rojo oscuro.
No era rubí.
Era algo más denso, más profundo… casi como si estuviera vivo.
Selene lo contempló hipnotizada.
—¿Es para mí?
—preguntó en un susurro.
—Sí —respondió Madea, mirándola a los ojos—.
Este collar está hecho con sangre de nuestro linaje.
Es un regalo… y una llave.
Hoy comenzarás tu verdadero camino como bruja.
Selene tragó saliva, y aunque en su pecho palpitaba cierta inquietud, también se sentía llena de energía, como si el universo entero esperara algo de ella.
—¿Y qué tengo que hacer?
—preguntó con voz temblorosa—.
¿Cómo me convierto en una bruja?
Madea sonrió suavemente.
Le tomó las manos con ternura.
—Vas a tener que ir al bosque —le explicó—.
Tu padre y yo haremos un ritual contigo.
Un antiguo rito de sangre y espíritu.
Con eso, despertarás por completo… y te convertirás en lo que siempre fuiste destinada a ser.
Selene asintió.
El miedo y la emoción se entrelazaban dentro de ella.
Quería saber más.
Quería descubrirlo todo.
—¿Y… seré la mejor?
—preguntó, apenas un susurro de niña que soñaba con grandeza.
Madea la abrazó con fuerza.
—Yo sé que lo serás, hija.
Yo lo sé.
La noche era espesa, envuelta en un silencio que parecía contener la respiración del mundo.
Las ramas crujían suavemente bajo los pies de Selene mientras caminaba, guiada por la mano firme de su madre.
A su otro lado, su padre, Héctor, mantenía una antorcha encendida que apenas lograba romper la oscuridad del bosque.
No era la primera vez que Selene iba allí, pero esa noche todo se sentía distinto.
Las sombras parecían moverse a su alrededor.
El aire olía a tierra húmeda y a algo más… algo antiguo.
—¿Dónde vamos exactamente?
—preguntó en voz baja, sintiendo cómo su corazón golpeaba con fuerza.
—A un claro sagrado —respondió Madea sin mirarla—.
Allí donde la sangre de nuestras ancestras fue derramada por primera vez.
Es un lugar de poder.
El claro apareció frente a ellos tras cruzar un arco natural de árboles retorcidos.
En el centro había un círculo tallado en piedra, cubierto por símbolos que Selene no entendía, pero que parecían vibrar con una energía invisible.
Alrededor del círculo, pequeñas velas ya encendidas dibujaban un sendero en espiral.
—Colócate en el centro —indicó su madre.
Selene obedeció.
El collar de sangre colgaba de su cuello, frío al contacto con su piel.
Héctor murmuró unas palabras en una lengua que jamás había oído antes, mientras Madea derramaba una esencia oscura sobre las piedras.
La mezcla de olores —incienso, hierbas, y algo metálico— llenó el aire.
—¿Qué va a pasar?
—preguntó Selene, con la voz apenas audible.
—Vamos a despertar lo que duerme dentro de ti —dijo su madre—.
No te asustes.
No dolerá… solo arderá.
Madea tomó una daga ceremonial y caminó hacia su hija.
Selene abrió los ojos con sorpresa.
—¿Me vas a cortar?
—Solo una gota de sangre.
Es necesario.
Confía en mí.
La cuchilla rozó la palma de Selene.
Fue rápido.
Solo un hilo de sangre cayó al suelo, empapando uno de los símbolos.
El collar reaccionó al instante: su cristal se iluminó con una luz roja pulsante, como si estuviera latiendo.
De pronto, el suelo tembló suavemente bajo sus pies.
El aire cambió.
El bosque guardó silencio absoluto.
Los ojos de Selene se abrieron de par en par.
Sintió una corriente de energía recorrerle la columna vertebral.
No era miedo.
No era dolor.
Era como si por fin recordara algo que siempre había sabido, como si una parte dormida de su alma despertara y gritara con fuerza.
Voces susurrantes se alzaron entre los árboles, como un canto antiguo, como un eco que solo ella podía escuchar.
—Ahora… —dijo Madea— eres una con nosotras.
Una bruja.
Selene cayó de rodillas, no por debilidad, sino por el peso de lo que sentía.
Cerró los ojos y respiró hondo.
Y entonces lo supo.
Ya no era una niña cualquiera.
Ahora era parte de algo mucho más grande.
Ahora… era magia.
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