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El despertar de selene - Capítulo 98

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  4. Capítulo 98 - 98 capítulo 98El desenden de Victoria
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98: capítulo 98:El desenden de Victoria 98: capítulo 98:El desenden de Victoria La atención de todos había bajado.

Mehmet y Victoria habían dejado a un lado sus aires de ego después de la cena.

El Sultán se retiró a sus aposentos acompañado de Leila, la madre Sultana también se fue a descansar, y Selene tomó rumbo hacia su habitación.

En el camino se encontró con Franco y lo saludó con una ligera sonrisa.

—Hola, Franco.

¿Qué haces aquí?

Pensé que ya dormías.

Él la miró sorprendido.

—Ah, bueno… Bárbara me pidió que escogiera unas telas para hacerle un vestido nuevo.

Dice que el que tiene no está para nada a la moda.

Está un poco loca, pero en fin… ya me iba a dormir.

¿Y cómo estuvo la cena?Selene soltó un suspiro profundo.

—Bueno… ¿puedes creerlo?

Mehmet, mi hermano, regresó.

Al parecer había estado lejos del palacio durante muchos años, y volvió casado con una tal Victoria.

La verdad… no me cayó nada bien.

Tenía un aire de superioridad insoportable, como si fuera una sultana.

Franco abrió los ojos con asombro.

—Guau, Selene… eso suena aterrador.

No puedo creer cómo será esa mujer.

—Ten cuidado si llegas a cruzarte con ella —le advirtió con seriedad.

Franco asintió con una sonrisa cansada.

—Está bien.

Bueno, nos vemos.

Ahora mismo tengo demasiado sueño para seguir cumpliendo los caprichos de Bárbara.Selene le devolvió la sonrisa.

—Descuida.

Buenas noches, Franco.

—Buenas noches, Selene —respondió él, antes de alejarse lentamente por los pasillos.

El amanecer se filtraba suavemente entre las cortinas de seda, bañando la estancia con una luz dorada.

Selene abrió los ojos lentamente, dejando escapar un suspiro ligero al sentir la tibieza del día que apenas comenzaba.

Con calma, se levantó y fue asistida para vestirse con un delicado atuendo de seda marfil.

El vestido abrazaba su silueta con un corsé bordado en finos hilos dorados que realzaban cada detalle de su talle, mientras unas mangas transparentes caían en ondas ligeras, como alas etéreas que se mecían con cada movimiento.

La falda, amplia y vaporosa, parecía una extensión de la luz misma, salpicada de sutiles bordados que imitaban ramas y flores.

Al mirarse al espejo, Selene parecía salida de un sueño, como una dama de los jardines celestiales.

Decidió entonces caminar hacia el jardín del palacio.Apenas cruzó los arcos de piedra cubiertos de enredaderas, el aire fresco impregnado de fragancias la envolvió.

Ante sus ojos se extendía un paraíso de tulipanes blancos que se mecían suavemente con la brisa, entremezclados con pequeñas flores amarillas que parecían sonreír al sol.

Palmeras y arbustos rodeaban el espacio, y las murallas cubiertas de hiedra le daban un aire antiguo y majestuoso al conjunto.

Selene avanzó despacio, rozando con la punta de sus dedos algunos pétalos, como si quisiera grabar en su memoria cada textura y cada color.

Cerró los ojos por un instante, respirando hondo el perfume del jardín.

Era como si el mundo entero se hubiese detenido para regalarle aquel instante de paz.Con una sonrisa serena, se sentó cerca de la fuente de piedra que se alzaba en el centro del jardín.

Observó cómo el agua reflejaba el cielo matinal y, mientras la brisa acariciaba su cabello, pensó que en aquel momento no había más grande tesoro que la belleza de la vida misma.Todo parecía tranquilo hasta que, al llegar al final del corredor, un destello de color carmesí llamó su atención.

Se detuvo en seco y, desde la penumbra, divisó a lo lejos una escena inesperada.

Allí, en una de las salas iluminadas tenuemente por velas, estaba Victoria —la esposa de su hermano Mehmet— conversando con Franco.

Victoria, erguida y segura de sí misma, lucía un vestido rojo que resaltaba en la penumbra.

Franco permanecía frente a ella, con las manos cruzadas tras la espalda, escuchando con atención.

No parecía una charla casual, sino algo que requería seriedad.Selene los observó en silencio, oculta tras la sombra de un arco.

No alcanzaba a distinguir palabras, solo la cercanía de ambos y la expresión altiva de Victoria, lo cual le provocó un nudo en el estómago.

Por un instante dudó en acercarse, pero se contuvo.

Algo le decía que aquella conversación debía permanecer oculta… al menos por ahora.

Con el corazón acelerado y la mente llena de preguntas, retrocedió lentamente, alejándose sin ser vista.

Mientras subía de nuevo los escalones, la imagen de Victoria y Franco permanecía grabada en su memoria como una advertencia silenciosa.

A lo lejos, Selene divisó cómo Victoria salía apresurada de la sala, el gesto endurecido por la ira.

Su vestido carmesí ondeaba con fuerza mientras abandonaba el lugar sin siquiera mirar atrás.

Franco, en cambio, permaneció inmóvil, observándola en silencio hasta que sus ojos se posaron en Selene.

Con paso firme, se dirigió hacia ella.

—Hola, Selene.

¿Qué haces por aquí tan temprano?

—preguntó con una leve sonrisa.

—Quería tomar aire fresco —respondió ella con serenidad, aunque sus ojos brillaban con curiosidad—.

¿Y tú?

¿Qué hacías hablando con Victoria?

Franco arqueó una ceja, intrigado.

—¿Con que ella es Victoria?

¿La misma de la que me hablaste anoche?

La insoportable que se comporta como si fuera una sultanaSelene asintió con firmeza, conteniendo la molestia en su voz.

—Así es.

Ella pretende ser una, pero en realidad no lo es.

¿Qué quería contigo?

Franco bajó la voz, inclinándose apenas hacia ella.

—Quería saber quién era yo… y también saber más de ti.

Tu información, quién eras realmente.

Yo le dije la verdad: que eres hermana del Sultán.

Y parece que no le gustó nada.

El rostro de Selene se endureció de inmediato.

—¿Qué te dijo?

—Con una mueca de desprecio —contestó Franco—, murmuró: “Qué mal, pensé que era una plebeya”.

Y después se fue furiosa.

La expresión de Selene se transformó.

Entre confusión y orgullo, dejó escapar un suspiro.

—Qué raro… pensé que ya sabía quién era yo.

Bueno, ahora le queda clarosoy una Sultana, no como ella.

Franco la observó en silencio, viendo cómo sus palabras adquirían el peso de una declaración.

Selene, aún con el corazón agitado, se dio cuenta de que aquel encuentro no sería el último roce con Victoria.

Algo más profundo comenzaba a gestarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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