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El despertar de selene - Capítulo 94

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  4. Capítulo 94 - 94 capítulo 94La cena de la tensión
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94: capítulo 94:La cena de la tensión 94: capítulo 94:La cena de la tensión El sultán apareció en la gran sala con pasos firmes, resonando sobre el mármol pulido.

Las velas iluminaban tenuemente su figura, proyectando sombras que danzaban sobre los muros adornados con tapices y mosaicos.

—¡Que se traigan a mis concubinas favoritas!

—ordenó, con la voz grave y autoritaria.

Dos eunucos se inclinaron y salieron rápidamente a cumplir la orden.

Poco después, la Sultana madre entró con elegancia, su mirada fija en el hijo que había criado y que ahora se mostraba imponente ante todos.

Selene, su hermana, lo acompañaba con paso sereno, aunque sus ojos reflejaban una mezcla de curiosidad y cautela.

Por último, Maidebran hizo su entrada, manteniendo la compostura, aunque su nerviosismo era evidente.—Hoy, todos ustedes estarán bajo mi mirada —dijo el sultán, deteniéndose en el centro de la sala—.

Cada gesto, cada palabra, será observado.

Quiero que esta noche se recuerde.

Las concubinas, elegantemente vestidas, se inclinaron con reverencia, mientras susurraban entre ellas, intercambiando miradas llenas de tensión.

La Sultana madre mantuvo la calma, pero su mano se aferraba ligeramente a su bastón, recordando al joven que una vez fue un niño bajo su tutela.

Selene, sin perder la compostura, observaba cada movimiento, evaluando las intenciones de su hermano.

Y Maidebran, con el corazón latiendo con fuerza, se preguntaba qué esperaba de él el sultán.

—Hoy no hay secretos —continuó el sultán—.

Quiero ver lealtad, deseo y obediencia.

Que quede claro quién tiene mi favor y quién camina en la sombra.

Un silencio pesado llenó la sala.

Cada mirada estaba fija en él.

Cada respiración parecía un susurro ante la magnitud de su autoridad.

La velada prometía ser más que una simple reunión: era una prueba de poder, deseo y política.Selene se acercó al centro de la sala, miró fijamente al sultán y dijo con voz firme: —Querido hermano, ¿por qué no invitas a Leila a la mesa con nosotros?

Supongo que, como has pasado tanto tiempo con ella, es tu nuevo amor… ¿no lo crees?

El sultán la observó unos segundos y, con una ligera sonrisa, respondió: —Hermana mía, por supuesto que sí, lo había olvidado.

Traigan a Leila.

Ordenó a uno de los sirvientes mientras Maidebran, con el rostro teñido de enojo, dirigía una mirada fulminante a Selene: —¿Por qué la llamas a ella?

Es solo nueva, no merece estar en esta cena.Selene, sin inmutarse, le respondió con frialdad: —Es una concubina favorita del sultán.

No puedes negarte a esta invitación.

Maidebran frunció el ceño y replicó con desdén: —No quiero creer que te creas tan importante, como si pudieras dar órdenes a todos por aquí… como si fueras el sultán.

El sultán permaneció en silencio unos instantes, observando la tensión que se palpaba en la sala.

Sus concubinas intercambiaban miradas, la Sultana madre fruncía levemente el ceño, y Selene, sin apartar la mirada, se mantenía firme, sabiendo que su hermano terminaría cediendo ante su insistencia.El aire en la sala se tensó cuando Maidebran intentó responder ante Selene, pero ella no se dejó intimidar: —¡¿Cómo te atreves a faltar el respeto a la hermana del Sultán?!

—exclamó con voz firme—.

Yo soy una Sultana, y tú no tienes título alguno.

Eres solo una esposa de mi hermano.

¡Respétame!

Maidebran abrió la boca, intentando replicar, pero el sultán alzó una mano, deteniéndola.

Su voz retumbó, grave y autoritaria, llenando cada rincón de la sala: —¡Basta, Maidebran!

—dijo, con la mirada fija en ella—.

¿Cómo puedes faltar el respeto a mi hermana?

Esta actitud tuya no me está gustando en lo más mínimo.

No voy a permitir que faltes el respeto a mi querida hermana, que es una Sultana.

Todos contuvieron la respiración mientras el sultán continuaba:—Desde ahora en adelante, quiero que le muestres el respeto que se merece.

Como se debe.

Maidebran bajó la cabeza, tragando saliva, consciente de que la autoridad del sultán era absoluta.

Selene, sin apartar la mirada, sonrió con satisfacción, mientras las concubinas intercambiaban miradas de sorpresa y la Sultana madre observaba en silencio, evaluando la firmeza de su hijo y la determinación de su hija.

Un sirviente apareció en la puerta, llevando a Leila con paso cauteloso.

La joven se detuvo al ver la sala llena de miradas fijas y tensión palpable.

Sus ojos recorrieron a las concubinas, a la Sultana madre, a Selene… y finalmente al sultán.

—Hermano —dijo Selene con un gesto elegante, señalando a Leila—, aquí tienes a quien pertenece a tu favor.

El sultán asintió con satisfacción, y Leila hizo una reverencia respetuosa.

Sin embargo, el silencio no se rompió de inmediato.

Las concubinas favoritas intercambiaban miradas llenas de celos, algunas murmurando entre dientes, mientras Maidebran apretaba los labios con evidente disgusto.

Leila levantó la vista y, con voz dulce pero firme, se dirigió a todos: —Es un honor estar en su presencia.

Espero comportarme como corresponde.

Selene, con una leve sonrisa, cruzó los brazos: —Será mejor que lo hagas, porque esta noche no habrá indulgencia para quien no respete el orden aquí establecido.

La Sultana madre se inclinó levemente hacia el sultán, aprobando su decisión en silencio, mientras el sultán recorría la sala con la mirada, asegurándose de que todos entendieran quién tenía el favor y el control absoluto.

El ambiente estaba cargado de tensión, deseo y poder.

Cada gesto de Leila sería observado, cada palabra contada, y todos los presentes sabían que la noche apenas comenzaba.Mahidevram no pudo contenerse más.

Con el rostro marcado por la rabia, se adelantó hacia Leila, con la voz cargada de desprecio: —¿Quién te crees para sentarte aquí con nosotras?

¡Eres solo una recién llegada!

No mereces este lugar.

Leila mantuvo la calma, aunque su corazón latía con fuerza.

Iba a responder cuando Selene dio un paso al frente, colocándose entre ellas: —¡Basta!

—dijo Selene con firmeza, su voz cortando el aire como un filo—.

Te lo advertí antes, Mahidevram.

Leila es una concubina favorita del sultán y está aquí por su propio mérito.

No permitiré que la humilles frente a todos.

Mahidevram la miró, sorprendida por la determinación de Selene, pero intentó replicar:—¡No puedes creer que puedas dar órdenes aquí!

Selene, con una mirada que no admitía discusión, respondió con frialdad: —No doy órdenes, recuerdo que este es el respeto que mi hermano exige.

Y si tú no estás dispuesta a mostrarlo, será tu vergüenza la que todos noten.

El sultán, que había estado observando desde su asiento, asintió levemente, satisfecho por la manera en que Selene mantenía el control.

Leila respiró aliviada y se mantuvo erguida, con la dignidad intacta, mientras Mahidevram retrocedía unos pasos, comprendiendo que no podía ganar ese enfrentamiento.

Las concubinas murmuraban entre ellas, algunas envidiosas, otras impresionadas.

La Sultana madre sonrió con aprobación, mientras Selene permanecía firme junto a Leila, demostrando que nadie podía menospreciarlas frente al sultán.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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