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El despertar de selene - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - 59 capítulo 59Sombras en la celebración
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59: capítulo 59:Sombras en la celebración 59: capítulo 59:Sombras en la celebración Selen no sabía qué hacer después de lo que había descubierto.

Su mente era un torbellino de dudas y miedos, pero también de una determinación que jamás había sentido tan fuerte.

Sabía que el tiempo se agotaba.

Al día siguiente sería el gran festejo: cuarenta años de reinado del faraón, una celebración que reuniría a sacerdotes, nobles y a todo aquel que ansiara mostrarse cerca del poder.

Aquella ocasión no solo representaba la gloria del soberano, sino también la oportunidad perfecta para ella.

Su misión ya no era un simple deber, sino un destino inevitable que pesaba sobre sus hombros.

No podía permitirse flaquear, porque en ese festejo se decidiría todo.

Sin el poder del faraón, su causa se desvanecería como arena en el viento, y Selen no estaba dispuesta a rendirse.

Debía actuar en ese instante, en ese lugar.

Era el momento de prepararse, porque el futuro del reino —y quizá el suyo propio— dependía de lo que haría en aquella noche de celebración.

Antes de avanzar un paso hacia su habitación, Selene se detuvo en seco.

Frente a ella apareció un gato, de pelaje brillante, tan parecido al de la reina que por un instante creyó que se había escapado de los aposentos reales.

Intrigada, se inclinó para acariciarlo.

Pero lo inesperado ocurrió.

—Lo has hecho muy bien, Selene —dijo el animal con voz clara y humana.

Selene retrocedió sobresaltada, su corazón latiendo con fuerza.

—¿Cómo es posible?

—exclamó—.

¡Eres un gato!

El felino maulló suavemente y, con serenidad, respondió: —No soy un gato, soy Yuni.

Un alivio recorrió el pecho de Selene al escuchar aquel nombre familiar.

—¿Yuni?

Qué alivio… —murmuró, dejando escapar una risa nerviosa—.

Me habías asustado.

Pero dime, ¿por qué adoptaste esta forma?

El gato se sentó con elegancia, como si aquella apariencia le resultara natural.

—Es la única manera que encontré para hablar contigo.

Estoy muy lejos, en otra parte del planeta… ¿me entiendes?

Selene lo observó con asombro, tratando de asimilar sus palabras.

—Ahora debes actuar con cuidado —continuó Yuni—.

Ya sé lo que ocurre aquí… y no estás sola en esta misión.

—No sabes lo que acabo de descubrir de Karoma —dijo Selene con voz temblorosa—.

Ya se lo pasó a la princesa Yuni.

El gato maulló, pero no fue un sonido cualquiera; llevaba un mensaje en su eco: —Te queda poco tiempo aquí.

Debes volver a tu ciudad… con el collar que te di, y también con el collar del corazón de sirena.

Selene frunció el ceño, confundida.

—¿Cuándo tendré que irme?

Yuni, en su forma felina, la miró con gravedad.

—Mañana.

Tienes que advertirles lo que hizo Karoma, debes desenmascararlos a todos.

Y cuando lo hagas, si intentan atacarte, gira dos veces el corazón de sirena y colócate el collar que te entregué.

Entonces corre hacia afuera: un portal se abrirá ante ti y, al saltar, despertarás en tu cuarto.

Selene respiró hondo, asimilando la magnitud de aquellas palabras.

—Está bien… —susurró—.

Y entonces, ¿habré conseguido el poder del fuego?

Yuni entrecerró los ojos, con un dejo de misterio en su mirada.

—De eso no estoy seguro… lo único cierto es que tu destino no acaba aquí.

Selene acarició suavemente la cabeza del gato, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza.

—Gracias, Yuni… —murmuró—.

No sé qué haría sin ti.

El felino asintió con solemnidad, y sus ojos parecieron brillar con un resplandor que no pertenecía a este mundo.

—Recuerda lo que te he dicho.

Mañana será decisivo.

No dudes, Selene.

El portal siempre estará esperándote, pero el valor solo lo puedes despertar tú.

Selene respiró hondo, grabando cada palabra en lo más profundo de su corazón.

—Lo prometo.

Con un último maullido, Yuni se desvaneció en el aire, como si hubiera sido solo un sueño.

Selene quedó sola en el pasillo, con el peso de la noche sobre sus hombros.

Sabía que no dormiría mucho.

— La mañana siguiente El amanecer bañó los muros del palacio en tonos dorados y anaranjados.

Desde temprano, los patios se llenaron de voces, tambores y aromas dulces.

Era el día del gran festejo: cuarenta años de reinado del faraón.

Los sirvientes iban y venían, decorando con guirnaldas de flores de loto y cintas de lino rojo.

Las mesas rebosaban de manjares: dátiles frescos, pan de miel, vino especiado y carnes asadas que llenaban el aire con un perfume irresistible.

En el centro del patio mayor, las bailarinas comenzaron a danzar.

Sus velos ligeros flotaban con cada movimiento, mientras los brazaletes de oro tintineaban en sus tobillos y muñecas.

Cada giro parecía invocar la bendición de los dioses, arrancando aplausos y vítores de los invitados.

Los nobles vestían sus mejores túnicas, enjoyadas con piedras preciosas que reflejaban la luz del sol como si fueran fragmentos de estrellas.

El faraón, imponente en su trono elevado, observaba con serenidad, consciente de que ese día no solo era celebración, sino también prueba de lealtad.

Selene, entre la multitud, sentía cómo el corazón le palpitaba con fuerza.

Ese era el escenario perfecto.

Allí, bajo el sol de Egipto y los ojos de todos, debía cumplirse el destino.

El festejo avanzaba con la fuerza de un río desbordado.

La música llenaba los patios con sonidos de flautas y tambores, y las danzas parecían invocar a los dioses del Nilo.

Hombres y mujeres reían, brindaban, compartían manjares que apenas alcanzaban a servirse antes de desaparecer entre las manos hambrientas de los invitados.

Selene observaba todo con atención.

A su alrededor, la alegría parecía envolverlo todo, pero dentro de su pecho, la inquietud crecía como un fuego oculto.

Las palabras de Yuni no dejaban de resonar en su mente: mañana será decisivo.

Fue entonces cuando volvió a ver a Karoma.

Al principio parecía solo una cortesana más entre la multitud, luciendo un vestido de lino blanco que brillaba bajo la luz del sol.

Pero Selene no tardó en notar los detalles: la manera en que Karoma se apartaba de las demás damas, la forma en que sus ojos recorrían el lugar como un halcón al acecho, el gesto de sus labios que nunca llegaba a ser una sonrisa verdadera.

Mientras una de las bailarinas hacía girar su velo púrpura en un movimiento perfecto, Selene vio cómo Karoma se inclinaba hacia un sacerdote y murmuraba algo al oído.

El hombre, sorprendido, asintió de inmediato y se retiró con rapidez hacia los corredores internos del palacio.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

No había duda: Karoma tramaba algo.

El bullicio de la celebración hacía difícil que alguien más reparara en aquella escena.

Todos estaban absortos en el vino, la música y las danzas.

Pero Selene comprendió que aquella fiesta era, en realidad, el escenario perfecto para el engaño.

Apretó el collar que Yuni le había entregado, como buscando valor en su contacto frío.

Sabía que debía estar lista.

En cualquier momento, la verdad saldría a la luz… y cuando lo hiciera, el reino entero sería testigo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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