El despertar de selene - Capítulo 83
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- Capítulo 83 - 83 capítulo 83Peso de ser Sultana en un pasado
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83: capítulo 83:Peso de ser Sultana en un pasado 83: capítulo 83:Peso de ser Sultana en un pasado El sol comenzaba a descender tras las dunas doradas, tiñendo el cielo de un naranja profundo que parecía incendiar el horizonte.
Desde lo alto de los muros del palacio, Selen, la Sultana, observaba cómo los carruajes egipcios se aproximaban, levantando una nube de polvo que se extendía por los jardines como un manto fantasma.
Los heraldos habían anunciado su llegada con días de anticipación: nobles y diplomáticos del reino del Nilo venían a mostrar telas finas y tesoros desconocidos, y, según los protocolos, cada súbdito debía inclinarse ante el faraón en señal de respeto.
Pero Selen permaneció firme, de pie en el balcón, la mirada tan afilada como los diamantes que adornaban su corona.
Sus sirvientas se miraban entre sí, incómodas, murmurando sobre la osadía de su señora.
Una de ellas, más valiente que las demás, se atrevió a preguntar:—Sultana… ¿no debería inclinarse ante ellos?
Selen ladeó apenas la cabeza, con una sonrisa apenas perceptible, cargada de un desafío silencioso.
—Yo soy la Sultana de este palacio —dijo con voz firme, que resonó en los mármoles del corredor—.
Aquí no se inclina nadie ante un visitante, aunque traiga consigo la grandeza de un faraón.
Cuando los egipcios finalmente llegaron al patio principal, descendiendo de sus elegantes carruajes cubiertos de lino y oro, el séquito se detuvo en seco.
Entre ellos estaba el faraón, envuelto en túnicas bordadas de hilos de oro, con su corona azul y dorada que relucía incluso a la distancia.
Sus ojos, acostumbrados al respeto incondicional de los súbditos, se fruncieron al ver a Selen de pie, erguida, sin una sola inclinación.Entró la Gran Sultana, Ayse, imponente y deslumbrante, y se dirigió con paso firme hacia Selene.
—Oh, querida mía —dijo, observando a Selene con una mezcla de afecto y autoridad—, veo que ya has recibido a los egipcios.
Luego, con un gesto elegante, se volvió hacia los recién llegados: —Es un honor tenerlos aquí —les dijo, dirigiéndose también al faraón.
El faraón se inclinó ligeramente, mostrando respeto.
—Sultana, para nosotros es un gran honor estar en sus tierras.
Hemos viajado desde lugares muy lejanos para conocer al Sultán y a usted, y para mostrar nuestras telas y comerciar —respondió, con cortesía y dignidad.En ese momento, Mahidevram se presentó.
Selene la observó con firmeza, mientras Mahidevram, respetuosa, se inclinó ante las Sultanas.
—Sultanas —dijo—, el Sultán me ha dicho que puedo elegir telas nuevas.
Ayse sonrió y respondió con amabilidad: —Por supuesto, querida.
Puedes elegir entre estas telas finas traídas desde Egipto.
Selene, con una mirada intensa y desafiante, intervino: —No, Mahidevram, no puedes elegir.
No lo mereces.
Mahidevram la miró con rabia y preguntó: —¿Por qué no puedo elegir, Sultana?
¿Me lo va a prohibir?
Selene lo observó con frialdad y respondió, su voz firme como un decreto: —Tu comportamiento no es digno de la esposa de mi hermano, el Sultán.
Si de verdad deseas una de estas telas, debes comportarte como una verdadera sultana.
Por eso el Sultán no te ha otorgado ese título… y nunca lo hará.
Haciendo una pausa que hizo que la sala contuviera la respiración, continuó: —Si me has entendido, ahora te ordeno que te retires.
No tienes derecho a tocar ni a mirar una sola de estas telas.
—¿Qué es esto?
—preguntó la Madre Sultana, su voz llena de sorpresa—.
¿Qué estás haciendo, Selene?
¿Por qué prohíbes a la esposa del Sultán elegir estas telas?
¿Acaso no sabes que el Sultán puede dar órdenes?
No importa si tú eres o no Sultana, aquí es él quien decide todo.
¿Por qué no le permites admirar algunas de ellas?
¿Qué te ha hecho ella para que no pueda elegir ninguna?
Selene la miró con firmeza y respondió: —Su comportamiento me ha parecido demasiado rígido, Madre.
Es inadecuado.
Puede elegir algunas, pero no más de dos.
No merece más que eso.
Este es su castigo, y yo lo ordeno, porque yo represento el Imperio Otomano y puedo decidir lo que se haga con ella.La Gran Sultana la observó con una mezcla de desaprobación y severidad: —Este comportamiento tuyo, Selene, no me agrada en absoluto.
Aunque naciste como Sultana, debes aprender a comportarte como tal: ser justa y no vengativa.
Eso es lo que realmente dignifica a una Sultana.—Y ahora te ordeno —dijo la Madre Sultana con voz firme—, como madre del Sultan y como tu propia hija, que te retires.
Más tarde te enviaré Telas .
Sal de tus aposentos de inmediato.
No permitiré que tengas este comportamiento.
Es una orden.
Selene la miró discretamente, sin mostrar emoción, mientras se retiraba lentamente.
Sin embargo, sus ojos no dejaban de seguir a Maidebran, llenos de rabia contenida.cuenta de que quizá ese era el mundo al que realmente pertenecía.
Lunaris era solo una bruja; aquí, en este pasado, debía adaptarse y aceptar su papel de sultana.
Todo parecía un cuento fantástico, pero poco a poco empezaba a acostumbrarse a esta nueva vida.
Decidió no seguir la orden de la Madre Sultana.
En lugar de dirigirse a sus aposentos, se encaminó hacia el jardín.
Mientras paseaba bajo el sol, contemplando la luz sobre las flores y los senderos, vio a Ibrahim, sirviente del Sultán, cuya presencia imponía respeto incluso entre las concubinas.
Su rango era alto, solo por debajo de la sultana.
Ibrahim la vio y se acercó, inclinándose ante ella con respeto:—Sultana, me alegra que esté aquí —dijo con cortesía—.
Disculpe mi presencia, pero no querrá usted decirme por qué se encuentra aquí en el jardín y no eligiendo telas?
—¿Por qué crees, Ibrahim?
—dijo Selene, con un dejo de frustración en la voz—.
La Madre Sultana me ha echado… mi propia madre.
Dijo que no tengo el carácter suficiente para comportarme como se espera.
Solo porque intenté defender a Maidebran y le dije que no se merece esas telas.
Ibrahim sonrió suavemente y respondió con calma: —Sultana, no debería preocuparse tanto por Maidebran.
A pesar de ser esposa del Sultán, no es nadie más que eso.
Solo su esposa.
No permita que su carácter la intimide ni que afecte su juicio.
De repente, surgió una pregunta en la mente de Selene: ¿cuántos años tendría Ibrahim?
Apenas llevaba unos días en este mundo y no lo sabía con certeza.
Con suavidad, preguntó: —Ibrahim, ¿cuántos años tienes?
Ibrahim, algo curioso por la pregunta, respondió con respeto: —Ah, Sultana, tengo 16 años.
Selene, sorprendida, comentó: —No eres muy joven para estar en mi palacio.
Ibrahim sonrió ligeramente y explicó: —Ah, Sultana, me han traído como esclavo.
El Sultán sabe lo que hace aquí.
Yo solo le sirvo.
¿No lo cree?
Selene asintió:—Tienes razón… Entonces, ¿qué edad tengo yo?
Ibrahim, levemente confundido pero respondiendo con cuidado, dijo: —Ah, Sultana, usted tiene 17 años.
Selene sonrió levemente: —Ah, entonces soy solo un año mayor que tú.Selene reflexionaba en silencio, sorprendida por lo grande que se veía todo a su alrededor.
En Lunaris tenía solo 12 años, y aquí, en este pasado, ya contaba con 17.
No entendía cómo había llegado a este mundo, ni tampoco por qué.
Simplemente había caído en un agujero, y de repente, todo había cambiado: creció y ahora debía asumir el rol de una Sultana.
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