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El despertar de selene - Capítulo 60

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  4. Capítulo 60 - 60 capítulo 60La caída de los traidores
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60: capítulo 60:La caída de los traidores 60: capítulo 60:La caída de los traidores El gran festejo en honor a la faraona y el faraón estaba en su esplendor.

Las antorchas iluminaban el patio del palacio, donde columnas doradas sostenían un cielo de música, danzas y vino.

Los nobles, sacerdotes y generales alzaban copas mientras bailarinas giraban al ritmo de los tambores.

La faraona, majestuosa en su trono de ébano y oro, observaba con una sonrisa que no dejaba ver del todo el cansancio de los años.

A un lado estaba selen nerviosa Selene, con la belleza fresca de la juventud, los ojos inquietos y un brillo extraño en la mirada.

Algo ardía en su pecho, algo que ya no podía callar.

Entre las sombras del banquete, Karoma —la doncella favorita de la corte— se movía con elegancia, riendo suavemente, como si nada turbio la envolviera.

A su lado, el general Dizebek, de porte imponente, brindaba con vino de dátiles.

Para muchos era un primo lejano de Karoma, pero los rumores murmuraban otra verdad: había entre ellos miradas demasiado íntimas, toques demasiado furtivos.

Selene lo había descubierto días atrás.

Había escuchado conversaciones en corredores oscuros, había visto cartas selladas y hasta presenciado un encuentro secreto bajo las columnas del templo.

Peor aún: había hallado la prueba de la mayor traición.

Karoma no solo amaba en secreto al general, sino que había sido cómplice de los crímenes más atroces: el asesinato de los hijos de la hermana de la faraona.

Los herederos que podrían haber reclamado el trono habían muerto por manos sucias, y detrás de esas muertes siempre estaba Karoma.

Si selen vino al pasado para reparar algo debía hacerlo bién Selene apretó los puños.

El banquete seguía, pero su corazón latía como tambor de guerra.

De pronto, el sonido de los músicos pareció apagarse para ella, y se levantó con decisión.

—¡Madre!

—exclamó, alzando la voz por encima de las risas y la música.

El salón se silenció.

Todos voltearon hacia la princesa.

La faraona arqueó una ceja, sorprendida.

—¿Qué ocurre, hija mía?

—preguntó con voz serena, aunque en sus ojos brillaba la sospecha.

Selene avanzó hasta el centro del patio, con la frente erguida.

El collar de jade en su cuello brillaba bajo las antorchas, y su voz se volvió clara y firme.

—Hoy, en este festejo, no podemos brindar con vino si la verdad permanece envenenada.

Todos deben saber lo que se oculta entre nosotros.

Los murmullos se elevaron, las miradas recorrieron el salón hasta posarse en Karoma, que de pronto parecía inquieta, sus dedos retorciéndose en el borde de su túnica.

—¡Karoma!

—tronó Selene, señalándola con firmeza—.

Has fingido devoción, has envenenado las palabras para ganarte la confianza de mi madre, pero tu alma está podrida.

¡Tú fuiste quien traicionó a la familia real!

¡Tú, junto con Dzebek, fuiste la responsable de las muertes de los pequeños hijos de mi tía!

Un grito colectivo recorrió el salón.

La faraona se levantó de su trono, los ojos abiertos como dagas.

Dzebek dio un paso al frente, intentando hablar, pero Selene lo detuvo con la mirada.

—No intentes negarlo, general —dijo la princesa, con voz de acero—.

Tú fingías lealtad a mi tía, su esposa, mientras en secreto compartías el lecho con Karoma.

Ella temía que los hijos de mi tía algún día reclamaran el poder que ansiaba, y juntos conspiraron contra ellos.

¡Tú, Karoma, eres la serpiente que ha mordido la mano que te alimentaba!

Los nobles estallaron en voces alzadas, unos clamando por justicia, otros incrédulos.

Karoma retrocedió, pero la verdad la había atrapado como redes invisibles.

Sus ojos se clavaron en Selene, llenos de rabia y desesperación.

—¡Mientes!

—vociferó con voz rota—.

¡Eres solo una niña celosa que inventa cuentos para ganarse el favor de tu madre!

Selene avanzó un paso, sin temblar.

—Tengo pruebas.

—Sacó un pequeño brazalete de oro que brilló bajo las antorchas—.

Este brazalete, hallado en la cámara donde los pequeños fueron envenenados.

Llevaba tu sello, Karoma.

Ningún sirviente podría tener algo tan íntimo de ti.

Un murmullo de horror recorrió la corte.

Dzebek apretó los puños, pero ya era tarde.

Los guardias avanzaban lentamente, rodeando a los acusados.

La faraona, con la voz cargada de furia contenida, sentenció: —Si lo que dice mi hija es cierto, Karoma, no solo has traicionado a tu reina, sino a toda la sangre real de Egipto.

Y tú, Dizebek… tu deshonor será recordado por generaciones.

Karoma lanzó un alarido, intentando huir hacia las columnas, pero los guardias le cerraron el paso.

Sus ojos ardieron en odio hacia Selene.

—¡Pagarás por esto, maldita!

—gritó, antes de que la apresaran.

Selen sostuvo su mirada, sin temblar.

—Ya pagaste tú, Karoma.

Hoy la verdad venció a tu mentira.

El festejo había quedado manchado de sombras.

Donde antes había risas y música, ahora había silencio, miedo y justicia reclamando su lugar.

El clamor de la multitud se volvió insoportable: gritos, murmullos, nobles discutiendo, sacerdotes alzando las manos en señal de horror.

Fue entonces cuando la poderosa voz del faraón retumbó en el gran salón: —¡Silencio!

—tronó, y su eco rebotó contra las columnas doradas.

Todos callaron de inmediato.

El aire se volvió espeso, como si los dioses mismos hubieran descendido para escuchar el juicio.

El faraón se levantó de su trono, majestuoso con su corona doble del Alto y Bajo Egipto.

Sus ojos, fríos como el Nilo en invierno, recorrieron la sala hasta posarse en Dzebek y Karoma.

A su lado, sacerdotes trajeron los tributos: objetos sagrados que solo el faraón podía tocar en actos de juicio, símbolos del poder divino para castigar o absolver.

El faraón alzó uno de ellos, un cetro terminado en cabeza de chacal, y dijo con voz solemne: —Yo soy la voz de los dioses en la tierra.

Y en nombre de Ra, Osiris e Isis, hoy pronuncio sentencia.

Un estremecimiento recorrió a todos los presentes.

Selene, de pie, sintió la fuerza de las palabras golpearle el pecho.

El faraón clavó sus ojos en el general Dzebek.

—Tú, Dizebek, que debías proteger a mi familia, osaste traicionar la confianza sagrada que se te entregó.

Tus pecados no pueden quedar sin castigo.

¡Yo ordeno que te corten la cabeza al amanecer!

Un grito se elevó entre los presentes.

Algunos guardias miraron a Dzebek con miedo y respeto, sabiendo que debían obedecer.

El general, que hasta ese momento había mantenido la frente erguida, palideció como quien ve su destino sellado.

Luego, el faraón dirigió su mirada a Karoma, que ya estaba de rodillas, temblando, con lágrimas mezcladas con rabia.

—Y tú, Karoma… —su voz se volvió más áspera—.

Tus intrigas han envenenado este palacio.

Has roto la pureza de nuestra casa real, y aunque tu sangre no será derramada hoy, tu nombre será maldito por generaciones.

¡Yo ordeno que seas expulsada de este palacio y desterrada de nuestra presencia para siempre!

El murmullo de aprobación recorrió a la corte.

Los guardias se adelantaron y sujetaron a Karoma, que gritaba desgarrada: —¡No!

¡Soy inocente!

¡Soy la única que siempre les fue leal!

¡Selene me tendió una trampa!

Pero ya nadie la escuchaba.

El pueblo quería justicia, y la justicia había hablado en voz del faraón.

Selene bajó la mirada, sintiendo un peso liberador pero también un temblor en su corazón.

Había defendido la verdad, pero sabía que aquello no era el final: la sombra de Karoma no se borraría tan fácil.

El faraón levantó de nuevo el cetro, sellando la sentencia.

—Así queda dictado.

Que los dioses sean testigos.

Y en el silencio sepulcral que siguió, el destino del general Dizebek y de Karoma quedó marcado para siempre en la historia de Egipto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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