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El despertar de selene - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 capítulo 47Dulce venganza
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47: capítulo 47:Dulce venganza 47: capítulo 47:Dulce venganza Después de su corazón roto, Selene, como toda bruja, decidió dirigirse al parque.

Sacó su pequeño espejito, su herramienta más confiable.

Sabía que podría serle de gran ayuda.

Tocó la superficie del espejo y, como por arte de magia, apareció frente a ella una ventana a las redes sociales.

Buscó la cuenta de su mejor amiga y, con cautela, creó una cuenta falsa.

Desde allí, comenzó a enviarle mensajes, haciéndose pasar por una amiga suya.

Pero en el fondo, Selene solo pensaba: Me vas a pagar por todo lo que me hiciste, Diana.

Escribió sin piedad: criticó su peinado, su forma de maquillarse, hasta su manera de ser.

Cada mensaje era una daga disfrazada de palabras.

Diana leyó los textos y, poco a poco, comenzó a ponerse nerviosa.

Intentó responder de manera sutil, pero Selene continuaba atacando con comentarios discretos, pero críticos.

Luego, la situación dio un giro inesperado.

Diana empezó a recibir llamadas de Selene desde la cuenta falsa, llorando y diciendo que se sentía mal, que no soportaba los mensajes.

Selene observó la reacción de Diana y sintió una felicidad oscura, mientras mostraba su doble cara: con dulzura ayudaba, diciendo que ella detendría todo.

Firmó los mensajes con el nombre de su supuesta amiga y envió las “pruebas” a Diana, quien se sintió algo aliviada.

Pero Selene no podía dejar de recordar: No te metas conmigo, Diana.

No sabes lo que soy capaz de hacer.

Sus mensajes habían sido tan fuertes que incluso uno de los mejores amigos de Diana intervino, pidiéndole a la cuenta falsa que parara, porque Diana estaba realmente afectada.

Una dulce venganza, pensó Selene, mientras su corazón herido se encontraba con un extraño placer al ver cómo su amiga pagaba por lo que le había hecho.

Selene observó el teléfono en su mano, su reflejo en el espejito sonriendo con malicia.

Con cada mensaje que enviaba desde la cuenta falsa, la tensión crecía, y ella podía sentir cómo un hilo invisible conectaba sus palabras con las emociones de Diana.

Cada crítica era medida, sutil, como un hechizo que Diana no sabía descifrar.

—¿Por qué siento esto…?

—murmuró Diana mientras leía los mensajes, sintiéndose extrañamente incómoda y confundida—.

¿Quién… me está diciendo todo esto?

Selene sonrió bajo su capucha, disfrutando del poder de la invisibilidad.

No podía ser más perfecto: Diana ni siquiera sospechaba que detrás de la cuenta estaba la propia Selene.

Cada mensaje contenía pequeñas verdades disfrazadas de insultos, pequeños recordatorios de todo lo que Diana había hecho, pero siempre ocultos tras la voz de una “amiga preocupada”.

Mientras tanto, Selene jugaba con las emociones de Diana, provocando que ella dudara de sí misma, que sintiera culpa y miedo al mismo tiempo.

Cada vez que Diana contestaba, Selene respondía con delicadeza fingida, ayudando, calmando, mientras el verdadero control seguía siendo suyo.

—Por favor, no… —escribió Diana, sin saber que estaba hablando con Selene misma—.

No quiero sentirme así… Selene inclinó el espejito y murmuró una palabra que solo ella escuchó.

Un pequeño escalofrío recorrió a Diana al leer el mensaje, sin poder identificar de dónde venía esa sensación de inquietud.

La venganza era silenciosa, invisible, perfecta.

Al final, Selene cerró el contacto con un simple mensaje: “Tranquila, todo estará bien”.

Pero en su corazón, sabía que esta era solo la primera jugada.

Diana seguiría sin sospechar que Selene estaba detrás de todo, y Selene estaba lista para que cada emoción confusa y cada lágrima silenciosa fueran parte de su dulce, oscura victoria.

Selene sostuvo su espejito frente a ella y susurró palabras antiguas, su voz apenas un murmullo, pero cargada de poder.

De su reflejo salió una luz tenue, como un hilo invisible, que se deslizó entre la brisa y se internó en el mundo de Diana, alcanzándola sin que ella pudiera verlo.

Diana estaba en su habitación, revisando su teléfono, cuando de repente sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Un nudo en el estómago la hizo dudar de sí misma, y su corazón empezó a palpitar con una mezcla de culpa y miedo.

Las palabras en los mensajes parecían más fuertes, más críticas, aunque nada había cambiado.

Sentía como si alguien pudiera ver cada uno de sus errores, cada pequeña inseguridad que llevaba dentro.

—¿Qué… qué me está pasando?

—susurró Diana, sin comprender por qué un simple mensaje le hacía sentirse tan pequeña y torpe.

Selene observaba desde el parque, sonriendo bajo su capucha.

El hechizo era perfecto: cada mensaje crítico que Diana leía ahora era acompañado por esa sensación invisible de insuficiencia.

Era como si una sombra silenciosa la abrazara, susurrándole que no era suficiente, que todo lo que hacía estaba mal.

Y Selene, desde su espejito, podía medir el efecto de su magia.

Cada pequeña reacción de Diana —el temblor en sus manos, la angustia en su pecho— era un reflejo del poder que estaba ejerciendo sin ser vista.

Nadie podía culpar a Selene; nadie sabía que la bruja estaba detrás de aquella sensación, tejiendo un hechizo de confusión y crítica que golpeaba directamente al corazón de Diana.

—No puedo… no sé qué hago mal… —murmuró Diana, hundiéndose más en su propia inseguridad, mientras Selene disfrutaba de su obra maestra: un hechizo invisible que hacía que Diana sintiera todas sus críticas y temores multiplicados, sin sospechar jamás que su mejor amiga era la autora de su tormento.

Después de todo lo que había hecho, Selene sintió un leve remordimiento.

Era inevitable; incluso una bruja no podía ignorar del todo su propia conciencia.

Se detuvo un momento, sonrió suavemente y murmuró: —Que me perdonen todos los que me vieron… espíritus y sagrados.

Guardó su espejito cuidadosamente en el zapato de su pie y comenzó a caminar hacia su casa, como si nada hubiera pasado.

Su sonrisa era serena, pero cargada de la magia y el misterio que siempre la acompañaban.

Al llegar a casa, decidió enviar un mensaje desde su cuenta normal a Diana.

Escribió con delicadeza: —No te preocupes, amiga… tú no eres así.

Se detuvo, dudó un instante y corrigió el mensaje: —No, no le hagas caso.

Diana leyó el mensaje y, aunque no sabía la verdad, sintió un pequeño alivio en su corazón.

Nada de lo que había sucedido podía relacionarse con Selene.

Nadie sospecharía jamás que aquella misma chica que la consolaba había sido también la autora de su tormento, la sombra invisible detrás de sus inseguridades.

Selene, mientras tanto, guardó silencio y dejó que la magia se disolviera suavemente en el aire.

La venganza había sido dulce, sigilosa, y la bruja volvía a su vida cotidiana, con un secreto que nadie jamás descubriría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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