El despertar de selene - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - 51 capítulo 51Lo que no pudo contar
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51: capítulo 51:Lo que no pudo contar 51: capítulo 51:Lo que no pudo contar Selen se quedó perpleja.
Aquella sensación, la que había brotado tras salir de la habitación, todavía la emocionaba.
—Tengo que cortar ahora, Selen.
Papá llegó enojado —dijo Bárbara con voz apresurada.
—No te preocupes —respondió Selen.
Bárbara sonrió suavemente antes de despedirse, lo mismo hicieron Elías y Franco.
Luego, la pantalla se apagó dejando a Selen sola en su habitación.
Aquella conversación, aunque breve, era lo único que le daba un respiro… su única salvación hasta el momento.
Suspiró y se sentó frente a sus cuadernos.
Tenía que concentrarse en las tareas, en el estudio, porque esa semana había una prueba importante.
Apenas empezaba a organizar sus apuntes cuando la puerta se abrió.
Su madre, Madea, entró con paso firme.
—Más te vale estudiar, porque no quiero que te saques mala nota —advirtió con dureza.
—No, mamá… si no me voy a sacar mala nota —contestó Selen, tratando de sonar segura.
Madea la miró con escepticismo.
—Más te vale.
Apuesto que tu amiga se saca mejores notas que tú.
Se nota que es inteligente.
Una punzada atravesó el pecho de Selen, pero no quiso mostrarlo.
—No… soy igual que ella —se defendió en voz baja.
—No lo creo.
A Elías le va mejor que a ti.
Deberías ser mejor que todos, ¿por qué no lo eres?
Te falta mucho.
Selen bajó la mirada.
—Ya, pero… igual estoy estudiando, me estoy esforzando… —Pues en las pruebas no se ven los resultados —sentenció Madea, tajante.
Selen no dijo nada más.
Se quedó en silencio, porque no sabía cómo responder.
El peso de esas palabras la aplastaba más que cualquier cosa.
—No, pero es que tú siempre dices que al final terminas sacando peor nota —reclamó Madea, alzando la voz—.
Entonces por eso yo te estoy diciendo… Las palabras de su madre retumbaron en la mente de Selen.
En ese instante recordó lo que su profesora le había dicho alguna vez: “No dejes que tu mamá te compare con otros.
Tú tienes tu propio ritmo”.
Aquello le había parecido un consejo sincero, lleno de comprensión.
—Mamá… no me compares con los demás, por favor —pidió Selen, con un hilo de voz.
Madea frunció el ceño.
—Yo no estoy comparando, estaba un poco enojada, nada más.
Pero no me vengas con eso.
Ellos son mejores que tú, y lo sabes.
—No, mamá… —insistió Selen, apretando los puños.
—No es comparación —replicó Madea con severidad—.
Es que tú deberías saber hacerlo bien.
No entiendo cómo no puedes.
Cuando yo estaba en el colegio, era la más inteligente del curso, me sacaba puras buenas notas.
Y tú… —hizo una pausa, mirándola con decepción—, ahí nomás estás.
El silencio llenó la habitación.
Las palabras de Madea quedaron flotando como una sombra pesada, clavándose en el corazón de Selen.
—Y además… —dijo Madea con un suspiro de desaprobación—, no sé por qué tú te pintas la cara.
¿Por qué lo haces, si todavía eres una niña?
¿Qué?
¿Lo haces para llamar la atención de los hombres?
Selen se quedó helada.
Aquellas palabras fueron como una bofetada inesperada.
Su corazón comenzó a latir con fuerza y la rabia se encendió en su pecho.
Ella no quería llamar la atención de nadie.
No era eso.
Solo quería sentirse bien consigo misma.
Solo quería, por primera vez, sentirse linda.
Quería verse como las demás chicas, no quedarse atrás.
Pero su madre no parecía entenderlo.
—¡Yo no quiero hacer eso!
—exclamó Selen, con enojo—.
¡Lo hago porque me gusta!
Madea la miró con desdén, cruzando los brazos.
—No, si todas las mujeres lo hacen por eso.
Por eso yo no me maquillo… no como tú, que ni siquiera sabes maquillarte.
El silencio que siguió fue denso, cargado de incomprensión.
Selen sintió que, otra vez, lo que para ella era un pequeño acto de libertad se convertía, para su madre, en motivo de crítica.
—Si lo que pasa es que te ves fea… —dijo Madea con un tono cortante—.
No te ves bien, ¿ah?
Te deberías ver como una niña, ¿no?
Malo que sí, que te crees linda… ¿y qué?
¿Te crees tímida?
No, con maquillaje te ves muy fea, ¿ah?
Todavía no tienes nada para eso.
El enojo en su voz era evidente.
Selen apretó los dientes, conteniendo las lágrimas.
Respondió de manera brusca, sin poder callar más: —¿Y qué?
Yo no hago eso.
Capaz me dices esas cosas porque tú lo hacías, ¿ah?
Pero yo no soy así, para que sepas.
¡Capaz tú lo eras, y por eso quieres cargarlo en mí!
Pero no, yo no lo hago por eso.
Madea se irguió con furia.
La rabia en su rostro parecía desbordarla.
—¡Mira!
A mí nadie me viene a responder.
¿Entendiste?
¡Tú eres una niña!
—gritó con fuerza—.
No me puedes estar contestando así.
¡Yo soy la que te mantiene!
Y si no te gusta, ándate.
¿Oíste?
¡Ándate!
Porque soy yo la que te está criando.
Las palabras cayeron sobre Selen como cuchillos.
El aire de la habitación se volvió pesado, insoportable, y en su interior algo se quebró en silencio.
madea salió furiosa de la habitación y se lanzó de lleno a la cama.
Apenas su rostro tocó la almohada, las lágrimas brotaron sin control.
Lloró largamente, hasta que el pecho le dolió de tanto contener lo que no podía decir en voz alta.
No quería desearle nada malo a su madre, y menos cargar con la culpa de criticarla.
Pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
Su mamá siempre encontraba la forma de herirla, de hacerla sentir menos.
En su corazón había un torbellino: la emoción de saberse bruja, la huella del ejército y lo que había vivido junto a Jazmín… tantas cosas que deseaba compartir.
Tantas verdades que anhelaba confiar.
Pero no podía.
Porque su madre, Madea, siempre sería su peor crítica.
La única persona a quien más necesitaba… y la que menos la entendía.
Entre sollozos, Valea lloró desconsoladamente, deseando por un instante tener la fuerza de callar el dolor que la consumía.
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