El despertar de selene - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 capítulo 4la marca de sangre
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4: capítulo 4:la marca de sangre 4: capítulo 4:la marca de sangre El ritual había terminado… pero algo dentro de Selene apenas comenzaba.
La energía que la atravesó durante el círculo mágico seguía viva, girando en su interior como una llama que se negaba a apagarse.
Sentía un cosquilleo constante en la punta de los dedos, como si cada uno guardara un pequeño rayo contenido.
A su alrededor, el bosque parecía respirar distinto.
Las hojas crujían de otra forma.
Las ramas se mecían con un ritmo antiguo que ahora podía comprender… aunque no con palabras.
Madea se inclinó junto a ella y colocó una mano sobre su hombro.
—Tu cuerpo lo va a sentir durante unos días —le dijo suavemente—.
Es normal.
Estás despertando tu vínculo con los elementos.
La tierra, el fuego, el agua y el aire… te reconocerán.
Selene alzó la vista hacia su madre.
Por primera vez, no se sentía como una niña.
Sentía que algo invisible la observaba desde lo profundo del bosque.
Algo antiguo.
Algo que la conocía.
—¿Y qué hago ahora?
—preguntó, con la voz todavía baja, como si temiera romper aquel momento.
Héctor se acercó desde detrás del círculo.
Su rostro serio mostraba un orgullo silencioso.
—Ahora escuchas, aprendes… y practicas.
Lo que hicimos esta noche no fue el fin.
Fue la apertura de una puerta.
A partir de ahora, tu vida ya no será igual.
Madea asintió.
—Vendrán sueños.
Visiones.
Y cuando estés lista… la sangre responderá por sí sola.
Selene se tocó el collar que colgaba de su cuello.
Sentía calor.
No quemaba, pero era como si su propia sangre hablara desde el cristal.
—¿Y si me equivoco?
—Te equivocarás —dijo su madre con honestidad—.
Pero eso también es parte de la magia.
Aprender a caer, y luego transformarte.
Los tres permanecieron en silencio unos segundos.
Las velas se apagaron solas, una por una, como si el bosque supiera que el rito había terminado.
Mientras regresaban a casa, Selene caminaba en medio de sus padres, sintiéndose más ligera y más pesada al mismo tiempo.
En su corazón, una certeza palpitaba como un tambor lejano: Ahora pertenecía a algo más grande.
Y aunque todavía no lo sabía, esa noche… otros ojos también habían estado observando.
Ojos que no pertenecían a ningún ser humano.
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