El despertar de selene - Capítulo 72
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72: capítulo 72:el castillo de lunaris 72: capítulo 72:el castillo de lunaris El viaje había sido silencioso durante un buen rato.
El auto avanzaba por un camino serpenteante rodeado de árboles altos, cuyas copas se mecían suavemente con el viento.
Selene observaba por la ventana, con los auriculares enredados en sus manos pero sin música encendida; lo único que quería era mirar hacia afuera y perderse en la sensación de que cada kilómetro la llevaba más lejos de lo que conocía.
Su madre, Madea, miraba hacia adelante con una mezcla de cansancio y entusiasmo, mientras su padre, Héctor, mantenía ambas manosfirmes en el volante.
El aire cambió de repente.
Ya no olía a bosque húmedo, sino a madera antigua, a hierro y a humo de chimenea.
Selene lo notó primero por el aroma y después por la vista: la carretera empezó a abrirse hasta dejar ver un horizonte dominado por torres de piedra, murallas enormes que parecían salidas de un cuento medieval.
Un cartel de madera desgastada, apenas sostenido por dos postes inclinados, daba la bienvenida con letras talladas que decían: “Bienvenidos a Lunaris”.
Los ojos de Selene se abrieron más de lo habitual.
Nunca había visto algo parecido.
Todo parecía detenido en el tiempo.
Mientras el auto avanzaba hacia la gran entrada de la ciudad, las murallas se hicieron más imponentes, recubiertas por enredaderas verdesque parecían abrazar cada piedra, como si la naturaleza misma protegiera aquel lugar.
La puerta de acceso no era de hierro moderno, sino de madera maciza reforzada con clavos, y dos centinelas vestidos con armaduras de acero y cascos puntiagudos vigilaban a los viajeros que pasaban.
Al cruzar bajo el arco, Selene sintió un escalofrío.
El ruido del motor contrastaba con la calma del interior: calles empedradas que resonaban bajo las ruedas, casas de tejados puntiagudos, balcones de madera oscura adornados con flores frescas, banderines de colores ondeando entre edificio y edificio.
Era como si hubieran entrado en un escenario medieval, pero vivo, respirando en cada rincón.
La gente caminaba con túnicas largas, vestidos de telas pesadas y ropas de lino.
Los hombres llevaban capas ybotas altas; las mujeres, cofias, coronas de flores o velos que les caían hasta los hombros.
Incluso los niños corrían con ropas sencillas, pero tejidas a mano, sin rastros de la modernidad que Selene conocía.
Nadie llevaba un celular en la mano, ni ropa deportiva, ni nada que rompiera aquella ilusión.
—Mamá… —susurró Selene, apoyando la frente contra el vidrio—.
¿Por qué todos se visten así?
Madea la miró de reojo y sonrió, como si ya esperara la pregunta.
—Aquí en Lunaris, las costumbres son muy antiguas.
Se mantienen vivas las tradiciones medievales.
Es parte de lo que hace única a esta ciudad.
Selene no respondió.
Su atención estaba atrapada en cada detalle: un grupo de caballos con jinetes atravesando la plaza, el tintinear de lasherraduras contra las piedras; una hilera de puestos de mercado donde vendían pan recién horneado, miel en tarros de barro, espadas y armaduras brillantes colgadas en exhibición.
Los olores se mezclaban: cuero curtido, especias, carne asada.
El auto siguió avanzando lentamente, atrayendo algunas miradas curiosas.
Era el único vehículo moderno entre carruajes de madera y carretas tiradas por bueyes.
Selene sentía que cada paso que daba el coche dentro de Lunaris la metía más y más en otro tiempo, uno donde la modernidad no existía y donde las estrellas parecían tener más poder que las luces artificiales.Las campanas de una iglesia de piedra repicaron a lo lejos, marcando la hora.
Las torres se alzaban como guardianes silenciosos, y sobre ellas ondeaba un estandarte azul con un símbolo plateado: una luna creciente rodeada de estrellas.
Selene lo miró con fascinación.
Era como si toda la ciudad estuviera dedicada a honrar la noche y su misterio.
Héctor estacionó el auto a un lado del camino, cerca de una posada con letreros tallados en madera que se balanceaban con el viento.
Apagó el motor, y por un instante, el silencio absoluto del lugar los envolvió.
Sólo se escuchaba el murmullo de voces medievales, el trote de los caballos y el crujir de las ruedas de los carros.Selene respiró hondo, como si quisiera absorberlo todo de golpe.
Era extraño, casi mágico.
Lunaris no era simplemente una ciudad; era un mundo escondido, detenido en el tiempo, un lugar donde las reglas eran distintas y la historia seguía viva en cada piedra, en cada tela, en cada mirada.
Ella supo, desde ese momento, que nada volvería a ser igual.
El auto avanzó unos minutos más, dejando atrás la plaza central y adentrándose por un camino más estrecho, flanqueado por árboles altos y faroles de hierro forjado que iluminaban débilmente el sendero.
Selene miraba todo con asombro, aunque empezaba a sentirse extraña.
Lunaris no era solo una ciudad diferente; era como entrar en un sueño del que no podía despertar.
De pronto, la carretera se abrió hacia una colina, y allí, a lo alto, se levantaba su destino: un castillo de piedra gris, imponente y majestuoso.
Sus torres puntiagudas se alzaban hacia el cielo, algunas cubiertas de hiedra verde que caía como un manto.
Las ventanas, estrechas y alargadas, parecían observar a los recién llegados, y una enorme puerta de madera, reforzada con hierro, esperaba al pie de un puente levadizo que cruzaba un estrecho foso de agua cristalina.Selene abrió la boca de la impresión.
—¿Vamos a vivir… ahí?
—preguntó, incrédula, sin apartar los ojos del castillo.
Héctor sonrió con un dejo de orgullo mientras estacionaba frente a la entrada.
—Así es, hija.
Este es nuestro nuevo hogar.
El sonido del motor apagándose fue reemplazado por el croar de unas ranas en el foso y el eco de los cascos de un caballo que pasó a lo lejos.
Selene bajó del auto lentamente, como si temiera que al poner un pie en el suelo todo desapareciera.
Pero no desapareció.
El aire frío y húmedo le acarició la piel, y la piedra del castillo, gigantesca, se mantenía allí, sólida, real.
Un hombre apareció en la entrada.
Vestía una túnica azul oscuro con bordes dorados y llevaba un cinturón de cuero ancho, del que colgabanllaves y un pergamino enrollado.
Al acercarse, hizo una reverencia.
—Bienvenidos, señores.
Bienvenida, joven dama.
El castillo de Lunaris los recibe.
Selene lo miró con nerviosismo.
Nunca había visto a alguien vestirse así fuera de una película.
—Eh… hola —murmuró, bajando la mirada.
El hombre sonrió con cortesía y luego los guió al interior.
Al cruzar la puerta, Selene quedó deslumbrada: un enorme salón de piedra con tapices en las paredes, candelabros encendidos que iluminaban con un resplandor cálido, y un piso de mármol que resonaba bajo cada paso.
Había escaleras de caracol que subían a torres desconocidas y pasillos infinitos que olían a madera antigua y a fuego de chimenea.Pero antes de que Selene pudiera seguir explorando, el hombre levantó la mano.
—Hay algo que deben saber —dijo con solemnidad—.
En Lunaris, toda familia que habite en estas tierras debe cumplir con la tradición.
Aquí, se visten como lo hacían en la época medieval.
Es la ley de la ciudad y un símbolo de respeto a nuestra historia.
Selene frunció el ceño.
—¿Me está diciendo que… no puedo usar mi ropa normal?
—Exactamente, señorita.
Dentro de estas murallas y más allá de ellas, la vestimenta moderna no está permitida.
Dos mujeres aparecieron en ese momento, trayendo cofres de madera adornados con hierro.
Los abrieron frente a Selene y sus padres, revelando ropas de otro tiempo: vestidos largos de terciopelo en tonos oscuros, capas con capuchas, túnicas, botas de cuero, y hasta coronas sencillas tejidas con flores secas.Madea, aunque sorprendida, acarició una de las telas.
—Son hermosas —dijo con sinceridad.
Héctor asintió, tratando de mantener la calma.
—Tendremos que adaptarnos.
Selene, en cambio, no sabía si reír o llorar.
Miró su propio atuendo moderno: jeans, polera y zapatillas, tan cómodos, tan normales.
Sentir que debía cambiarlos por un vestido pesado y ajustado le parecía una locura.
El hombre de la túnica azul se inclinó ligeramente hacia ella.
—No se preocupe, señorita.
Con el tiempo lo encontrará natural.
En Lunaris, vestirse así no es una obligación vacía, sino un símbolo: todos somos parte de un mismo pasado, de una misma historia que sigue viva.
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