El despertar de selene - Capítulo 9
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9: capítulo 9:ecos del pasado 9: capítulo 9:ecos del pasado Después de aquel suceso, Selene decidió guardar silencio.
No se atrevió a contarles nada a sus padres.
No porque no confiara en ellos, sino porque temía asustarlos.
Aun así, la inquietud la carcomía por dentro.
¿Había sido real?
¿Podía comunicarse con sus antepasados?
¿Podían hacerle daño?
Esa noche, mientras la casa dormía en completo silencio, Selene se levantó de la cama con pasos sigilosos.
Su corazón latía con fuerza, como si intuyera que estaba a punto de cruzar un umbral invisible.
Caminó hasta el armario de su madre, ese que siempre había estado cerrado, custodiado por una energía antigua.
Dentro, encontró lo que buscaba: libros cubiertos de polvo, encuadernados en cuero envejecido, llenos de símbolos y lenguas olvidadas.
Su madre, Madea, había practicado magia en su juventud, aunque siempre evitaba hablar de ello.
Aquellos textos eran vestigios de un poder que alguna vez había latido fuerte en la familia.
Selene hojeó con cuidado uno de los volúmenes.
En una página desgastada, leyó sobre un ritual para abrir el vínculo con los espíritus del linaje.
No lo dudó.
Estaba decidida.
Recolectó todo lo necesario: rosas frescas, plumas negras, agua clara, piedras antiguas y flores marchitas.
Con sumo cuidado, colocó cada elemento formando un círculo perfecto en el suelo de su habitación, como indicaban las instrucciones del grimorio.
Respiró hondo.
El aire parecía más denso.
La atmósfera cambió.
Encendió una pequeña vela y se sentó en medio del círculo.
Entonces, con voz temblorosa al principio, comenzó a recitar las palabras del conjuro.
Su voz se hizo más firme con cada sílaba, como si una fuerza desconocida le insuflara valor.
—Oh sangre antigua, escuchen mi llamado.
Vengan a mí aquellos que caminan en las sombras del recuerdo.
Yo, Selene, hija del linaje olvidado, abro esta puerta con respeto y verdad…
La llama de la vela titiló violentamente.
Un viento frío recorrió la habitación, aunque ninguna ventana estaba abierta.
Selene alzó la mirada.
Algo —o alguien— la estaba escuchando.
Perfecto.
La llama de la vela parpadeó con violencia, como si una presencia invisible hubiera exhalado sobre ella.
El aire, antes frío, ahora se sentía espeso.
Cada respiración de Selene era más difícil, como si algo le apretara el pecho.
El silencio era tan absoluto que podía oír los latidos de su corazón, retumbando como tambores de guerra dentro de su pecho.
Las sombras proyectadas en las paredes por la pequeña luz empezaron a moverse, deformándose, danzando con una intención desconocida.
Entonces ocurrió.
Un leve crujido, como el de una rama al quebrarse, se oyó a su derecha.
Selene se giró de golpe, pero no había nadie.
Las plumas del círculo se elevaron unos centímetros en el aire, flotando como si estuvieran suspendidas por hilos invisibles.
El agua del cuenco tembló, sin razón aparente.
—¿Estás ahí?
—preguntó en voz baja, con un nudo en la garganta.
No hubo respuesta.
Solo el zumbido de una energía que no podía ver.
Hasta que una voz…
Una voz rasposa, vieja y quebrada, susurró detrás de ella: —Selene…
La niña giró sobre sí misma tan rápido que cayó sentada fuera del círculo.
No había nadie.
Pero lo había oído.
No fue su imaginación.
—¿Quién eres?
—gritó con miedo.
La llama de la vela se apagó de golpe.
Y entonces, todo se tornó negro.
Un negro espeso.
Un negro que dolía.
—No debiste llamarnos.
—la voz volvió, esta vez más clara, y parecía provenir de todas partes a la vez.
Selene intentó levantarse, pero sus piernas no respondían.
Sentía algo sujetándola, dedos invisibles apretando sus tobillos, como si quisieran arrastrarla hacia un abismo que no podía ver.
—¡Déjenme en paz!
—gritó desesperada.
En ese momento, una figura se manifestó frente a ella.
No tenía rostro, pero de su silueta emanaba una energía helada, como la muerte misma.
Llevaba una capa larga, hecha de sombras vivas, y donde debía haber ojos, solo había oscuridad.
—No puedes escapar de lo que eres.
—susurró la figura, inclinándose hacia ella—.
El ritual no se puede deshacer.
Ya has abierto la puerta.
Y lo que está del otro lado…
quiere entrar.
Selene cerró los ojos con fuerza.
Deseaba despertar, que todo fuera una pesadilla.
Pero cuando los abrió de nuevo, estaba en el suelo de su habitación.
El círculo había desaparecido.
No había plumas, ni rosas, ni agua.
Solo la vela, aún encendida.
Y sobre el piso, justo donde había hecho el ritual, una palabra estaba grabada en la madera: “Estás marcada.”
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