El despertar de selene - Capítulo 80
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- Capítulo 80 - 80 capítulo 80Sombras del Palacio
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80: capítulo 80:Sombras del Palacio 80: capítulo 80:Sombras del Palacio —Me recomiendas tú —dijo Selene.
La doncella asintió: —Creo que los rubíes te quedarían muy bien con tu cabello rojizo.
Selene frunció el ceño, perpleja.
Rojizo no era su color; recordaba claramente sus mechones azules, como toda bruja.
—¿Puedes pasarme un espejo?
—preguntó finalmente.
—¡Claro!
—respondió la chica, entregándoselo.
El espejo era completamente distinto a los demás, muy decorado y llamativo.
Selene se reflejó en él, y lo que vio la dejó sin aliento: su cabello era efectivamente rojizo.
Pero no solo eso: sus ojos brillaban en un azul intenso, y un conjunto de pecas surcaba su rostro.
Todo era tan extraño como fascinante.Selen quedó aún más perpleja, pero solo dijo: —Disculpa… ¿tengo un hermano?
La chica se mostró sorprendida: —Su majestad… eh, ¿así es?
El príncipe Petmet y el sultán… son sus hermanos.
Selen se quedó todavía más confundida.
Finalmente preguntó: —Disculpa la pregunta… ¿cómo se llama el sultán?
La doncella dudó por un instante, pero respondió: —Ah… el sultán Mustafa, señora.
La confusión de Selen creció aún más, pero fingió comprensión y dijo con calma: —Ah, claro… sí.Obviamente no tenía idea de lo que estaba sucediendo, pero decidió aparentarlo.Selen quería preguntar qué estaba pasando y por qué era una Sultana, pero finalmente se lo dijo: —Y la señora que está a mi lado… ¿quién es?
La chica quedó visiblemente confundida y sorprendida: —Disculpe, Sultana… me sorprende que pregunte eso.
—La madre Sultana… ¿así es?
—continuó Selen.
—Sí, señora.
Es su madre, la Gran Sultana.
Es ella quien gobierna todo acá, dirige el harén, todo.
Está justo debajo del Sultán Mustafa.
Y usted, hija de la Gran Sultana… me sorprende que pregunte eso —respondió la doncella.
Selen quedó muy confundida, pero trató de aparentar comprensión: —Oh, claro… solo bromeaba.
La chica, aunque no muy convencida de la respuesta, decidió asistirla.
—Hola, Sultana, es hora de que se pruebe el vestido que ha llegado con las mercancías —dijo la doncella.
Selene, curiosa, se acercó al ver el vestido.
La tela era tan suave y estaba teñida en distintos tonos de azul; las mangas eran anchas y el vestido incluía una delicada corona azul.
Era largo y se ajustaba al cuerpo como un corset, irradiando una elegancia divina.
—¡Wow!
—exclamó Selene—.
Qué maravilla, es impresionante.
—Así es, Sultana —respondió la doncella—.
Debe ponérselo para la celebración de hoy.
Un nuevo príncipe va a nacer pronto.
Selene recordó entonces lo que le había dicho la Madre Sultana.
—Ah, claro… el nuevo hijo, ¿no?
—dijo, sorprendida.
La doncella asintió, y Selene se probó el vestido.
Al instante, se sintió fascinada; era como si hubiera entrado en un cuento de fantasía.No entendía del todo cómo había llegado allí ni por qué era Sultana.
Todo le fascinaba, pero sabía que debería averiguar más adelante por qué estaba allí.
Por ahora, decidió dejarlo pasar.
—Sultana, es hora de ir al banquete —dijeron la doncella y sus asistentes.
—Vamos —respondió Selene, y las doncellas que custodiaban la puerta se la abrieron.
Selene caminó por los largos pasillos del castillo.
Todo era muy medieval, como en los cuentos de fantasía que había leído.
Mientras avanzaba, algunas mujeres que pasaban se inclinaban ligeramente ante ella.
Supuso que era porque era Sultana, aunque aún no comprendía del todo qué significaba aquello ni cómo había llegado a este palacio.
Llegó… por un hoyo.
Sí, un hoyo extraño y misterioso que todavía le parecía muy raro.
Al llegar a la extraña habitación, los guardias se inclinaron ante Selene y le abrieron la puerta.
Las doncellas se quedaron afuera, respetando el protocolo.
Selene entró y vio a la mujer que resultaba ser su madre, la Madre Sultana.
—Oh, hija mía, estás aquí.
Qué bueno… me alegra —dijo la madre, con una sonrisa cálida.
Había muchas mujeres bailando alrededor de un señor sentado en un trono, con una corona sobre su cabeza.
Selene no entendía del todo lo que ocurría, pero fingió tranquilidad: —Sí, madre… me alegra —respondió.
Al otro lado de la sala, vio a un joven con una pequeña corona y un traje lujoso.
Supuso que debía ser su hermano.
Decidió preguntar:—¿Y mi hermano, madre?
—Oh, hija, tu hermano está justo ahí —respondió la Madre Sultana.
Selene lo observó: era tal como lo había imaginado.
Ese debía ser Metmet, al parecer.
Entonces, el señor en el trono la vio y se acercó a ambas.
—Hermana mía, qué bueno que hayas llegado —dijo, tomando la mano de Selene y besándola con cortesía.
Selene, completamente confundida, se inclinó con respeto y respondió: —Es un honor haber llegado a esta celebración.A lo lejos, Selene divisó a una mujer que imponía por su mirada.
Vestía un traje lujoso y parecía irradiar autoridad; incluso daba la impresión de ser un poco fastidiosa, pues había visto cómo trataba a las sirvientas con una dureza casi brutal.
La mujer se dirigió hacia ellos, hacia donde estaba Selene.
Al detenerse frente a ella, la miró con frialdad, apenas con una inclinación que no parecía sincera, como si se viera obligada a mostrar respeto.
—Mi señor, qué bueno que estás aquí para celebrar la llegada de nuestro pequeño hijo —dijo con voz firme, dirigiéndose al sultán.
Selene comprendió de inmediato.
Aquella mujer debía ser la esposa de su supuesto hermano, el sultán.El sultán besó la mano de aquella mujer y dijo: —Mi querida Mahidevram, me alegro de que estés aquí.
Mahidevram lanzó una mirada cargada de desdén hacia Selene.
Confundida, Selene le respondió con una mirada firme, sin comprender del todo la hostilidad.
—Aquí está mi hermana, Selene —dijo entonces el sultán—.
Es muy bueno que estén las dos ahora, junto con mi madre.
Al parecer, Mahidevram no estaba del todo complacida.
Soltó una mirada maliciosa hacia Selene y, cuando el sultán y la Madre Sultana estaban distraídos, rodó los ojos con evidente desdén.
Selene no entendía por qué actuaba así, pero un escalofrío recorrió su espalda.El príncipe, al parecer hermano de Selene, se acercó y dijo: —Maidebran, no me sorprende que estés aquí.
La verdad, después de lo de la sirvienta que casi envenenas por celos, no me aseguraría de que no intentes lo mismo con otras concubinas que se acerquen a mi hermano.
Selene, aterrorizada, sólo observaba en silencio.
Maidebran respondió rápidamente: —Te repito que yo no envenené a ninguna sirvienta.
Son rumores del harén.
La Madre Sultana intervino con voz firme: —Basta.
Ninguno de los dos va a pelear hoy.
Estamos aquí para celebrar al hijo del sultán que lleva en el vientre Maidebran, Metmet.
Este es un lugar de paz y celebración.
No quiero oír ningún otro rumor sobre Maidebran.
Nadie sabe la verdad.
El sultán añadió, serio: —No quiero oír más de este tema.
Y se retiró a su trono, dejando en el aire la tensión entre los presentes.
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