Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El despertar de selene - Capítulo 90

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El despertar de selene
  4. Capítulo 90 - 90 capítulo 90Escandalo en el harem
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

90: capítulo 90:Escandalo en el harem 90: capítulo 90:Escandalo en el harem Habían pasado dos meses más.

Selen ya llevaba cinco en aquel mundo y, aunque no comprendía cómo salir de allí, le fascinaba ser una Sultana.

En su vida pasada, incluso teniendo poder, siempre supo una cosa: para cambiar el destino debía derrotar algo… o a alguien.

Yuni se lo había advertido: ese obstáculo era Mahidevram.

Era un día cálido.

Selen vestía un largo vestido azul, y en su cabello solo llevaba una cinta de tela que caía suavemente sobre sus hombros.

Mientras caminaba por los pasillos del palacio, escuchó sin querer la conversación de unos sirvientes.

—¿Oíste que la señorita Leyla está embarazada del Sultán?

—susurró uno.

—Sí, lo escuché —respondió otro—.

Dicen que la esposa, Mahidevram, está muy triste… no ha salido de su habitación desde entonces.Al oír aquellas palabras, los labios de Selen se curvaron en una sonrisa apenas contenida.

El rumor no la entristeció, al contrario, la fascinó.

En su interior, un fuego de ambición se encendía: cada nueva rival que debilitaba a Mahidevram era, para ella, una pieza más a su favor.

—Así que Leyla lleva al hijo del Sultán en su vientre… —murmuró en voz baja, casi saboreando la noticia.

Se irguió con gracia, ajustándose la tela azul que realzaba su porte de Sultana.

Le complacía la idea de que Mahidevram estuviera encerrada, consumiéndose en su propia tristeza.

Para Selen, aquello era solo el comienzo de la caída de su enemiga.

El rumor no tardó en convertirse en un anuncio oficial.

Esa misma tarde, el palacio se llenó de música y perfumes dulces: el Sultán había ordenado una celebración en honor al embarazo de la señorita Leyla.

Las concubinas se adornaron con velos de colores y brazaletes de oro; los músicos tocaron melodías alegres mientras las danzarinas iluminaban el salón con sus movimientos.

Selen apareció vestida con un espléndido traje de seda azul oscuro, bordado con hilos de plata.

Su cabello rojizo brillaba bajo las lámparas de aceite, y en sus ojos se reflejaba el resplandor de la victoria.

Observaba a Leyla, sentada en un diván rodeada de atenciones, mientras todos brindaban por la futura madre.

—Qué momento tan bendecido… —dijo Selen en voz suave, lo bastante alta para que varias concubinas la oyeran—.

El linaje del Sultán continúa.Por dentro, estaba fascinada.

Cada aplauso, cada sonrisa dirigida a Leyla, era una daga silenciosa que se clavaba en Mahidevram, ausente de la celebración.

Selen alzó su copa de sherbet con elegancia, disfrutando del espectáculo.La música sonaba con fuerza, y todos reían en honor a Leyla, cuando de pronto las puertas del salón se abrieron de golpe.

Mahidevram apareció con el rostro pálido y los ojos enrojecidos de lágrimas.

Llevaba un vestido oscuro, sin adornos, como si su tristeza se hubiera apoderado de todo su ser.

—¡Basta!

—gritó con una voz quebrada pero llena de rabia—.

¿Cómo se atreven a celebrar semejante desgracia?

¡Soy yo la esposa del Sultán, la única que debe darle herederos!

El murmullo recorrió la sala.

Varias concubinas se inclinaron, temerosas de su furia, mientras los músicos guardaban silencio de inmediato.

Leyla, asustada, se llevó una mano al vientre y bajó la mirada, incapaz de responder.Selen, en cambio, permaneció sentada, observando la escena con fascinación.

Sus labios se curvaron en una ligera sonrisa.

El Sultán frunció el ceño, levantándose con autoridad.

—Mahidevram —dijo con tono grave—, este no es el lugar ni el momento para tus celos.

Pero ella no se detuvo.

Avanzó hacia el centro del salón, alzando la voz: —¡No permitiré que otra mujer me arrebate lo que me pertenece!

¡Esta celebración es una burla para mí!

El silencio era tan pesado que se podía escuchar el temblor en su respiración.El silencio pesaba en el salón, cuando de pronto Selen se levantó con la gracia de una verdadera Sultana.

Su vestido azul resplandecía bajo las lámparas, y cada paso que daba hacia Mahidevram parecía calculado.

—Oh, querida Mahidevram… —dijo con voz suave, pero lo bastante clara para que todos escucharan—.

Nadie aquí pretende burlarse de ti.

Al contrario, celebramos la bendición que ha llegado a nuestro palacio.

Un hijo siempre es motivo de alegría, ¿no es así?

Mahidevram la miró con furia contenida, apretando los puños.

Selen inclinó apenas la cabeza hacia ella, fingiendo compasión.

—Comprendo tu tristeza —continuó con un brillo de malicia en los ojos—.

Pero deberías alegrarte.

Cada nuevo heredero engrandece al Sultán… y, por ende, a su esposa legítima.Un murmullo recorrió la sala.

Algunas concubinas ocultaron sonrisas detrás de sus velos, comprendiendo la sutileza en las palabras de Selen.

Parecía apoyarla, pero en realidad dejaba a Mahidevram como una mujer celosa y débil frente a todos.

El Sultán asintió, complacido por la calma y elegancia de Selen.

—Has hablado con sabiduría —dijo con solemnidad—.

Este es un día de celebración.

Mahidevram, enrojecida de ira y humillación, no pudo responder.

Dio un paso atrás, temblando, mientras Selen levantaba su copa y el salón volvía a llenarse de música y aplausos.

Antes de que Mahidevram pudiera recomponer su furia, la gran puerta tras ella se abrió nuevamente.

Todos se volvieron.

La Sultana Madre hizo su entrada como una tormenta contenida: alta, con el rostro sereno pero implacable, envuelta en un manto brocado que anunciaba más autoridad que cualquier palabra.

Hubo un silencio reverente.

Incluso el Sultán bajó la mirada con respeto ante su madre.

—¿Qué es esto que veo?

—preguntó la Sultana Madre, su voz fría como el mármol—.

¿Qué desordenáis en mi casa, humillando la cortesía que mantiene este harén?

Mahidevram intentó hablar, pero la Sultana Madre la interrumpió con una mirada que parecía atravesarla.—Has faltado al decoro y al deber de esposa del Sultán —continuó—.

No permitiré escándalos que mancillen la paz del palacio ni lágrimas que provoquen divisiones en mi familia.

Se acercó a Mahidevram con pasos lentos.

Las concubinas retrocedieron; la presencia de la Sultana Madre exigía obediencia.

Con una mano extendida, señaló hacia la salida.

—Sal de este salón y retírate a tus habitaciones hasta que aprendas la moderación.

Si vuelves a perturbar la casa del Sultán, tomaré medidas que no te gustarán.

—Su tono no admitía réplica—.

Y que conste: quien mancilla el honor aquí no quedará impune.Mahidevram, con el rostro desencajado, no tuvo otra opción que obedecer.

Sus hombros se encorvaron; dio media vuelta y salió entre las sombras, humillada y contenida por la autoridad absoluta de la Sultana Madre.

Mientras la puerta se cerraba tras ella, la Sultana Madre volvió su mirada hacia el salón, evaluando con un gesto minúsculo cómo reaccionaban los presentes.

Al posarla sobre Selen, su semblante mostró una pizca de aprobación por la compostura demostrada.

—Que la celebración continúe —dijo finalmente—.

Y que nadie olvide el lugar que ocupa la paz del palacio

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo