El despertar de selene - Capítulo 85
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85: capítulo 85:El plan 85: capítulo 85:El plan La pelea seguía intacta.
Mahidevran entró en la sala con paso firme, y al ver a Selene, una sonrisa cargada de malicia se dibujó en su rostro.
—Querida Selene, cuñada —dijo con un tono afilado—, ¿por qué siempre buscas imponer tu autoridad frente a estas concubinas?
¡Es absurdo!
¡Todo tan exagerado!
Se cruzó de brazos y alzó el mentón con soberbia.
—Si lo que quieres es que te crea digna de ese título, entonces escucha bien: yo no soy simplemente Mahidevran… desde ahora, soy Mahidevran Sultana.
—¿Cómo te atreves a faltarme el respeto?
—exclamó Selene con voz firme y mirada encendida—.
¡Nunca serás una sultana!
Mi hermano jamás te dará ese título, y quítate esa corona de inmediato.
Se acercó un paso, dejando que el peso de sus palabras cayera sobre Mahidevran.
—Solo por haberte casado con mi hermano, el sultán, no tienes ningún derecho sobre mí.
Acostúmbrate, porque yo soy una sultana de verdad.
Yo nací y moriré siéndolo.
Su voz se endureció aún más.
—Así que ocúpate de tus asuntos, Mahidevran.
No voy a soportar más faltas de respeto tuyas.
Porque tú no eres nadie… más que la simple mujer del sultán.Mahidevran soltó una risa fría, tan cortante como una daga.
—¿Simple mujer del sultán?
—repitió con burla, acercándose a Selene—.
Cuidado con tus palabras, porque aunque seas hermana de su alteza, yo soy la madre de su heredero.
Y en este palacio, la que da un hijo al sultán, obtiene un poder que tú jamás comprenderás.
Se inclinó un poco hacia ella, sus ojos brillando de furia contenida.
—Tú podrás haber nacido con el título, Selene… pero yo lo estoy construyendo con mi propio lugar, paso a paso, y no habrá nadie que me arrebate lo que es mío.
Ni siquiera tú.—A fin de cuentas, no vuelvas a faltarme el respeto —dijo Selen con voz firme, sus ojos brillando con una malicia peligrosa—.
Cuida muy bien tus palabras, Mahidebran.
Se irguió con orgullo y agregó con un tono helado: —Yo soy del Imperio Otomano, y con una sola conversación puedo hacer que mi hermano deje de fijarse en ti.
Recuerda bien eso.
La sultana inclinó levemente la cabeza, como si disfrutara cada palabra que lanzaba.
—Si cargas a ese hijo en tu vientre… puede que ni siquiera llegue a nacer.
Y si nace, ¿qué seguridad tienes de que sea un varón?
Podría ser tan solo una niña.Selen dio un paso al frente, cortando el aire con su presencia.
—Algún día, Mahidebran, mi hermano abrirá los ojos y verá la clase de mujer que eres en realidad.
Y ese día… ni tu hijo, ni tu corona, ni tus intrigas podrán salvarte.La tensión se cortaba como un hilo de seda a punto de romperse.
—¿Cómo te atreves a apoderarte de las puertas del Sultán?
—escupió Mahidevran con un destello de burla en los labios—.
Eres tan estúpida, Sultana Selene.
El rostro de Selene se encendió de ira; las palabras habían calado como un veneno.
Estaba a punto de responder cuando, de pronto, las puertas se abrieron y la Madre Sultana entró con paso firme, seguida por el Sultán.
Un silencio helado recorrió la sala.
Las concubinas, que observaban expectantes, se inclinaron con rapidez, temiendo ser arrastradas a aquella tormenta.—¿Pero qué está pasando aquí?
—preguntó la Madre Sultana con voz grave, la mirada encendida por la molestia—.
Desde afuera se escuchan sus gritos.
Mahidevran bajó la cabeza, fingiendo humildad, y con tono falso dijo: —Gran Madre Sultana, no es nada.
Solo una discusión sin importancia entre la Sultana Selene y yo.
Pero los ojos del Sultán se fijaron en ella, oscuros y severos como nunca.
—¿Cómo te atreves a hablar así contra mi hermana?
—tronó con firmeza—.
Ella es una Sultana.
Tú no lo eres.
No eres más que la madre de mi hijo.
Escúchame bien: no quiero volver a verte pelear ni oír de tus faltas de respeto.
Si lo haces, habrá consecuencias.El corazón de Mahidevran se encogió.
La sorpresa la desarmó, pero no le quedó otra opción que bajar la mirada y guardar silencio.
Selene, con un leve movimiento de cabeza, se inclinó ante su hermano.
—Gracias, Su Majestad —susurró, con una serenidad que ocultaba el triunfo interior.
Al pasar junto a Mahidevran, rozó su hombro con un gesto frío, casi calculado.
La otra murmuró una disculpa ahogada, apenas audible, antes de retirarse de la sala.
La tensión quedó suspendida en el aire, como una tormenta que aún no estalla, pero amenaza con volver con mayor fuerza.Habían pasado unos cuantos días.
Selene se encontraba en sus aposentos, sumida en pensamientos, recordando con nostalgia a Lunaris y deseando encontrar la manera de regresar a su mundo.
Pero, mientras meditaba, una idea brillante cruzó por su mente: una forma de acabar con Mahidevran de una vez por todas.
Si traía a otra mujer al palacio, alguien capaz de captar la atención del sultán, podría desviar su interés de Mahidevran.
Así demostraría, de manera clara, quién tenía el verdadero poder en aquel lugar.
Sin perder un segundo, Selene se levantó y salió corriendo de sus aposentos.
Los guardias, acostumbrados a su determinación, abrieron las puertas sin objeción.
Sus pasos la llevaron hasta la criada responsable de todas las concubinas y esclavas que llegaban al palacio.—Señorita Firial, necesito hablar con usted —dijo con firmeza, dejando escapar apenas un hilo de excitación por su plan secreto.
Firial se inclinó respetuosamente y respondió con suavidad: —Por supuesto, Sultana.
Cuénteme.
El brillo en los ojos de Selene delataba la determinación que bullía en su interior.
Sabía que lo que estaba a punto de hacer cambiaría para siempre la dinámica del palacio.Selene inclinó ligeramente la cabeza, con la mirada fija y autoritaria.
—Escúchame bien —dijo con voz firme—.
Necesito que traigas a las mejores esclavas del mundo.
Que las traigas acá, que las prepares, y elijas a la más hermosa.
Esa será la que presentarás ante el sultán.
Firial abrió los ojos con sorpresa, conteniendo un leve jadeo.
—¿Está bien, sultana?
—Quiero que organices una fiesta —continuó Selene—, donde todas esas esclavas bailen ante el sultán.
Tú me dirás cuál es la más hermosa, y yo me encargaré de hablar con mi hermano sobre ella.
Debe estar lista para ese día.
Creo que la noche será perfecta, cuando el sultán esté presente.
La criada, aún sorprendida, preguntó con cautela: —Oh, sultana… ¿son órdenes del sultán?Selene arqueó una ceja, con un leve destello de enojo.
—No, son órdenes de tu sultana, Selene.
Ahora quiero que hagas este favor, y asegúrate de que los guardias busquen, adonde sea, pero que los busquen.
¿Está claro?
No quiero ningún problema en el camino.
Firial asintió rápidamente, con la voz cargada de respeto: —Por supuesto, majestad.
No habrá ningún problema.
Selene sonrió con satisfacción, su mirada fría pero decidida.
—Lo más pronto posible.
Y serás recompensada.
—Eso es su orden, sultana —dijo Firial con firmeza—.
Iré de inmediato a llamar a los guardias para que busquen esclavas.Selene la observó marcharse, satisfecha.
Todo estaba en marcha; su plan para desbancar a Mahidevran comenzaba a tomar forma.
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