El despertar de selene - Capítulo 88
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- Capítulo 88 - 88 capítulo 88El sufrimiento de mahidevram
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88: capítulo 88:El sufrimiento de mahidevram 88: capítulo 88:El sufrimiento de mahidevram Los días pasaban, y cada noche el sultán pasaba tiempo con Leyla, observando con atención su gracia y sus gestos calculados.
Mientras tanto, Mahidevran lloraba en sus aposentos, consumida por los celos y la impotencia de ver cómo otra mujer capturaba la atención de su esposo.
Selene, desde su posición, no podía evitar sentir una mezcla de fascinación y satisfacción al ver a Mahidevran vulnerable, mientras su plan avanzaba con éxito.
Cada lágrima derramada por la esposa del sultán reforzaba la estrategia cuidadosamente elaborada.
Aun así, Selene no podía evitar preguntarse cómo podría salir de aquel mundo, o si alguna vez lo haría.
La nostalgia por Lunaris la atravesaba como un susurro constante, pero debía concentrarse en el presente: el juego de poder en el palacio.Con el tiempo, los esfuerzos de Leyla y las instrucciones de Selene comenzaron a dar frutos.
El sultán, impresionado por su inteligencia, elegancia y encanto, decidió transferirla al segundo piso, donde residían las concubinas favoritas.
Allí, Leyla ya no era simplemente una esclava; había ascendido y se había convertido en una favorita de verdad, consolidando su posición y aumentando la tensión entre las mujeres del palacio.
Selene observó la escena desde su aposento, satisfecha.
Cada paso que Leyla daba hacia la cercanía del sultán era también un paso hacia el control y la influencia que Selene buscaba ejercer dentro del palacio.
Su juego apenas comenzaba, y la intriga crecía con cada movimiento silencioso.Selene paseaba por los pasillos con su enorme corona y una tela elegante en el cabello, avanzando con paso firme y seguro.
Desde la distancia, vio a Mahidevran acurrucada en una esquina, con los ojos somnolientos y llenos de rencor, observando cada movimiento.
En ese instante, vio a Leyla salir del cuarto del sultán, portando una nueva joya que brillaba bajo la luz de las lámparas.
Al parecer, el sultán se la había entregado en señal de favor.
Mahidevran, al notar la escena, corrió hacia ella con el rostro enrojecido por la ira y los celos.
Tomando la mano de Leyla con fuerza, exclamó: —¿Quién te dio esto?
¿Por qué tienes el anillo que el sultán me iba a dar a mí?Leyla la miró con calma, sin perder la compostura: —Cálmese… se me ha dado —respondió con suavidad—.
¿Quién le dijo que era suyo?
Mahidevran, furiosa, empujó a Leyla contra la pared y gritó: —¡¿Cómo te atreves a robar mi anillo, ladrona?!
Primero me quitas al sultán, y ahora me robas mi joya.
Selene, observando la escena con una sonrisa fría y satisfecha, se acercó y apartó a Mahidevran con un gesto firme: —Calma, Mahidevran —dijo, con autoridad—.
Solo por una joya haces este escándalo.
No eres tú quien carga a su hijo en su vientre, así que no deberías preocuparte.
Deja a Leyla… o llamaré al sultán, y te aseguro que no te perdonará tu comportamiento.Ante la amenaza de Selene, Mahidevran bajó la cabeza, derrotada por el miedo y la rabia.
Llorando y conteniendo su frustración, se retiró apresuradamente hacia sus aposentos, mientras Selene observaba satisfecha cómo el control sobre la situación caía completamente en sus manos.—Oh, Leyla, estás haciendo maravillas, mi excelente amiga —dijo Selene, sonriendo mientras caminaban por los jardines—.
—Gracias, Sultana —respondió Leyla, con una sonrisa tímida—.
Me esfuerzo por aprender de ti.
Ayer, el sultán le había enviado a Leyla una caja llena de joyas, un gesto afectuoso que no pasó desapercibido.
Selene asintió, satisfecha: —Ves, tu esfuerzo da frutos.
Muy pronto todos notarán lo valiosa que eres.
—Sí, Sultana —dijo Leyla—.
Estoy haciendo lo mejor que puedo.
Pasaron dos días más, y Leyla y Selene paseaban como amigas por los jardines del palacio, riendo y conversando.
De repente, un grito desgarrador surgió del castillo, llamando la atención de todos los que estaban afuera.Selene frunció el ceño y dijo a Leyla: —¿Qué es eso?
¿Tú también lo escuchas?
—Sí, Sultana —respondió Leyla, preocupada—.
No puede ser… estoy segura de que algo grave ha pasado.
Vamos a ver qué ocurre.
Ambas corrieron hacia el palacio y entraron en la gran sala común, donde todos se habían reunido.
Allí se encontraron con la Gran Madre del Sultán.
Selene, con voz apresurada, preguntó: —Madre, ¿qué ha sucedido?
La Gran Madre del Sultán suspiró, con un gesto preocupado: —No lo sé con certeza… La Sultana Maidevran está indispuesta, parece enferma.
Dice que le duele mucho el estómago y está sangrando.
Creo que podría ser un aborto espontáneo.
Selene inclinó la cabeza, observando la situación con cautela:—No es algo nuevo.
Siempre se retira triste a un rincón… En ese momento, un sirviente se acercó a la Gran Madre: —Gran Madre del Sultán, la señorita Maidevran está teniendo un aborto espontáneo.
Necesitamos ayuda de inmediato.
El doctor requiere más asistencia.
La Gran Madre arqueó una ceja y corrió hacia los aposentos de Maidevran.
Selene sonrió levemente a Leyla, con satisfacción contenida: —Vaya… creo que ahora el sultán solo te elogiará a ti, y no a Maidevran.
—Vamos a ver qué sucede —dijo Selene, dirigiéndose junto a Leyla hacia los aposentos de la Sultana enferma.Leyla, como amiga y confidente de Selene, se adelantó para asistir y comprender la situación mientras la tensión en el palacio aumentaba.
Cuando entraron, encontraron a Maidevran tirada en el suelo, sollozando y abrazándose a sí misma, sumida en la desesperación.
La Gran Madre del Sultán se acercó a la doctora con rostro severo y preguntó: —Dígame, doctora, ¿ha perdido al niño?
La doctora bajó la cabeza con tristeza y respondió: —Lástima… así es, sultana.
El niño ya no está con nosotros.
Los sollozos de Maidevran resonaban por la habitación, desgarradores y llenos de desesperación.
Al levantar la mirada, vio a Selene y Leyla entrando y gritó con furia:—¡¿Qué hacen estas mujeres aquí?!
¿Cómo se atreven?
¡Selene y Leyla están aquí!
—sus lágrimas se mezclaban con la rabia—.
Leyla es la culpable de que haya perdido a mi hijo.
¡No puedo darle el hijo al sultán!
¡Maldita sea, Leyla!
La Gran Madre del Sultán, indignada, se acercó y reprendió a Maidevran con voz firme: —¿Qué son estos comportamientos, Maidevran?
¿Cómo te atreves a llamar a Selene, a la sultana, por su propio nombre?
—El sultán tiene derecho a estar con quien él desee —continuó la Gran Madre—, y tú no puedes interponerte.
Este comportamiento será castigado, Maidevran.Selene permaneció firme, con su habitual calma calculadora, mientras Leyla la miraba con respeto.
La tensión en la sala era palpable; el poder y la influencia de Selene y Leyla se consolidaban, y Maidevran sentía cómo su control sobre el sultán se desvanecía.
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