El despertar de selene - Capítulo 30
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30: capítulo 30:volver a usar el giratiempo 30: capítulo 30:volver a usar el giratiempo Después de lo sucedido selen se asustó pero tocó el timbre para irse salió del baño y se fue a casa espero la noche para volver a usar el gira tiempo que encontró tenía intriga e curiosidad si podría llevarla a un lugar como en las películas de fantasía, Selene sostenía el giratiempo entre sus dedos, sintiendo el peso frío del metal.
Aquel artefacto siempre la había llevado a momentos del pasado o del futuro… pero esa noche, bajo una luna extrañamente roja, algo en su interior le susurró que lo girara una vez más.
Un clic… luego otro… y el mundo comenzó a desmoronarse como arena arrastrada por el viento.
Cuando parpadeó, ya no estaba en su habitación.
Se encontraba en un bosque iluminado por hongos gigantes que brillaban en tonos azulados y púrpuras.
Un río de agua plateada corría en silencio, reflejando un cielo invertido donde las estrellas parecían moverse como peces.
—Esto no es el pasado… ni el futuro —murmuró Selene, abrazándose a sí misma.
A lo lejos, entre los árboles, vio una figura con sombrero alto y una sonrisa demasiado amplia para ser humana.
No caminaba… flotaba.
Cada vez que intentaba mirarlo de frente, el paisaje cambiaba: un instante estaba en un puente de cristal, al siguiente, en una sala repleta de relojes que marcaban horas imposibles.
—¿Quién eres?
—preguntó con voz temblorosa.
La figura se inclinó, como un caballero antiguo, y respondió con una voz que parecía venir desde todos los rincones del lugar: —Soy el que estaba esperando que llegaras… aunque aún no sabes por qué.
Selene dio un paso atrás, pero el suelo bajo sus pies se convirtió en un tablero de ajedrez interminable.
Las casillas se movían, como si intentaran atraparla.
El giratiempo, colgado en su cuello, empezó a girar solo, más y más rápido, como si quisiera escapar de ese lugar.
En ese momento, una mariposa con alas transparentes se posó en su mano y susurró, con un tono urgente: —No confíes en las sonrisas… ellas aquí siempre mienten.
El aire se volvió más denso.
Algo —o alguien— la observaba desde las sombras.
Selene supo, sin entender por qué, que si no encontraba la salida antes de que el último reloj se detuviera… quedaría atrapada allí para siempre.
Y entonces, un reloj cercano marcó la medianoche… y todas las luces se apagaron.
Cuando la última luz se apagó, Selene sintió que el bosque entero contuvo la respiración.
Solo el brillo tenue del río plateado se mantenía, como una línea de luz que guiaba a algún lugar desconocido.
Un sonido suave comenzó a resonar, como campanillas meciéndose en un viento inexistente.
Selene siguió el eco y, poco a poco, las sombras comenzaron a llenarse de destellos: flores que se abrían al verla pasar, liberando pequeñas luciérnagas de cristal.
A cada paso, el mundo cambiaba.
Los árboles se estiraban hacia el cielo y se doblaban formando arcos, sus hojas se transformaban en espejos diminutos que reflejaban su rostro… pero no el rostro de ahora, sino versiones de ella más joven, más mayor, e incluso… una versión que no era del todo humana.
—No tengas miedo —susurró una voz femenina, tan suave como el murmullo del agua.
Selene giró sobre sí misma y la vio: una joven de cabello largo, hecho de hilos de luz, vestida con un traje de pétalos que parecían flotar alrededor de su cuerpo.
Sus ojos brillaban como la aurora.
—¿Quién eres?
—preguntó Selene, sintiendo que el giratiempo pesaba cada vez más en su cuello.
—Soy la guardiana de los senderos que no deberían abrirse —respondió la joven, inclinando la cabeza—.
Has llegado por accidente… pero aquí, los accidentes cambian destinos.
A su alrededor comenzaron a aparecer criaturas imposibles: peces que nadaban en el aire dejando estelas de colores, gatos con alas de mariposa, árboles que cantaban en coro.
Selene no podía apartar la vista, como si el lugar entero quisiera hechizarla para que olvidara de dónde venía.
—Pero… ¿cómo salgo?
—preguntó, con un hilo de voz.
La guardiana sonrió con dulzura y señaló el giratiempo.
—Solo girándolo cuando el cielo sea de oro y las sombras, de plata.
Pero cuidado… si lo giras en otro momento, podrías caer en un lugar aún más lejano.
Selene alzó la vista.
El cielo, ahora violeta, comenzaba a llenarse de relojes flotantes que giraban lentamente.
En ese instante comprendió que aquel lugar no era simplemente un país de maravillas… era un cruce de mundos, un punto donde todos los tiempos se rozaban.
Y mientras intentaba asimilarlo, el sonido de pasos se acercó por detrás.
No eran pasos humanos.
Eran suaves, pero pesados… como garras arrastrándose sobre mármol.
La guardiana se inclinó hacia ella y susurró: —Decidas lo que decidas, no mires directamente a sus ojos… Selene tragó saliva, apretó el giratiempo en su mano y esperó a que la criatura saliera de la sombra.
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