El despertar de selene - Capítulo 96
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- Capítulo 96 - 96 capítulo 96Sonrisas y dagas
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96: capítulo 96:Sonrisas y dagas 96: capítulo 96:Sonrisas y dagas Al amanecer siguiente, Selene se vistió con un vestido sencillo pero elegante; sobre los hombros llevaba una tela dorada y se colocó su corona más grande.
Al salir de sus aposentos se dirigió al lago, donde encontró a Mahidevram en un estado crítico: orejeras marcadas por el llanto.
Selene sonrió con suavidad y se acercó.
—¿Qué pasa, Mahidevram?
¿Por qué lloras otra vez?
¿Acaso el sultán te ha olvidado?
—preguntó Selene, con un tono que intentaba ser amable.
Mahidevram la miró con frialdad dominante, el enojo quemándole en la mirada.
—Aquí ha venido la Sultana a molestarme —dijo con aspereza—.
El sultán ya no se fija en mí; solo tiene ojos para esa concubina llamada Leila.
¿Qué quieres, Sultana?
No voy a soportar esta humillación.
Solorespetaré a su Majestad un tiempo más, por el sultán, por mi gran amor… pero no por miedo a ti.
Yo bien puedo matarla.
Se rió, con una expresión maliciosa.
—¿Tú matarme?
—replicó Selene, sin perder la compostura—.
¿Olvidas que soy hermana del sultán y tengo sangre real?
Si el sultán muere, seré yo quien tome el trono junto a mi hermano Mehmed.
No lo olvides: puedo matarte con mis propias manos en este instante.
Si crees que el sultán se entristecerá por tu ausencia, estás equivocada; en pocos días lo verás casado con Leila.Mahidevram, herida y furiosa, levantó la mano para abofetear a Selene, pero ésta le sujetó la muñeca con rapidez.
—Cuidado —dijo Selene, fría—.
Cuida tus maniobras.
Recuerda que no estás hablando con cualquier mujer: estás hablando con la Sultana Selene.
Respétame.
¿Qué?
¿Quieres que te encierren en el calabozo?
Al sultán no le importas.
Déjame ahora o llamaré a los guardias para que te metan en el calabozo.Mahidevram sintió cómo la sangre le hervía, pero por un instante cedió ante la firmeza de Selene.
Sus ojos chispeaban con odio.
—¿Cómo te atreves?
—vociferó Mahidevram con furia—.
¡No puedes!
Soy la esposa del sultán.
Selene respiró hondo y respondió, fría: —Yo soy su hermana.
Puedo hacer contigo lo que se me antoje; incluso matarte, y a él no le importaría.
¿Me entiendes?
Vete.
No me conoces: sé tus debilidades, sé quiénes son tus oponentes en el palacio.
Vete, porque puedo hacer mucho más de lo que crees.
Puedo derrotarte.
Mahidevram se alejó con ira, lanzándole a Selene una última mirada antes de correr hacia el palacio.
Mientras veía alejarse a Mahidevram, Selene sonrió con malicia y una sensación de empoderamiento.
A lo lejos divisó a su madre, la Gran Madre Sultana, quien, con gesto curioso, alzó una ceja y caminó hacia ella.
—Madre, ¿qué haces aquí?
—preguntó Selene con sorpresa fingida—.
No deberías estar en el palacio.
—Hija mía, debería, pero hay algo que me inquieta… y, al mismo tiempo, me emociona —respondió la Gran Sultana con una leve sonrisa—.
Creo que Leila está embarazada.
Selene sonrió.
Ya lo sabía desde hacía tiempo, pues Leila misma se lo había confesado.
Sin embargo, fingió sorpresa y exclamó: —¡Oh, madre mía, qué alegría!
Un nuevo heredero para el sultán.
La Gran Sultana asintió con orgullo.—Así es, hija mía.
Por eso te llamé: debemos dar la gran noticia.
Vamos a organizar una celebración.
Quiero que Leila luzca espléndida; es su día, el día en que el hijo del sultán late en su vientre.
Ocúpate tú de todo, cariño.
—Por supuesto, madre —contestó Selene con dulzura—.
Haré que Leila esté hermosísima para el sultán.
No se preocupe, yo prepararé la festividad.
Encárguese usted de que todo sea una sorpresa para mi hermano.
La Gran Sultana sonrió satisfecha.
—Que así sea, hija.
Que Dios nos ampare por esta gran noticia.
Ahora iré a preparar un poco de comida.
—Como prefiera, madre —respondió Selene con respeto, inclinándose ligeramente—.
Nos vemos en un rato.Mientras la Gran Sultana se retiraba hacia el palacio, Selene también corrió rumbo a sus aposentos.
Al entrar encontró a Bárbara recogiendo restos de tela de un vestido nuevo que habían preparado para Leila, a Elías ordenando su cuarto y a Franco disfrutando de la vista.
—Chicos, ¡adivinen qué pasó!
—anunció Selene—.
La Gran Sultana ya sabe del embarazo de Leila.
Ese será nuestro primer punto débil frente a Mahidevram; es hora de que se debilite cada vez más.
Será su talón de Aquiles.
Bárbara sonrió y dijo, emocionada: —¡Qué alegría, me alegra tanto!
Mahidevram se sintió herida, pero Selene siguió pensando en voz alta: —¿Y si se entera y trata de hacerle daño al hijo de Leila?
No podemos permitirlo.
Selene se quedó pensativa y añadió, con decisión: —Si eso llegara a ocurrir, yo me encargaré de que pague su culpa.
Franco sonrió: —Muy buen plan, Selene.
Pero después de que se entere la corte, debemos vigilarla sin descanso; no podemos cometer ni un solo error.
—Tienes razón —afirmó Elías—.
Hay que vigilarla día y noche; puede intentar cualquier cosa.Bárbara llamó a Leila con voz entusiasmada y ordenó preparar las mejores telas: sedas, brocados y encajes cuidadosamente escogidos.
«Leila tiene que verse espectacular», dijo, mientras organizaba las piezas sobre la mesa y daba indicaciones a las costureras.
Leila, sonrojada y emocionada, se dejó asesorar; Bárbara ajustaba pliegues, probaba cinturas y elegía los adornos con ojo experto.
Todo debía brillar para el día de la celebración: el futuro heredero merecía una madre que deslumbrara.
El gran salón del palacio brillaba con todo su esplendor.
Los muros estaban cubiertos con tapices bordados en oro y plata, las lámparas de cristal iluminaban con cálida luz cada rincón, y sobre la larga mesa se extendía un banquete digno de los más altos reinos: fuentes de cordero especiado, dulces bañados en miel, frutas exóticas traídas desde tierras lejanas y copas de vino rubí que relucían a la luz de las velas.
En el centro, la Gran Madre Sultana presidía con porte solemne, orgullosa de la noticia que acababa de anunciar al palacio: Leila esperaba al heredero del sultán.
Ella sonreía satisfecha, sosteniendo en sus manos un cáliz que levantaba cada cierto momento para brindar.A su lado, Selene lucía imponente con una corona fina y un vestido de seda color esmeralda.
Su sonrisa era serena, pero en sus ojos brillaba el triunfo malicioso de quien ve cumplirse una jugada maestra.
Leila, en cambio, estaba radiante aunque nerviosa.
Vestía las telas más hermosas que Bárbara había preparado: un vestido azul profundo con bordados en plata que realzaban su hermosura.
Sus mejillas se sonrojaban con cada mirada que el sultán le dirigía, y sus manos descansaban con ternura sobre su vientre aún apenas perceptible.
El sultán, con gesto solemne y orgulloso, no apartaba los ojos de ella.
En su semblante había alegría contenida, como si en ese instante todo el peso del poder se volviera ligero gracias a la promesa de un heredero.Pero no todos compartían la dicha.
En un extremo de la mesa, Mahidevram permanecía rígida, con el rostro endurecido y los labios apretados hasta la furia.
Sus ojos oscuros se clavaban en Leila como dagas, y aunque intentaba mantener la compostura, la ira y los celos ardían en cada movimiento.
Su copa permanecía intacta, como si beber fuera aceptar la humillación.
La música de los laudistas llenaba el aire con melodías suaves, pero bajo la armonía se percibía la tensión latente: la celebración brillaba por fuera, mientras en los corazones de algunos comenzaba a gestarse la tormenta.
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