El despertar de selene - Capítulo 64
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- Capítulo 64 - 64 capítulo 64El eclipse del poder
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64: capítulo 64:El eclipse del poder 64: capítulo 64:El eclipse del poder —Ya vengo, te daré algo muy valioso —dijo Benjamín con un brillo extraño en los ojos.
Selene arqueó una ceja.
—¿Y claro?
Él sonrió con sarcasmo.
—Qué ambiciosa… bueno, nos vemos.
Y con esas palabras, Benjamín se retiró.
Selene lo observó marcharse con cierta satisfacción.
No se sentía mal por haber sido dura; después de todo, Benjamín se lo merecía.
Sin embargo, mientras su mirada se perdía en los niños que corrían por el patio, algo cambió en el ambiente.
Era una sensación extraña, como si alrededor se empezaran a mover fuerzas ocultas.
De pronto, sus ojos se tornaron brevemente morados y comenzaron a brillar con intensidad.
Un cosquilleo recorrió todo su cuerpo, hasta que comenzó a elevarse del suelo, como arrastrada por una energía invisible.
Su respiración se aceleró; sentía que estaba perdiendo el control.
—No… cálmate, cálmate… —murmuró para sí, intentando contenerlo.
El aire a su alrededor se volvió pesado, vibrante, como si estuviera a punto de estallar.
Su cuerpo temblaba; aquello no era un simple poder, sino un ataque de poder, una manifestación que escapaba a su propia voluntad.
Con un esfuerzo desesperado, logró detener la energía antes de que se desbordara por completo.
Cayó de rodillas, jadeando, mientras el resplandor de sus ojos se apagaba poco a poco.
El silencio del patio se volvió absoluto, como si incluso el viento hubiera decidido no moverse.
Selene seguía de rodillas, sintiendo cómo la energía se arremolinaba dentro de ella, una mezcla imposible de fuego y hielo que no obedecía a su voluntad.
Cada latido de su corazón parecía encender esa fuerza aún más, y por un instante, tuvo miedo de que no pudiera contenerla.
Sus pensamientos se dispersaron, y comenzó a ver fragmentos de un futuro que podría ser: ciudades envueltas en llamas, ríos congelados, y un mundo donde el equilibrio entre luz y oscuridad se quebraba por completo.
Sintió un vértigo que la hizo cerrar los ojos; su mente parecía flotar entre posibilidades infinitas, y en todas ellas, ella era el epicentro de un poder que nadie más había alcanzado.
—Esto… es demasiado —susurró, con los dientes apretados—.
Nadie debería tener esto.
Pero incluso mientras lo decía, una sonrisa se dibujaba en su rostro.
No era una sonrisa de placer ni de malicia, sino de ambición pura.
Cada visión, cada fragmento de lo que podía lograr, la impulsaba a querer más, a desafiar los límites que hasta ahora había conocido.
El aire a su alrededor vibraba, pequeñas llamas danzaban sobre su mano derecha mientras cristales de hielo se formaban y se deshacían sobre la izquierda.
El mundo parecía contener la respiración, y Selene se dio cuenta de que ella misma estaba sosteniendo un equilibrio imposible: podía destruir, podía crear… y aun así, podía sentir el placer inquietante de mantenerlo bajo control.
Al abrir los ojos, vio cómo el sol del mediodía iluminaba su cabello, y por un instante, todo parecía normal otra vez.
Pero ella sabía que no lo era.
Sus ojos todavía brillaban con un tono violeta casi imperceptible, y en lo más profundo de su mirada había un fuego que ni siquiera Benjamín o Elías podrían comprender.
Se incorporó lentamente, respirando hondo.
Nadie había visto nada, pero Selene sabía que algo dentro de ella había cambiado para siempre.
La ambición ya no era un pensamiento; era un fuego vivo que corría por sus venas, y su poder era ahora unapromesa silenciosa de que el mundo nunca volvería a ser igual.
El aire del patio parecía vibrar con un ritmo propio, como si el mundo entero contuviera el aliento ante lo que Selene estaba a punto de desatar.
Sus manos flotaban frente a ella, y en la derecha el fuego ardía con furia contenida, mientras en la izquierda el hielo chisporroteaba con frío intenso.
Era un contraste imposible, una dualidad que ningún brujo, vampiro o hechicero había logrado jamás.
Selene cerró los ojos, y de pronto el mundo se disolvió a su alrededor.
Se encontró en un paisaje flotante, suspendida entre la luz y la sombra, entre el calor que quemaba y el frío que cortaba.
En el horizonte vio ciudades sumidas en llamas y ríos helados, montañas que se partían y mares que hervían.
Cada fragmento del futuro la llamaba, tentándola con un poder que podía moldear la realidad a su voluntad.
Un rugido interno brotó de su pechoNo era dolor, sino hambre: hambre de saber hasta dónde podía llegar, de sentir su fuerza recorrer cada fibra de su ser.
Su corazón palpitaba como un tambor de guerra, y con cada latido, la magia alrededor de ella crecía, formando un halo violeta que hacía que los árboles, las piedras y hasta la luz del sol parecieran reverberar con su presencia.
—¡Esto… esto es solo el principio!
—susurró, dejando que la ambición y el poder se mezclaran en un solo grito silencioso.
Su cuerpo se elevó, flotando varios centímetros sobre el suelo.
Chispas de fuego y fragmentos de hielo danzaban en círculos a su alrededor, formando un espectáculo de luz y sombra, calor y frío, vida y destrucción.
Era un fenómeno imposible de ignorar, un llamado que podía atraer tanto la admiración como el miedo de cualquier ser que lo presenciara.Pero Selene no temía.
Su mente era un torbellino de emociones: miedo, excitación, desafío… y una certeza inquebrantable: ella era diferente.
Nadie más podía contener ambos elementos dentro de sí, nadie más podía sostener esa tensión entre creación y aniquilación.
Y mientras la energía palpitaba en su interior, supo que todo lo que vendría después sería una prueba de su voluntad.
Finalmente, la magia comenzó a calmarse, pero el resplandor violeta permaneció en sus ojos.
Bajó lentamente, apoyando los pies en el suelo, y sonrió con una mezcla de orgullo y ambición.
El mundo había visto solo un atisbo de lo que era capaz, y ella sabía que aún no había alcanzado su límite.
—Esto es solo el comienzo —murmuró para sí misma—.
Y nadie podrá detenerme.El viento sopló, llevando consigo el susurro de un poder que estaba despertando, un poder que cambiaría la historia, un poder que solo Selene podía controlar.
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