El despertar de selene - Capítulo 79
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- Capítulo 79 - 79 capítulo 79El reflejo de la sultana
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79: capítulo 79:El reflejo de la sultana 79: capítulo 79:El reflejo de la sultana Mientras se acercaban al palacio, Selene sintió que el corazón le latía con fuerza.
En la entrada principal, los guardias la vieron llegar… y, para su sorpresa, se inclinaron profundamente ante ella.
Ni siquiera se atrevieron a levantar la mirada.
Selene tragó saliva.
No comprendía nada, pero decidió avanzar con discreción, fingiendo que aquello era normal.
Al cruzar la segunda puerta, otros guardias hicieron exactamente lo mismo: se inclinaron con respeto, evitando mirarla a los ojos.
La reverencia era tan solemne que la incomodó.
“¿Por qué todos me tratan así?”, pensaba mientras seguía caminando.
Al doblar un pasillo, sus ojos se encontraron con una gran sala.
Allí había varias mujeres reunidas, todas vestidas con trajes similares al suyo, largos y elaborados, adornados con joyas que relucían bajo la luz de las lámparas.
Cuando la vieron, el murmullo cesó.
Una a una, se alinearon en fila y se inclinaron ante ella, bajando la cabeza en señal de respeto.
Selene estaba más perdida que nunca.
En ese momento, apareció un hombre de porte elegante.
No llevaba las túnicas abultadas de las mujeres, pero su ropa era rica en detalles, con bordados y un cinturón que denotaba autoridad.
Dio un paso al frente, se inclinó profundamente y levantó la voz: —¡Atención!
¡La Sultana Selene está aquí!El eco de su proclamación retumbó por la sala.
Los ojos de Selene se abrieron de par en par.
¿Cómo era posible que aquel hombre supiera su nombre?
Nadie en ese lugar la conocía… ¿o sí?
Aún más desconcertante fue lo que ocurrió después: desde la planta alta, bajaron varias mujeres vestidas con telas lujosas, collares y coronas resplandecientes.
Se unieron a las que ya estaban en la sala, que vestían con ropas más sencillas, casi de campesinas.
Unidas, todas se inclinaron en perfecta armonía, sin atreverse a mirarla de frente.
Era un mar de cabezas agachadas, reverenciándola como si realmente fuera alguien de gran poderSelene, paralizada, no sabía si debía hablar, huir o simplemente seguir actuando como si lo entendiera todo.
El silencio era tan profundo que Selene podía escuchar su propia respiración.
De pronto, las puertas al final de la sala se abrieron lentamente.
Un par de eunucos, vestidos con ropas largas y sencillas, anunciaron con solemnidad: —¡La Madre Sultana!
Todas las mujeres se inclinaron aún más, casi hasta tocar el suelo con la frente.
Selene, confundida, apenas reaccionó, hasta que notó que la mujer que la había acompañado también inclinaba la cabeza.
Dudó, pero la imitó torpemente, esperando no llamar la atención.Una figura majestuosa entró en la sala.
Era una mujer de edad madura, de mirada penetrante, con un porte que imponía respeto.
Su vestido era aún más lujoso que cualquiera de los demás, bordado con hilos de oro y piedras preciosas.
Caminaba con pasos firmes, como si cada movimiento suyo dictara las reglas del mundo.
Se detuvo frente a Selene y la observó con detenimiento, como evaluando cada detalle de su rostro.
—Por fin has regresado… —dijo con voz grave, cargada de autoridad.
Selene sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Regresado?
¿De dónde?
Ella no había estado nunca ahí… ¿o sí?
Todas las mujeres guardaron silencio absoluto, esperando la reacción de la supuesta Sultana.—¿Regresar de dónde?
—preguntó Selene, incapaz de contener la duda que la ahogaba.
La Madre Sultana la miró con ternura, como si aquella pregunta fuera la de una niña olvidadiza.
—Hija mía… ¿saliste a andar con tu hermano Mehmet?
—dijo con suavidad—.
¿Ya lo recuerdas?
Por cierto… ¿dónde está tu hermano?
El corazón de Selene dio un vuelco.
¿Mehmet?
¿Su hermano?
No tenía idea de quién era.
Pero debía responder, debía fingir.
—No lo sé, madre… —murmuró, buscando sonar convincente—.
Se ha ido.
La Madre Sultana suspiró y asintió lentamente, como si comprendiera.
Luego giró la cabeza hacia una de las mujeres que esperaba atenta.—Busquen al príncipe Mehmet.
Tráiganlo ahora —ordenó con voz firme.
Las mujeres se apresuraron a obedecer.
Entonces la Madre Sultana volvió a Selene, acariciando su mejilla con ternura.
—Bueno, hija mía, ahora que estás aquí, debes ir a tus aposentos.
Arréglate, báñate… Hoy habrá una gran festejación.
Tu hermano, el sultán, va a tener un hijo.
La alegría recorre todo el palacio —dijo con un brillo de orgullo en los ojos.
Se giró con elegancia, lista para retirarse, y añadió: —Ahora quiero que te prepares.
Por favor, anda.Selene se quedó inmóvil, viendo cómo la Madre Sultana se alejaba.
Una mezcla de confusión y miedo la envolvía.
¿Hermano Mehmet?
¿Hermano el sultán?
¿Un festejo por un hijo que nacería?Un par de doncellas se acercaron a Selene e hicieron una reverencia profunda.
—Sultana, por favor, acompáñenos a sus aposentos —dijo una de ellas con voz suave.
Selene no tuvo otra opción que asentir.
Caminó en silencio por los largos pasillos del palacio, intentando memorizar cada detalle: los tapices dorados que colgaban de las paredes, los suelos de mármol tan pulidos que reflejaban como espejos, las lámparas de cristal que parecían brillar con fuego propio.
Todo era majestuoso, pero también intimidante.Finalmente, las puertas de madera tallada se abrieron ante ella.
—Sus aposentos, Sultana.
Al entrar, Selene quedó sin palabras.
La habitación era inmensa, mucho más grande que cualquier aula del colegio.
Las cortinas eran de seda roja, las paredes estaban cubiertas de adornos dorados, y un enorme espejo de cuerpo entero dominaba el centro, enmarcado en plata.
Había perfumes, joyeros, cofres con telas y un lecho cubierto de almohadones bordados.
Las doncellas comenzaron a preparar agua caliente para su baño, pero Selene apenas podía apartar la vista del espejo.
Se acercó lentamente y, al mirarse, se estremeció.
La joven que la observaba desde el reflejo no era la misma que había caído por el agujero.
Sí, era ella… pero no del todo.
Sus facciones parecían más elegantes, su cabello estaba cuidadosamente peinado y adornado con pequeñas piedras brillantes.
La corona aún reposaba sobre su cabeza, confirmando lo que todos decían: allí no era una estudiante, era una Sultana.
Selene llevó una mano a su rostro.
—¿Quién soy aquí…?
—susurró, sintiendo un nudo en la garganta.
En ese momento, una de las doncellas se acercó con una bandeja de joyas.
—Sultana, ¿desea usar las esmeraldas o los rubíes para el festejo?
Selene parpadeó, perdida, sin saber qué responder.
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