El despertar de selene - Capítulo 69
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- Capítulo 69 - 69 capítulo 69lujo en la sangre
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69: capítulo 69:lujo en la sangre 69: capítulo 69:lujo en la sangre El Patrón se acomodó en su sillón de cuero, con esa mirada fría que helaba el ambiente.
—Bueno… entonces, ¿me trajeron a las niñas, verdad, Diabla?
—dijo, con voz grave y cortante.
Jessica, conocida como la Diabla, sonrió con descaro mientras lo miraba fijamente.
—Aquí están, Patrón —respondió, haciendo un leve ademán con la mano.
Detrás de ella entraron las cuatro muchachas, tímidas y nerviosas, evitando cruzar la mirada con aquel hombre.
El Patrón las observó de arriba abajo, como quien inspecciona una mercancía valiosa.
—Ajá… estas son las que preparaste para mí, ¿no?
—dijo, levantando apenas una ceja.
—Sí, Patrón —contestó la Diabla, con un tono casi orgulloso—.
Cuatro niñas listas para lo que usted quiera.
Para modelar, como lo pidió.
El hombre soltó una breve carcajada, seca, mientras se acomodaba aún más en su asiento.
—Ok… —murmuró, sin apartar la vista de ellas—.
Muy bien, ya veremos qué tan buenas son para esto.
El Patrón sonrió con esa expresión que nunca anunciaba nada bueno.
Se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos sobre la mesa de cristal.
—Muy bien, Diabla.
Como me trajiste a las niñas… —pausó unos segundos, disfrutando del silencio tenso—.
Tú me trajiste dos, ¿verdad?
Jessica asintió con un gesto rápido, intentando mantener la compostura.
—Entonces, a ti te voy a pagar cinco millones —dictó el hombre, como si se tratara de una transacción cualquiera.
Luego giró la cabeza lentamente hacia Selene, la llamada Reina Roja, que observaba con una mezcla de nerviosismo y expectativa.
—Y a tu amiga, la Reina Roja… tres milloncitos.
El aire se volvió más denso, las niñas intercambiaron miradas inquietas, sin entender del todo qué ocurría ni por qué sus vidas ahora dependían de números y billetes.
La Diabla, sin embargo, esbozó una sonrisa de triunfo, como si aquel pago fuera un trofeo ganado con astucia.
Selene, en cambio, solo tragó saliva, sabiendo que aquello era apenas el comienzo de un juego peligroso.
—Pueden pasar con los guardias —añadió el Patrón, levantándose apenas de su asiento—.
Ellos les van a entregar los millones en efectivo.
La Diabla sonrió satisfecha, mientras Selene respiraba aliviada, aunque la tensión aún le recorría el cuerpo.
—Por ahora pueden irse… —prosiguió el hombre, con esa calma peligrosa que lo caracterizaba—.
Pero estén atentas, porque las voy a llamar si hay un trabajito nuevo.
—Como usted diga, Patrón —respondió Jessica, con una inclinación leve de la cabeza.
El Patrón ya no las miraba.
Su atención estaba puesta en las cuatro niñas, que observaban todo con una mezcla de miedo y desconcierto.
Con un gesto de su mano, indicó a dos de sus hombres que se acercaran.
—¡Nos vemos!
—soltó finalmente, casi como un desdén, mientras se dirigía hacia el interior de la mansión acompañado de las muchachas.
Las puertas se cerraron tras él, y en ese instante, el eco del portazo retumbó en la memoria de Selene y de la Diabla, dejándoles la sensación de que acababan de cruzar un umbral del que ya no había vuelta atrás.
Los guardias las condujeron a una habitación lateral, iluminada apenas por un par de lámparas de mesa.
Sobre el escritorio había dos maletines oscuros, cerrados con candado.
Uno de los hombres los colocó frente a ellas con un golpe seco.
—Aquí están los cinco millones para la Diabla… —dijo mientras empujaba el primer maletín hacia Jessica.
Luego miró a Selene—.
Y aquí los tres para la Reina Roja.
Jessica no tardó en abrir el suyo.
Al ver los fajos de billetes perfectamente acomodados, una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.
El brillo en sus ojos era de triunfo.
—Nada mal, ¿ah?
—comentó,volteando hacia Selene con aire desafiante.
Selene abrió el suyo con manos temblorosas.
Los fajos apilados parecían irreales, casi como si no le pertenecieran.
Tragó saliva, incapaz de ocultar la mezcla de sorpresa y nerviosismo.
—Es… demasiado dinero… —murmuró para sí misma.
La Diabla soltó una carcajada.
—Acostúmbrate, Reina Roja.
Con el Patrón, la plata nunca falta… siempre y cuando sepas jugar bien tus cartas.
Los guardias se limitaron a observar, sin expresión alguna, hasta que Jessica cerró el maletín y lo tomó con fuerza.
Selene hizo lo mismo, todavía sin comprender del todo cómo su vida había cambiado en cuestión de horas Al salir de la mansión, el peso del dinero en sus manos era tan real como el nudo en el estómago que ambas llevaban.
El sol brillaba fuerte aquella tarde cuando Selene y la Diabla bajaron del auto frente al centro comercial más exclusivo de la ciudad.
Cada una llevaba su maletín de dinero, como si fueran trofeos recién ganados.
—Hoy sí que vamos a reinar, mi Reina Roja —dijo Jessica, acomodándose las gafas oscuras y caminando con paso firme hacia la entrada.
Selene sonrió nerviosa, aunque en el fondo sentía emoción.
Nunca había tenido tanto dinero en sus manos, y ahora todo estaba a su alcance.
El primer destino fue una joyería.
Las vitrinas repletas de diamantes y piedras preciosas parecían brillar con más fuerza bajo las luces.—Quiero ese collar… y esos aretes también —ordenó la Diabla, señalando sin siquiera preguntar el precio.
El vendedor apenas pudo ocultar la sorpresa cuando ella sacó un fajo de billetes y pagó al contado.
Selene, por su parte, quedó hipnotizada frente a una pulsera de oro con pequeños rubíes incrustados.
—¿De verdad… puedo comprarla?
—preguntó en voz baja, como si no terminara de creerlo.
—Claro que sí, tonta —respondió Jessica—.
Para eso estamos aquí, para gastarnos lo que el Patrón nos da.
Minutos después, ambas salieron con bolsas elegantes, joyas nuevas brillando en sus manos y cuellos.El siguiente destino fue una boutique de ropa exclusiva.
Selene se probó vestidos largos de seda, zapatos de tacón altísimo y chaquetas de marca.
La Diabla, en cambio, optó por un estilo más atrevido: pantalones ajustados de cuero, tops brillantes y gafas enormes que la hacían parecer una estrella de cine.
—Mírate, pareces modelo —dijo Jessica, soltando una risa mientras observaba a Selene frente al espejo.
—No… es que nunca había usado nada así —respondió ella, ruborizada, mientras acariciaba la tela suave del vestido.Las bolsas se fueron acumulando, una tras otra, hasta que ya apenas podían cargar con tanto lujo.
Zapatos, perfumes caros, maquillaje, bolsos… cada pasillo del centro comercial se convirtió en un capricho satisfecho.
Finalmente, terminaron en una cafetería elegante, rodeadas de gente que las miraba con curiosidad.
Allí,Selene tomó un sorbo de su café helado mientras observaba todas las bolsas a sus pies.
—Esto es como un sueño… —susurró.
—No, Reina Roja.
Esto es apenas el comienzo —contestó la Diabla con una sonrisa peligrosa.
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