El despertar de selene - Capítulo 63
- Inicio
- Todas las novelas
- El despertar de selene
- Capítulo 63 - 63 capítulo 63Ambicion y corazón
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
63: capítulo 63:Ambicion y corazón 63: capítulo 63:Ambicion y corazón Las sombras de la sala se estremecieron cuando Selene extendió sus manos.
En la izquierda, una esfera ardiente de fuego crepitaba como un sol en miniatura; en la derecha, un cristal de hielo se formaba, dejando escapar un resplandor helado.
Ambos poderes coexistían en ella, y el aire temblaba como si no pudiera soportar tal contradicción.
Elías dio un paso hacia atrás, con los ojos abiertos de par en par.
—¡Eso no es normal, Selene!
—exclamó con voz temblorosa—.
Ninguna bruja ni siquiera un vampiro ha sido capaz de controlar fuego y hielo al mismo tiempo.
¿Acaso no entiendes lo que estás haciendo?
Podrías desatar una fatalidad para todo el mundo.
Selene lo miró con frialdad, aunque en el fondo de sus pupilas ardía un brillo indomable.
—No soy como los demás, Elías.
Nunca lo fui.
En ese momento, Franco se adelantó con el ceño fruncido.
—Elías tiene razón.
Esto es una locura.
No deberías jugar con fuerzas que ni siquiera comprendes.
El equilibrio del mundo depende de que esos poderes nunca se unan.
Bárbaro, que hasta entonces había guardado silencio, levantó la voz grave y profunda.
—Selene, si insistes en caminar por ese camino, terminarás siendo temida por todos.
No habrá lugar para ti ni entre brujos, ni entre vampiros.
Serás un arma…
y una amenaza.
Selene apretó los dientes, y las dos esferas en sus manos chisporrotearon con mayor intensidad, como respondiendo a su ira.
—¿Y acaso no es eso lo que temen?
—dijo con voz firme—.
El verdadero poder.
El silencio se hizo denso, como si incluso las paredes de piedra contuvieran el aliento.
Elías se atrevió a dar un paso más cerca, extendiendo una mano hacia ella.
—Selene… si sigues, perderás el control.
Y cuando lo pierdas, nada ni nadie podrá detenerte.
Las llamas y el hielo brillaron más, reflejándose en los ojos de Selene.
Por un instante, todos pensaron que el mundo estaba a punto de quebrar.
Selene suspiró y bajó la mirada, como si de pronto todo el peso de las palabras de los demás la aplastara.
—Bueno… ahora no creo que me crean —murmuró con cierta ironía—.
Y tampoco pienso que a mi madre le agrade ver a alguien extraño en mi cuarto.
¿No lo creen?
Los tres intercambiaron miradas incómodas.
Elías fue el primero en asentir con un gesto serio.
Franco y Bárbaro lo siguieron en silencio, comprendiendo que habían llegado demasiado lejos en aquella conversación peligrosa.
Sin añadir más palabras, se despidieron de Selene y salieron con prisa, pues el tiempo apremiaba y aún debían llegar a Transilvania antes del amanecer.
Cuando la puerta se cerró, la habitación quedó envuelta en un silencio pesado.
Selene se dejó caer en el borde de la cama, con el fuego y el hielo aún latiendo en sus manos.
Por un instante, pensó en lo que había hecho, en las advertencias que había escuchado, pero no apartó la vista de la luz que irradiaba de sus propios poderes.
Entonces, sonrió.
Y en esa sonrisa no había dulzura ni aprecio, sino una ambición profunda, como un secreto que ardía en su interior.
Sabía que lo que había despertado en ella podía cambiar el destino del mundo… y no pensaba detenerse.
A la mañana siguiente, Selene se dirigió a la escuela con la mente aún perdida en sus recuerdos: el viaje a Egipto, las noches interminables bajo las estrellas del desierto y los secretos que allí había descubierto.
Cada paso que daba hacia el colegio parecía arrastrar consigo esas memorias, como si nunca pudiera desligarse de ellas.
De pronto, se detuvo en seco.
Frente a ella apareció Benjamín, con esa mirada altiva que siempre lo acompañaba.
—¡Oh!
—susurró con un dejo de ironía—.
¡Qué avaricia… qué desagrado verlo otra vez!
Benjamín avanzó con su aire orgulloso, como si el mundo entero le perteneciera.
Selene apretó los labios; lo detestaba un poco por esa forma de ser, y sin embargo, en el fondo, había algo de él que todavía ama.
Selene intentó durante toda la mañana llamar la atención de Felipe.
Hacía pequeños gestos, comentarios, cualquier cosa que pudiera hacer que él volviera a hablarle como antes.
Pero nada funcionaba; Felipe parecía decidido a ignorarla, como si ella ya no existiera.
Cuando por fin llegó la hora de salida, Selene lo buscó con la mirada entre la multitud.
No lo encontró en la rambla, como solía estar.
Su corazón se aceleró… hasta que lo vio.
Iba de la mano con una niña mayor que él.
El mundo de Selene pareció detenerse.
—No puede ser… —susurró, sintiendo cómo la sangre le ardía en las venas.
Era horrendo.
Ahí estaban, tomados de la mano como si se hubieran pertenecido desde siempre.
En ese instante, una punzada atravesó el corazón de Selene, una sensación tan extraña como dolorosa.
Era la primera vez que sentía esa herida invisible, tan profunda y tan lejana, y sin embargo tan real que apenas podía respirar.
Al día siguiente, Selene decidió ir a la segunda jornada del colegio.
No sabía si lo hacía por las clases… o por Felipe.
Bueno, no tanto; apenas lo miraba de lejos, como si su corazón no quisiera, pero sus ojos la traicionaban.
Sentada sola en una banca del patio, suspiró, intentando convencerse de que no importaba.
Fue entonces cuando lo vio: Benjamín, acercándose con paso firme.
El estómago de Selene se encogió.
—Ah, demonios… —murmuró para sí—.
Que no venga para acá, que no venga… Pero vino.
Benjamín se detuvo frente a ella, con una media sonrisa en el rostro.
—¿Qué pasa?
¿Terminaste con Felipe?
Selene levantó la cabeza de golpe, con el ceño fruncido.
—Eso a ti no te importa.
Benjamín no se inmutó.
Al contrario, inclinó un poco el rostro, estudiándola.
—¿Por qué estás tan seria?
Ella desvió la mirada, fingiendo indiferencia.
—No, yo estoy normal.
Benjamin se acercó aún más con una sonrisa confiada.
—Oye, ¿qué te parece si hablamos más?
—dijo—.
Así podremos pasar un rato mejor.
Selene lo miró directo a los ojos, con esa chispa de desafío que siempre la caracterizaba.
—Eso no va a pasar… ni siquiera en tus sueños.
Benjamin se encogió de hombros, sin perder la sonrisa.
—Vamos, mira… te daré lo que quieras, pero pasemos más tiempo juntos.
Selene lo pensó por un instante, evaluando sus palabras.
Finalmente, levantó una ceja y dijo: —Impresióname.
Benjamin frunció el ceño, sorprendido, y Selene añadió con una ligera sonrisa, girando los ojos: —Así que considera tu horrible deseo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com