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El despertar de selene - Capítulo 92

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  4. Capítulo 92 - 92 capítulo 92Al filo del poder
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92: capítulo 92:Al filo del poder 92: capítulo 92:Al filo del poder Avanzaban por el túnel cuando Franco fue el primero en salir al otro lado.

Apenas alzó la vista, quedó con la boca abierta: frente a él se alzaba un castillo enorme, de piedra clara, con torres altísimas y ventanales brillantes, custodiado por guardias con armaduras relucientes.

La majestuosidad del lugar lo dejó sin palabras.

Elías apareció enseguida, observando con calma lo que para Franco resultaba asombroso.

—Franco, imagínate vivir aquí —comentó con una leve sonrisa—.

En Lunaris apenas tenemos castillos pequeños, nada comparado con esto.

En 1500 sí que sabían lo que era vivir con lujo.

—¡Sí, tal cual!

—respondió Franco, todavía atónito—.

Me pregunto cómo será por dentro… deberíamos preguntarle a Selene.En ese instante llegó Bárbara.

Sus ojos brillaron al contemplar la magnitud del palacio y exclamó con entusiasmo: —¡Esto es como un cuento de hadas!

¡Es incluso más hermoso que los castillos de Lunaris!

Finalmente, apareció Selene.

Al ver a sus amigos sorprendidos y casi sin palabras, los miró con una mezcla de orgullo y nostalgia.

—Bueno… —dijo con una sonrisa tranquila— este es el lugar donde viví, y donde ahora vivo de nuevo.

Vamos, hay que entrar.Selene avanzaba con paso firme, su vestido amplio ondeando detrás de ella y la corona resplandeciendo bajo la luz del sol.

Franco, Elías y Bárbara la seguían unos pasos atrás, observando cada detalle con asombro.

Al llegar a la primera puerta principal del palacio, uno de los guardias la reconoció de inmediato.

Se inclinó profundamente y, abriendo la pesada hoja dorada, exclamó con voz respetuosa: —Querida sultana, me alegra tanto veros de regreso.

¿Puedo preguntar quiénes son estos jóvenes?

—Son nuevos empleados, exclusivamente para mí —respondió Selene con serenidad, sin detener su andar.El guardia bajó la cabeza obediente y añadió: —Perfecto, sultana.

Pasen, pasen.

Mientras avanzaban, la gente que se encontraba en los patios exteriores se inclinaba reverente al paso de Selene.

Bárbara, maravillada por la escena, no pudo evitar desear que también se inclinaran ante ella.

Al notar que nadie lo hacía, se sintió un poco ofendida, aunque la emoción de estar dentro de un verdadero palacio le ganó por completo.

Atravesaron la segunda puerta, aún más majestuosa que la anterior, y al entrar los tres jóvenes quedaron sin aliento.

El interior era vasto, con altos techos abovedados, columnas decoradas con filigranas doradas y lámparas de cristal que colgaban iluminando todo con un resplandor cálido.

Cada rincón hablaba de grandeza y antigüedad.

Selene caminó con naturalidad hasta llegar a las enormes puertas que custodiaban los aposentos de la sultana madre.

Apenas se abrieron, una atmósfera solemne los envolvió.

Selene hizo una ligera reverencia, y al instante la sultana madre sonrió con satisfacción.

—Qué bueno que has vuelto, hija mía —dijo con voz grave y afectuosa—.

Y dime, ¿quiénes son estos jóvenes que caminan a tu lado?Selene, inclinando ligeramente la cabeza con respeto, respondió: —Madre, estos jóvenes son mis nuevos asistentes.

No te preocupes, están bajo mi cuidado.

La sultana madre asintió con una sonrisa tranquila.

—Perfecto, querida hija.

Haz que las sirvientas traigan vestidos apropiados para la joven y trajes para los muchachos.

Deben lucir a la altura de este palacio del sultán.

—Por supuesto, madre.

Yo misma me encargaré de que se adapten —dijo Selene con seguridad, y luego añadió con un brillo curioso en la mirada—.

Ahora me retiraré a mis aposentos… pero dime, ¿cómo se encuentra Mahidevran?

Había en su tono una mezcla de curiosidad y cierta malicia disfrazada de preocupación.La sultana madre suspiró suavemente antes de contestar: —Está mejor… ya no llora tanto.

Después de que Leyla pasara varias noches junto a tu hermano, no ha salido de sus habitaciones.

Al parecer, la pobre está cobrando fuerzas poco a poco… esperemos que no cause más problemas.

—Me alegro, madre, que esté mejor —dijo Selene, aunque en el fondo no sentía una alegría genuina.

Aun así, inclinó la cabeza con respeto—.

Ahora me retiro, madre… tengo asuntos que atender.

—Ve con cuidado, hija mía.

Hasta pronto —respondió la sultana.

—Hasta pronto, madre —replicó Selene antes de salir de los aposentos.

Al encontrarse con Franco, Elías y Bárbara, ella se detuvo un momento y les preguntó: —¿Quieren saber quién es Mahidevran?

Selene mostró delicadeza en su gesto, pero su voz era firme y decidida: —Es mi rival en esta vida… o mejor dicho, en el pasado.

Mi objetivo es derrotarla para cambiar la historia.

Ella debe ser derrotada por mí.Elías esbozó una sonrisa burlona.

—Parece que tu vida tiene mucho poder… derrotar a una esposa real es complicado.

—No del todo —respondió Selene, con una mirada penetrante—.

Si sabes usar tu inteligencia y conoces los bajos puntos que la hacen caer, puede ser derrotada en un instante.

Franco, que hasta entonces se había mantenido callado, intervino con cautela: —Ten cuidado, Selene.

A veces he oído que aquí las mujeres no se llevan bien… y todo por culpa del sultán.

Selene sonrió, confiada y casi juguetona.

—Es totalmente cierto.

En este pasado todos se llevan mal… pero yo vengo a cambiar eso.

Haré que ya no haya conflictos entre ellas.

Selene avanzó con seguridad por los pasillos del palacio, su corona brillando bajo la luz de los candelabros.

Franco, Elías y Bárbara la seguían atentos, observando los enormes tapices, las columnas adornadas y los suelos de mármol que reflejaban cada detalle del lujo del lugar.

—Ahora les mostraré el harem —dijo Selene, con una sonrisa que combinaba orgullo y autoridad—.

Aquí es donde viven las concubinas y las mujeres más cercanas al sultán.

Al llegar a la puerta del harem, los guardias se inclinaron ante ella, abriendo las enormes hojas decoradas con filigranas doradas.

Selene entró primero, y sus amigos la siguieron, asombrados por lo que veían.Selene avanzó con seguridad por los pasillos del palacio, su corona brillando bajo la luz de los candelabros.

Franco, Elías y Bárbara la seguían atentos, observando los enormes tapices, las columnas adornadas y los suelos de mármol que reflejaban cada detalle del lujo del lugar.

—Ahora les mostraré el harem —dijo Selene, con una sonrisa que combinaba orgullo y autoridad—.

Aquí es donde viven las concubinas y las mujeres más cercanas al sultán.

Al llegar a la puerta del harem, los guardias se inclinaron ante ella, abriendo las enormes hojas decoradas con filigranas doradas.

Selene entró primero, y sus amigos la siguieron, asombrados por lo que veían.El harem era un espacio amplio, dividido en salas y pasillos adornados con alfombras suaves, cojines de seda y fuentes que creaban un murmullo relajante.

Mujeres de distintos rangos se movían con gracia, algunas cosiendo, otras leyendo o conversando en sus pequeños grupos.

Todas se inclinaron ligeramente al pasar Selene, reconociendo su autoridad.

Bárbara, maravillada, susurró: —¡Es como un palacio dentro del palacio!

Selene avanzó hasta uno de los salones principales, donde se encontraba una mujer que parecía encargada de organizar a las demás.

Con un gesto elegante, Selene se dirigió a ella: —Prepara habitaciones y vestuarios para mis nuevos asistentes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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