El despertar de selene - Capítulo 74
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74: capítulo 74:Reencuentro 74: capítulo 74:Reencuentro amanecer bañaba las torres de la ciudad con un resplandor dorado.
El aire olía a leña recién encendida y a pan horneado en los mercados que despertaban con la rutina medieval de cada mañana.
Las calles empedradas vibraban bajo el trote de caballos y el murmullo de voces que parecían venir de otra época.
En medio de todo eso, Selene caminaba con un nudo en el estómago: era su primer día en la Academia Estelar Noctem.
No llevaba un uniforme moderno ni un conjunto común.
En aquella ciudad, las normas eran claras: todos debían vestir como en la Edad Media.
Así que ella lucía un vestido largo de tonos azul profundo, bordado con hilos plateados que parecían brillar bajo el sol.
La tela caía en pliegues elegantes, y sobre sus hombros descansaba una capa ligera, sujeta con un broche en forma de estrella.
Sus botas de cuero resonaban sobre las piedras mientras avanzaba, sintiéndose parte de un cuento antiguo.Al llegar a la colina donde se alzaba la Academia, Selene levantó la vista y contuvo la respiración.
El castillo era inmenso, con murallas altas y ventanales que parecían ojos vigilantes.
Torres coronadas por banderas ondeaban al viento, y sobre el portón principal se leía en letras plateadas: “Academia Estelar Noctem” Un escalofrío recorrió su espalda.
La comparación era inevitable: aquel lugar parecía sacado de un sueño, tan mágico como los castillos de los libros que había leído, tan imponente como si guardara miles de secretos en sus muros.Cruzó el puente de piedra que la conducía al portón.
Los guardias, vestidos con armaduras relucientes, la saludaron con una leve inclinación.
El interior del castillo la dejó sin palabras: lámparas flotaban en el aire iluminando pasillos interminables, estandartes con estrellas bordadas colgaban de los techos, y un suave murmullo de voces de estudiantes se mezclaba con risas nerviosas.
Selene se sintió pequeña entre tantos jóvenes que, como ella, llevaban atuendos medievales con variaciones según sus familias o talentos.
Algunos cargaban libros antiguos atados con cuerdas, otros sostenían báculos adornados con gemas brillantes.
Todo era nuevo, desconocido y a la vez fascinante.El Gran Salón fue lo primero que visitó.
Techos altísimos, un cielo encantado que parecía mostrar las estrellas aun de día, y largas mesas de madera pulida llenaban el espacio.
En el centro, un trono de piedra con incrustaciones doradas aguardaba al director de la Academia, cuya presencia imponía incluso sin estar allí.
Selene respiró hondo.
Sintió que, con cada paso, su vida estaba cambiando.
Sabía que ese primer día no sería fácil: tendría que adaptarse a las normas, aprender a comportarse en una ciudad medieval que parecía haberse detenido en el tiempo, y descubrir los misterios de la magia que vibraba en cada rincón de la Academia.
Mientras se sentaba en una de las mesas, sus ojos brillaban con mezcla de miedo y emoción.
Algo le decía que aquel lugar no solo sería una escuela… sería el inicio de una historia que marcaría su destino.Selene había terminado de recorrer los pasillos principales cuando escuchó voces conocidas a lo lejos.
Su corazón dio un vuelco.
Llevaba semanas esperando este momento: volver a ver a sus amigos, aquellos con los que había compartido aventuras antes de entrar oficialmente a la Academia.
Giró en una esquina y allí estaban.
—¡Selene!
—exclamó Bárbara, corriendo hacia ella con la falda de su vestido medieval levantada apenas lo necesario para no tropezar.
Su sonrisa iluminaba el corredor, y no dudó en abrazarla fuerte, como si el tiempo no hubiera pasado.
Detrás de ella apareció Elias, más alto de lo que Selene recordaba, con su capa negra bordada en rojo.
Llevaba un libro bajo el brazo y una expresión que intentaba ser seria, aunque sus ojos traicionaban la emoción.—Pensé que llegarías más tarde —dijo, pero su tono cálido lo delató.
Al lado de Elias estaba Franco.
Su presencia robó la atención de inmediato.
Llevaba una túnica azul oscuro con detalles plateados y un medallón en forma de estrella que brillaba bajo la luz de las antorchas.
Sus ojos chispeaban con energía y una confianza natural que lo hacía destacar entre todos.
—¡Ya era hora, Selene!
—exclamó Franco con una sonrisa amplia, como si el simple hecho de verla le alegrara el día.
Bárbara, emocionada, susurró al oído de Selene: —¿No es increíble?
Míralo, parece que hubiera nacido para estar aquí.
Elias asintió con una media sonrisa, y hasta algunos estudiantes cercanos se detuvieron a observar a Franco, como si su entusiasmo fuera contagioso.Franco dio un paso hacia Selene y, con un gesto caballeroso, inclinó levemente la cabeza.
—Te estaba esperando —dijo en voz baja, lo suficiente para que solo ella lo oyera.
El corazón de Selene se aceleró.
Estaba allí, rodeada de sus amigos, en aquel castillo mágico que parecía tener vida propia.
Era el inicio de una nueva etapa… y presagiaba que la verdadera aventura apenas comenzaba.
Selene no pudo evitar sonreír también, y justo en ese momento Bárbara se inclinó hacia ella con picardía.
—No tienes idea… —susurró—.
¡Franco no paró de hablar de ti todo este tiempo!
Elias asintió, con una leve sonrisa burlona.
—Es cierto.
Nos tenía cansados, Selene.
Que si cómo estarías, que si llegarías a la Academia, que si te acordabas de él… Selene abrió los ojos sorprendida, mientras giraba a mirar a Franco.
Él, de pronto, bajó la cabeza y se llevó la mano a la nuca, como si quisiera ocultar lo evidente.
Su rostro estaba teñido de un rojo intenso.
—¡N-no es cierto!
—balbuceó, aunque la sonrisa nerviosa que le escapaba lo delató al instante.Bárbara y Elias estallaron en carcajadas, y Selene sintió un calor extraño subirle al pecho.
La emoción del reencuentro era más fuerte de lo que había imaginado.Mientras avanzaban por los pasillos de la Academia Estelar Noctem, Selene no pudo contener lo que llevaba pensando desde que entró.
Miró alrededor, observando los tapices medievales, las armaduras decorativas y las túnicas que todos los estudiantes llevaban.
—Esta escuela y esta ciudad son raras —dijo de pronto, con un gesto de duda—.
¿No lo creen?
Que sigan manteniendo sus aspectos medievales es muy extraño.
Elias bufó, tirando un poco de la capa negra que le cubría los hombros.
—Lo mismo pienso.
Estos trajes son ridículos.
Aunque… —sonrió apenas, mirando de reojo su propio atuendo bordado— son hermosos, pero demasiado calurosos.Bárbara giró sobre sí misma, haciendo que su falda se abriera como un abanico, y rió divertida.
—Pues a mí me encantan.
Me siento como en un cuento.
El único problema es que tengo demasiada ropa encima.
¡Estoy sojando demasiado!
Los tres rieron, aunque Selene seguía mirando las antorchas y los ventanales como si buscara respuestas ocultas.
—¿Y quién habrá puesto esta regla tan ridícula?
—preguntó Bárbara, resoplando mientras trataba de acomodar la capa.
Elias se encogió de hombros.
—Probablemente el fundador de la Academia.
Alguien con obsesión por las épocas antiguas.En ese momento, Franco intervino, alzando una ceja y con esa chispa en la mirada que siempre lo acompañaba.
—Regla ridícula o no… —dijo con tono seguro—, hay algo en estos trajes que nos hace distintos.
Nos separa del mundo normal.
Tal vez sea precisamente lo que quieren: recordarnos que aquí no somos como los demás.
Selene lo observó en silencio, intrigada por sus palabras.
Y aunque las túnicas le parecían pesadas e incómodas, no pudo evitar pensar que Franco tenía razón.
Esa ciudad, con sus calles empedradas y su gente vestida como si el tiempo nunca hubiera avanzado, escondía un misterio mayor que aún no alcanzaba a comprender.
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