El despertar de selene - Capítulo 57
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- Capítulo 57 - 57 capítulo 57La sombra de Karoma
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57: capítulo 57:La sombra de Karoma 57: capítulo 57:La sombra de Karoma A la mañana siguiente se lanza levantó y se dio un baño de flores con leche especialmente lo que hacían todas las egipcias guardó el collar que le había dado Yuni en su bolsillo de vestido la gran reina real le mandó a decir que tenía que ir hacia afuera en el pueblo podría dar un pequeño paseo ir por el río Nilo o incluso comprar nuevas joyas para su peluca ella creía que las pelucas eran importante para las egipcias Así que se leen le parecía un poco encantador hacer una peluca deslumbrante como en las que salían en las películas Así que se dirigió hacia afuera con los guardias El sol doraba las arenas del desierto, y la ciudad entera de Tebas se estremecía de júbilo.
Los guardias reales levantaban los estandartes con la figura del halcón y el disco solar, mientras los sacerdotes esparcían incienso en el aire, perfumando el camino.
La princesa Selene avanzaba sobre una litera adornada con plumas de ibis y telas de lino tan blancas como la espuma del Nilo.
Sus ojos brillaban con un resplandor diferente, un fulgor que parecía provenir de otro tiempo.
Ella, reencarnada en la antigua hija de faraones, despertaba una memoria ancestral en el corazón de su pueblo.
Los niños corrían a sus pies ofreciendo flores de loto, las mujeres alzaban las manos pidiendo bendiciones y los ancianos se inclinaban hasta rozar con la frente el polvo del camino.
“¡La hija de la Luna ha regresado!”, gritaban algunos.
“¡Protege a Egipto!”, suplicaban otros.
Al parecer a la princesa yuneth le decían hija de la luna Selena No comprendía por qué pero tenía que averiguarlo Selene, aunque trataba de mantener la calma de la princesa que ahora era, sentía dentro de sí un estremecimiento: no era sólo veneración, era fe ciega.
Era como si el pueblo la reconociera en el alma, más allá de los siglos.
Pero no todos los ojos eran de devoción.
A su lado, caminaba su dama Karoma, llevando la bandeja de perfumes y joyas.
Sus labios dibujaban sonrisas, pero sus ojos revelaban otra cosa.
Observaba cómo cada plegaria, cada mirada reverente, se dirigía solo a Selene.
Y en ese brillo de su mirada, la princesa percibió algo más oscuro: la chispa ardiente de la envidia.
Selene notó que Karoma apretaba con fuerza el vaso de alabastro que sostenía, como si quisiera quebrarlo entre sus dedos.
También notó que, cada vez que el pueblo gritaba su nombre, la dama bajaba los ojos y tensaba la mandíbula.
Aun así, Selene no dijo nada.
Se limitó a recorrer la ciudad, saludando con gracia, mientras en su mente surgía una advertencia: la veneración puede levantar imperios… pero también encender los celos que destruyen corazones.
Al caer el sol, cuando el cortejo se acercó a los templos, Selene giró la cabeza apenas, y sus ojos se encontraron con los de Karoma.
Por un instante, el murmullo del pueblo se desvaneció, y sólo existió aquel silencio extraño, pesado, como si el destino hubiera abierto una grieta entre ambas.
La princesa sonrió con serenidad, aunque en lo profundo de su espíritu comprendió que la devoción del pueblo podría convertirse en su mayor bendición… o en la causa de su traición.
Al dar un paseo por los silenciosos pasillos del palacio, Selene percibió unas voces provenientes del salón del trono.
Intrigada, avanzó con cautela hasta situarse tras una de las columnas de mármol.
Desde allí, escondida en las sombras, pudo escuchar con claridad.
Karoma hablaba con dureza, su tono cargado de frustración: —Te digo que no, Pentrefes… no logré envenenarla.
Es ridículo, ni siquiera tocó la botella, y por eso no pude hacerlo.
No me eches la culpa a mí.
El sacerdote, con voz grave y contenida, replicó: —¿Cómo es posible?
Preparéespecialmente el veneno más poderoso para que tú cumplieras la misión.
Karoma apretó los puños y respondió con furia contenida: —Te recuerdo que el plan era mío.
Tú solo ayudaste, nada más.
Yo pude hacerlo sola.
Pentrefes la observó en silencio, y después murmuró con resignación: —Está bien… no te alteres.
Pero la próxima vez que la princesa Yunet se encuentre en algún lugar, debes asegurarte.
O mañana mismo, cuando despierte, ofrécele una copa de vino con el veneno.
Es necesario acabar con ella de una vez.
Selene sintió un estremecimiento recorrerle la piel.
Desde su esconditecomprendió, con el corazón latiendo con fuerza, la verdad que nadie en el palacio se atrevía a decir: Karoma había sido quien mató a la princesa Yunet.
El secreto más oscuro de Egipto se revelaba ante ella.
Selene salió corriendo por los corredores, su corazón golpeaba con fuerza en su pecho.
Necesitaba respuestas, y solo había una persona que podía dárselas: su madre, la Gran Reina Real.
Al llegar a sus aposentos, abrió la puerta con ímpetu.
La reina, sorprendida, levantó la vista de los rollos de papiro que estaba revisando.
—Madre… —dijo Selene, con la voz entrecortada—.
¿Desde hace cuánto tiempo Karoma es mi dama?
La Gran Reina frunció el ceño.
—¿A estas horas vienes a preguntar eso?
Tú lo sabes bien… Hace ya diezaños.
Selene tragó saliva.
—¿Y cómo llegó al palacio?
La reina la observó con un dejo de extrañeza, como si no comprendiera su repentino interés.
—¿Acaso no lo recuerdas?
Es extraño que no lo hagas… Karoma era la prima de un general.
Ese general se casó con una hermana mía, y él fue quien la trajo hasta aquí.
Así fue como llegó a convertirse en tu dama, querida mía.
Selene sintió un escalofrío recorrerla.
—¿Y… ella no era mala?
¿Sabes de dónde provenía?
La reina dejó escapar un suspiro, cansada de tantas preguntas.
—¿Por qué te interesa ahora tanto el pasado de Karoma?
—respondió con cierta dureza.
Selene bajó la mirada.
No podía confesar lo que acababa de escuchar en los pasillos, no aún.
—¿Y dónde está tu hermana ahora?
—preguntó Selene, con cierta inquietud.
La Gran Reina levantó la mirada, como si la pregunta le hubiera despertado un recuerdo antiguo.
—Oh, bueno… vive en otro sector del reino, en el palacio que está justo frente a este.
Tiene su propio título de reina, aunque su esposo continúa al servicio de tu padre.
Es el encomandante real, por si eso te interesa.
Selene asintió suavemente.
—Oh, gracias, madre.
Era solo curiosidad.
—Bien, querida mía.
Con un gesto prudente, Selene se inclinó y se retiró.
Caminó hasta la puerta, abriéndola con delicadeza, y salió en silencio, con los pensamientos aún revueltos por lo que había descubierto.
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