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El despertar de selene - Capítulo 81

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  4. Capítulo 81 - 81 capítulo 81Sombras en el harem
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81: capítulo 81:Sombras en el harem 81: capítulo 81:Sombras en el harem Las concubinas, unas seis en total, danzaban con gracia en medio del salón, moviéndose al ritmo de una sensual melodía árabe.

El sultán las observaba con atención, aunque en el aire aún se percibía la tensión latente entre Mahidevran y Selén.

La Madre Sultana, con gesto solemne, se acomodó en una esquina, contemplando la escena sin intervenir.

Selén, sin apartar la mirada de Mahidevran, notó de pronto que esta le hacía discretas señas con la mano, llamándola hacia ella.

Con cautela, Selén se levantó y, en silencio, se deslizó fuera de la habitación, dirigiéndose al encuentro de Mahidevran.Después de salir, Mahidevran la tomó con discreción del brazo y la condujo a un rincón apartado, lejos de los guardias.

Con voz baja pero cargada de amenaza, le dijo: —No creas que te saldrás con la tuya.

Puede que seas hermana del sultán e hija de la Madre Sultana, pero yo soy su esposa, y tendrás que aprender a respetarme.

Yo envenené a una concubina porque el sultán es solo mío… y puedo hacer lo mismo contigo si te atreves a decir una palabra.

Selen no entendía por qué Mahidevran hablaba de esa manera.

Ella no pertenecía a esa época; venía del futuro, y lo único que acertó a responder fue: —Yo no sé de qué hablas.

Mahidevran frunció el ceño y replicó con dureza:—¿Cómo que no lo sabes?

Ayer descubriste que fui yo quien envenenó a la concubina.

Encontraste el veneno en mi habitación.

¿Ahora vas a fingir que lo ignoras?

Selen, tratando de mantener la calma, improvisó: —Yo no creo que hayas sido tú.

A mí me respetas, porque yo represento al Imperio Otomano.

Tú solo llegaste aquí como una concubina.

Podrás ser de noble cuna, pero aún no eres Sultana.

Cuando lo seas, entonces te rendiré respeto.

No sabía realmente lo que decía; simplemente era lo primero que se le había ocurrido.—¿Cómo te atreves a faltarme el respeto a mí, la Sultana?

—dijo Selen con firmeza.

Mahidevran, sorprendida, respondió con furia: —¡Eres una insolente!

Esa concubina junto a la cama del Sultán estaba para que él se olvidara de mí, pero ahora ya no podrá… porque llevo un hijo en mi vientre.

Selen la miró con serenidad y replicó: —No me importa lo que digas.

Si el Sultán no te ha hecho Sultana es porque no te quiere.

Eres solo su esposa, nada más.

Y ese hijo que llevas… no es tuyo, solo lo cargas en tu vientre.

Pertenece al Sultán, y que te quede bien claro.

No sabía de dónde le salían aquellas palabras; quizás de lo que había aprendido sobre el Imperio Otomano y de todas las novelas que había visto.

Mahidevran, atónita, apenas pudo responder: —Ten cuidado… mi hijo será más que tu hermano.

Será el príncipe Mehmed.

Selen la interrumpió con firmeza: —¡Basta de insolencias!

Ve a la habitación y regresa con el Sultán.

De otro modo tendré que llamarlo y contarle todo lo que pasó aquí.

Mahidevran, dominada por el temor, se inclinó en señal de reverencia y se dirigió en silencio hacia la habitación.

Selen también se dirigió hacia la habitación.

Al entrar, vio a Mahidevran con el rostro enrojecido por la ira y, en ese instante, comprendió por qué el Sultán tenía a una concubina sentada en sus piernas.Selen avanzó con paso firme, observando a Mahidevran y al Sultán.

Mahidevran, con el rostro encendido de ira, parecía dispuesta a desafiarla, pero Selen no mostró miedo.

—He visto suficiente —dijo Selen con voz clara y firme—.

Retírate, Mahidevran.

La esposa del Sultán dudó, sorprendida por la seguridad de Selen.

Sus ojos se estrecharon, evaluando si podía imponerse, pero pronto comprendió que, aunque era esposa, no tenía autoridad absoluta allí.

Con un gesto de molestia contenida, retrocedió unos pasos, obligada por la calma y firmeza de Selen.A pocos instantes, la Madre Sultana se relajaba, el Sultán estaba feliz, y el príncipe también disfrutaba del ambiente con las concubinas.

Sin embargo, apenas Mahidevran se retiró, un grito agudo surgió del harén.

La música se detuvo de inmediato y las concubinas cesaron su baile, sorprendidas y alarmadas.

La Madre Sultana, con el ceño fruncido, ordenó a uno de los guardias: —¿Qué es esto?

Ve a ver qué sucede.

¿Cómo se atreven a interrumpir este festejo?

El guardia se inclinó respetuosamente y se dirigió hacia el harén.

Selen, indecisa y curiosa, lo siguió con la mirada, queriendo entender lo que ocurría.Unos segundos después, el guardia regresó, visiblemente agitado: —Mi señora… una concubina ha sido hallada muerta en su cama.

Todos quedaron sorprendidos, con la boca abierta.

La Madre Sultana, incrédula, exclamó: —¡¿Cómo es posible?!

Se volvió hacia Ibrahim, el acompañante del Sultán con rango casi igual al suyo, encargado de investigar cualquier incidente dentro del palacio: —Ibrahim, asegúrate de averiguar quién cometió esta maldad.

No permitiré un solo error.

Sea mujer u hombre, encontraremos al culpable.

Ibrahim se inclinó, miró rápidamente a Selen y se dirigió hacia el harén con paso firme.El Sultán, aún en su trono, se volvió hacia su madre y preguntó con preocupación: —Madre, ¿cómo es posible que tengan la audacia de asesinar a una de mis mujeres?

La Madre Sultana, con voz calmada pero firme, respondió: —Lo sé, hijo.

Encontraremos al culpable y decidiremos qué hacer con él.Selen observaba cada movimiento con atención mientras Ibrahim recorría el harén.

Las concubinas, todavía conmocionadas por el hallazgo, susurraban entre ellas, lanzando miradas nerviosas hacia sus vecinas.

Cada gesto parecía sospechoso, cada silencio un posible indicio.

Ibrahim interrogaba con voz firme: —¿Quién estaba cerca de la habitación de la fallecida?

¿Alguien vio algo?

Algunas concubinas tartamudeaban, otras bajaban la mirada, y algunas simplemente negaban haber presenciado nada.

Selen se movía con discreción entre ellas, absorbiendo cada detalle: un mechón de cabello fuera de lugar, una mancha en la túnica, un gesto demasiado rápido al intentar ocultar algo.Poco a poco, Selen comenzó a reconstruir los últimos momentos de la concubina.

Notó que una puerta lateral estaba ligeramente entreabierta, como si alguien hubiera entrado o salido a escondidas.

También recordó que Mahidevran había estado alterada antes del incidente, aunque eso no significaba necesariamente culpabilidad.

Ibrahim continuaba tomando notas, revisando cada habitación con precisión, pero parecía frustrado por la falta de pruebas concretas.

Selen, sin querer involucrarse aún, decidió mantener sus observaciones para ella misma.

Sabía que cualquier palabra dicha apresuradamente podría complicarle la situación.Mientras la tensión en el harén crecía, Selen comprendió que descubrir la verdad requeriría más que solo seguir los hechos: necesitaría entender las motivaciones, los celos y los secretos que cada mujer escondía detrás de su apariencia.

Y estaba decidida a hacerlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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