El despertar de selene - Capítulo 68
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- Capítulo 68 - 68 capítulo 68Mansion dorada
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68: capítulo 68:Mansion dorada 68: capítulo 68:Mansion dorada —¿Cómo le fue?
—preguntó Jessica apenas Selene bajó de las casas.
—Mire, conseguí a las dos niñas.
No se prestaron en nada, pero ahí están —respondió Selene, con un aire extraño en la voz.
—Muy bien.
El patrón te va a reconversar por esto —dijo Jessica con seriedad—.
Mañana, a las cuatro de la tarde, iremos a buscarlas junto a las demás.
Serán catorce en total.
El patrón y tú saben que necesitamos muchas más.
Jessica sonrió apenas, como si guardara un secreto.
—Allá te pagarán bien.
Y entonces entenderás por qué este trabajo… te conviene.
—¿Tú estás segura?
Yo no me quiero meter en problemas —dijo Selene, con cierta desconfianza.
Jessica arqueó una ceja y respondió con calma: —Mira, aquí no es cuestión de problemas.
No estamos haciendo nada malo.
Las niñas solo van a modelar, ¿cómo se te ocurre otra cosa?
—dijo con firmeza—.
Además, lo que importa es el dinero.
A ellas también les van a pagar bien.
Selene suspiró, como si esa explicación la tranquilizara, aunque todavía dudaba un poco.
—Bueno… ya entendí.
—Seguro —replicó Jessica—.
Ya saben cómo es esto.
—¿Y a qué hora paso por tu casa?
—A las cinco.
La reunión es a las seis.
—Perfecto.
Voy a ir a buscar a las niñas.
Nos vemos.
Jessica se marchó con paso decidido, dejando a Selene sola con un presentimiento extraño: todo parecía estar en orden, pero algo en su interior le decía que aún no conocía toda la verdad.
Al día siguiente, Selene se vistió con unos pequeños sacones heredados de su madre y un vestido dorado, tejido con un hechizo que hacía brillar la tela bajo la luz del sol.
Llevaba también una bolsa a juego, resplandeciente, y se había hecho delicados rulos en el cabello antes de salir en busca de Jessica.
Cuando la encontró, sonrió con complicidad.
—¿Qué hubo?
¿Vamos a ir a buscar a las niñas o no?
—preguntó Selene.
—¡Sí, vamos!
—respondió Jessica con entusiasmo—.
Quien la conoce, sabe que todo está perfectamente.
Jessica iba vestida de manera llamativa: botas blancas, un pantalónnegro ajustado y un top rojo cortísimo que resaltaba su figura.
Juntas se dirigieron a recoger a las cuatro niñas, que ya las esperaban reunidas, bien vestidas y preparadas para el encuentro.
Una camioneta cuatro por cuatro se detuvo frente a ellas con un chirrido.
De inmediato bajó un hombre robusto, con una sonrisa cargada de sorna.
—¡La Diabla!
—exclamó al ver a Jessica—.
¡Qué bueno verte de nuevo!
Sube, el Patrón las espera.
El hombre ladeó la cabeza y posó su mirada en Selene.
—¿Y tú?
¿Quién eres?Selene abrió la boca para responder, pero Jessica se adelantó, poniendo una mano sobre su hombro.
—¿A ella?
—dijo con una sonrisa—.
Ella es mi nueva asistente.
Le dicen la Reina Roja.
—Bueno, Reina Roja, sube —ordenó el hombre, abriendo la puerta del vehículo.
Selene respiró hondo y subió al auto.
Durante el trayecto, no dejaba de preguntarse cómo sería la casa de aquel misterioso Patrón.
Su mente dibujaba imágenes de todo tipo, pero ninguna lograba saciar su curiosidad.
Al cabo de un tiempo, la camioneta se detuvo.
Una a una, las seis muchachas bajaron: Jessica, Selene, las cuatro niñas que habían recogido… y, al parecer, otras más que ya las esperaban allí.
Selene levantó la vista y se quedó sin palabras.
No era una simple casa.
Frente a ella se alzaba una mansión tan majestuosa que parecía salida de una telenovela.
Era inmensa, adornada con enredaderas florecidas que trepaban por sus muros, y coronada por torres altas que brillaban con el reflejo del sol.
A su alrededor, jardines llenos de flores se extendían en todas direcciones, atravesados por pequeñas caídas de agua que caían en cascadas cristalinas.
En el centro del patio se alzaba una fuente monumental, tan grande que parecía un lago esculpido, con figuras de oro que resplandecían bajo la luz del día.
Selene se llevó una mano al pecho, asombrada.
—Es… increíble —murmuró, incapaz de creer lo que estaba viendo.
La mansión, bañada en destellos dorados, parecía más un palacio que una residencia.
Y aunque era hermosa, Selene no podía evitar sentir que ocultaba secretos aún más deslumbrantes… y peligrosos.
Selene apenas podía creer lo que veía, pero lo más impresionante aún estaba por llegar.
Cuando cruzaron las enormes puertas de la mansión, un aire distinto las envolvió, como si hubieran traspasado un portal invisible.
El vestíbulo era tan amplio que parecía un salón de baile.
Unas lámparas de cristal, más grandes que un carruaje, colgaban del techo, proyectando destellos dorados que iluminaban cada rincón.
Los muros estaban cubiertos con espejos enmarcados en plata, y en ellos Selene alcanzó a ver reflejos extraños… como si no fueran solo los suyos, sino sombras que se movían con vida propia.El suelo estaba alfombrado con terciopelo rojo intenso, tan suave que parecía flotar al caminar.
Columnas de mármol blanco se elevaban como gigantes, y en cada esquina había estatuas doradas que parecían observarlas en silencio.
Selene tragó saliva.
La belleza del lugar era sobrecogedora, pero algo en su interior le decía que esa mansión no era lo que aparentaba.
Jessica, en cambio, avanzaba con naturalidad, como si ya hubiera estado allí muchas veces.
—Vamos, Reina Roja —susurró con una sonrisa apenas perceptible—.
El Patrón no espera a nadie.
Las niñas las siguieron en fila, con los ojos abiertos de asombro y miedo.
A cada paso, Selene sentía cómo la mansión parecía susurrar a través de sus paredes, como si estuviera viva.
Las niñas caminaron por el vestíbulo hasta que llegaron a un enorme salón principal, donde un hombre esperaba sentado en un trono de madera oscura con incrustaciones doradas.
Su postura era relajada, pero su presencia imponía respeto inmediato; parecía que el aire mismo se inclinaba ante él.
El Patrón era alto y delgado, con cabello oscuro que caía sobre sus hombros y unos ojos penetrantes que parecían observar hasta el alma de quien los mirara.
Vestía un traje elegante, pero nada en él parecía ostentoso: el poder que irradiaba no necesitaba adornos.
Al ver a Selene, esbozó una ligera sonrisa, apenas perceptible, que provocó un escalofrío en la chica.
—Así que esta es la famosa Reina Roja —dijo con voz profunda, suave pero firme—.
Me han hablado mucho de tiSelene se inclinó ligeramente, sin poder quitar los ojos de su figura.
Jessica, a su lado, dio un paso adelante y presentó a Selene: —Sí, Patrón.
Ella es mi nueva asistente.
El hombre asintió, y por un momento, el silencio en el salón fue casi absoluto.
Solo se escuchaba el suave murmullo de las fuentes en el jardín a través de los ventanales.—Espero que estés lista para aprender —dijo finalmente, con una voz que mezclaba autoridad y curiosidad—.
Porque aquí, cada decisión, cada movimiento, importa.
Selene sintió que su corazón latía más rápido.
La magnitud de aquel lugar, el poder del Patrón… todo era abrumador.
Sabía que estaba a punto de entrar en un mundo completamente distinto al que conocía, y que nada volvería a ser igual.
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