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El despertar de selene - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 capítulo 54El látigo detenido
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54: capítulo 54:El látigo detenido 54: capítulo 54:El látigo detenido Selen no parecía comportarse como una princesa, pero en ese instante se veía obligada a hacerlo.

Los guardias la llevaban en alto, sobre la silla ceremonial, mientras la multitud la observaba.

En sus manos sostenía un pequeño espejo, deseosa de contemplar su reflejo y asegurarse de cómo lucía.

Pero lo inesperado ocurrió: el cristal no le devolvió su imagen, sino la de Yuni, su amiga.

—¿Yuni?

—susurró incrédula—.

¿Qué haces en el espejo?

La figura en el reflejo sonrió.

—Oh, hola, Selen.

No tengo mucho tiempo… estoy en otro planeta, luchando contra cosas que debo resolver.

Pero tu abuela me dijo que ahora estás en Egipto, en el pasado, para cumplir una misión, ¿verdad?

—Sí, así es —respondió Selen, todavía confundida.

—Entonces escucha con atención —continuó Yuni—.

Tu tarea no es solo ayudar a los hebreos.

También debes descubrir qué le ocurrió a la princesa Yuneth Selen frunció el ceño al escuchar aquel nombre.

—¿La princesa Yunet?

—preguntó, confundida.

Del espejo, la voz de Yuni resonó con seriedad: —Sí.

Es raro, ¿verdad?

Pero debes fingir ser ella.

Muchos historiadores dicen que murió por causas naturales… sin embargo, no es cierto.

Selen contuvo el aliento, mientras la imagen de su amiga parecía más real que nunca.

—Yo tuve una visión —prosiguió Yuni—.

La princesa Yunet no murió por enfermedad.

Era diferente a las demás… tenía un don, poderes.

Era como nosotras.

Y precisamente por eso quisieron matarla, o envenenarla.

El espejo vibró suavemente, como si las palabras pesaran más de lo que parecían.

—Debes descubrir qué le ocurrió en realidad —concluyó Yuni—.

Esa es tu misión, además de ayudar a los hebreos.

El reflejo en el espejo brilló con más intensidad y la voz de Yuni se volvió más suave, casi como si quisiera que Selen guardara cada palabra en su memoria.

—La princesa Yunet era distinta a todas las demás —dijo Yuni—.

No se comportaba como las hijas de la realeza, no era frágil ni obediente.

Tenía un carácter fuerte, libre, como si dentro de ella ardiera un fuego imposible de apagar.

Selen escuchaba atenta, sin parpadear.

—Era hermosa, sí —continuó Yuni—, pero no era su belleza lo que la hacía única, sino su mirada.

Había algo en sus ojos… como si supiera cosas que los demás no podían comprender.

Muchos decían que poseía dones prohibidos, poderes que la unían a las estrellas y al agua del Nilo.

El aire alrededor de Selen se volvió más pesado.

—Por eso la temían —concluyó Yuni—.

Los que la rodeaban pensaban que su fuerza era peligrosa, y que algún día podría cambiar el destino de Egipto.

Esa es la verdadera razón por la que quisieron deshacerse de ella.

—Entonces… ¿tengo que hacerme pasar por la princesa Yunet para saber qué le hicieron?

—preguntó Selen, con un hilo de duda en su voz.

El reflejo de Yuni asintió con firmeza.

—Exactamente, Selen.

Eso es lo que debes hacer.

Tienes que convertirte en la princesa Yunet, entrar en su papel, y así descubrir no solo los misterios de Egipto… sino también los secretos que ella guardaba.

El brillo del espejo se apagó lentamente, y con ello desapareció el reflejo de Yuni.

Selene lo sostuvo con fuerza, como si guardar aquel objeto pudiera conservar también las palabras y advertencias de su amiga.

Sin embargo, no hubo tiempo de reflexionar demasiado.

El paisaje cambió a su alrededor, y pronto Selene se encontró frente a las enormes pirámides de Egipto, bajo la mirada vigilante del sol ardiente.

Allí, los hebreos trabajaban bajo la supervisión estricta de guardias y escribas, construyendo y transportando piedras como parte del enorme proyecto de las pirámides.

Al acercarse, Selene pudo ver cómo eran tratados: algunos eran reprendidos con dureza, otros apenas tenían descanso, y muchos llevaban el cansancio en el rostro, pero aún así continuaban con un esfuerzo silencioso y constante.

En lo alto, en un palacio que se alzaba cerca de la pirámide principal, Selene distinguió a quienes controlaban el trabajo: su padre, el faraón, y su madre, la gran reina real.

Observaban con autoridad, ordenando y supervisando, mientras los hebreos obedecían cada instrucción, sin derecho a cuestionarlas.

Selen comprendió la magnitud de lo que veía: no se trataba solo de piedras o construcciones, sino de vidas y sacrificios, de un pueblo sometido mientras otros ostentaban poder.

Guardó el espejo cuidadosamente, consciente de que su misión apenas comenzaba y que ahora debía observar, aprender y, sobre todo, descubrir la verdad de aquellos misterios.

El guardia se adelantó y, al verla, inclinó ligeramente la cabeza.

—Princesa… no es nada.

Solo le estaba dando una lección a este inmundo hebreo que se niega a obedecer.

Selen se irguió con toda la dignidad que pudo.

Nunca había sabido cómo comportarse como una princesa, pues en realidad no lo era.

Sin embargo, en ese instante, se aferró a su papel y habló con firmeza: —Ordeno que no vuelvas a golpear a este pobre hebreo.

El guardia la miró con extrañeza y replicó con dureza: —Pero, princesa, él se lo merece.

El corazón de Selen latía con fuerza.

Buscó dentro de sí algo que sonara convincente y, sin pensarlo demasiado, respondió: —¿estás desafiando a la ira del gran dios Orus?

Los ojos del guardia se abrieron de par en par.

Bajó la cabeza con sumisión y dijo apresurado: —¡Claro que no, princesa!

Yo daría mi vida por usted… por el gran Dios Orus.

Selen apenas sabía de dónde había sacado esas palabras, pero se sostuvo en ellas.

—Entonces recuerda —dijo con voz helada—, que yo también soy capaz de quitarte la tuya.

El guardia retrocedió un paso, temeroso.

El hebreo, aún en el suelo, levantó la vista hacia ella con un brillo de esperanza.

Y en ese instante, Selen comprendió el peso del papel que estaba desempeñando.

El guardia aún esperaba su orden, tensando el látigo en la mano.

—Princesa, ¿qué desea que haga con él?

—preguntó con voz grave.

Selen lo miró fijamente y, después de unos segundos de silencio, alzó la mano con calma.

—Olvida lo que dije antes… no quiero que te vayas todavía.

—Su voz sonó firme, pero también enigmática—.

Quédate, y escucha.

El guardia asintió, confundido, mientras el hebreo permanecía en el suelo, con la respiración agitada.

Selen se inclinó hacia él, sus ropas doradas rozando la arena.

—Dime tu nombre —ordenó, aunque en su interior intentaba sonar más amable de lo que mostraba.

El hebreo levantó la vista, temblando, sin saber si debía responder.

—Me… me llamo Eliab, princesa —dijo al fin, con voz débil.

Selen lo observó en silencio, notando las marcas del látigo en su espalda y el cansancio en sus ojos.

—Eliab —repitió ella, como si quisiera grabarse ese nombre—.

¿Por qué estabas en el suelo?

El hebreo tragó saliva.

Miró de reojo al guardia, como temiendo hablar.

—Porque ya no tengo fuerzas, princesa.

Día y noche cargamos piedras más grandes que nosotros.

No nos dan descanso, y muchos caen… como yo.

El guardia intentó interrumpir: —Princesa, no tiene sentido escuchar a estos inmundos, solo buscan excusas.

Pero Selen lo detuvo con una mirada dura.

—Silencio.

Yo decido lo que tiene sentido aquí.

El guardia bajó la cabeza, desconcertado, mientras Selen volvía a fijar su atención en Eliab.

En ese instante comprendió que escuchar a aquel hombre podía darle más respuestas de las que imaginaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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