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El despertar de selene - Capítulo 99

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  4. Capítulo 99 - 99 capítulo 99No es posible
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99: capítulo 99:No es posible 99: capítulo 99:No es posible —Bueno, iré a ver cómo está Leila.

Su embarazo debe estar avanzando y tiene que tener precaución.

Nos vemos, Selene —dijo Franco con voz tranquila.

—Nos vemos —respondió ella con una leve inclinación de cabeza, antes de alejarse con paso decidido por los pasillos del palacio.

Al llegar al harén, Selene buscó con la mirada a Leila.

Caminó entre las columnas, el murmullo de las sirvientas y el aroma del incienso impregnando el ambiente.

Su corazón latía con fuerza, inquieto por lo que pudiera descubrir.

De pronto, la encontró.

Leila estaba allí, sonriendo y hablando animadamente con Elías.

Pero lo que dejó a Selene perpleja no fueron las risas, sino el gesto inesperado: ambos parecían fundirse en un abrazo cercano, como si compartieran un secreto que nadie más debía conocer.Selene se detuvo en seco, sus ojos se abrieron con sorpresa.

Un torbellino de pensamientos se desató en su mente: ¿Por qué Elías?

¿Por qué en este momento?

¿Qué significaba ese abrazo?

Su confusión creció aún más.

Quiso avanzar, exigir respuestas, pero sus pies permanecieron anclados al suelo.

El silencio del instante se volvió pesado, y Selene comprendió que, poco a poco, las intrigas del palacio se enredaban a su alrededor como hilos invisibles que amenazaban con atraparla.

Selene avanzó decidida hacia Leila, con el ceño fruncido.

—¿Qué es esto, Leila?

—exclamó con dureza—.

¿Por qué abrazas a Elías?

¡Estás con el Sultán, no puedes abrazar a otro!

Leila se apartó al instante, visiblemente nerviosa.

—Perdóneme, sultana… solo estábamos conversando, nada más.

Selene respiró hondo, conteniendo la rabia y la confusión.

—Sea como sea, vine a verte.

Pero ahora quiero hablar con Elías a solas.

Ve de inmediato a la doctora, tu embarazo podría ser complicado.

Leila bajó la cabeza, obediente, y se alejó con paso rápido.

Selene la siguió con la mirada hasta perderla de vista.

Luego se giró hacia Elías y se sentó frente a él.—Dime la verdad —le dijo con firmeza—.

¿Qué pasa contigo?

¿Por qué estabas con Leila?

¿Sabes lo que podría sucederte si alguien los descubre juntos?

Elías suspiró, llevándose una mano al rostro.

—Lo sé, Selene… pero hay algo que debo confesarte.

—Pues dilo —lo apuró ella.

Él levantó la mirada, con ojos brillantes de tristeza.

—La verdad es que creo que me estoy empezando a enamorar de Leila.

Selene abrió los ojos con incredulidad, la boca entreabierta.

—¡No, Elías!

—dijo casi en un susurro—.

Puedes enamorarte de cualquier otra mujer en este palacio, en este tiempo… pero no de Leila.—¿Por qué?

—preguntó él, desesperado.

Selene golpeó suavemente la mesa de madera entre ellos, como si necesitara dejarlo claro.

—¡Porque Leila está esperando un hijo del Sultán!

¿Lo entiendes?

¡Un hijo del hombre más poderoso del imperio!

Si alguien sospecha de ti, si siquiera llegaran a verte cerca de ella… el Sultán ordenaría tu ejecución sin pensarlo dos veces.

Elías bajó la cabeza, con un gesto de impotencia.

—Lo sé… pero es que siento que ella también corresponde mis sentimientos.

Selene, tienes que ayudarme, eres mi amiga… y tú eres una Sultana, no corres el mismo peligro que yo.

Selene lo miró en silencio, la confusión y la preocupación reflejadas en su rostro.—Claro que te quiero ayudar, Elías.

Pero entiéndelo: aquí las cosas no funcionan como en nuestro tiempo.

Vinimos al pasado para resolver algo muy distinto, y lo último que necesitamos es que tú te enamores de la mujer equivocada.

Elías cerró los ojos, derrotado, antes de murmurar: —Ha pasado algo más entre nosotros… Selene sintió un vuelco en el estómago.

—¿Qué quieres decir?

—preguntó con un hilo de voz.

—Un beso… —confesó él al fin.

Selene se llevó las manos al rostro, horrorizada.

—¡No, Elías!

¿Eres consciente de lo que puede pasarte si alguien los ve?

Esto ya no es un simple error, es un peligro mortal.El silencio cayó entre los dos como un velo pesado, y Selene entendió que la situación acababa de complicarse mucho más de lo que imaginaba.

—A ver, Elías —comenzó Selene, la voz fría pero contenida—.

No puedes enamorarte de Leila.

Él la miró con los ojos brillantes.

—Lo sé, Selene… —musitó—, pero es que no puedo evitarlo.

Es tan hermosa, tan… especial.

Selene lo reprendió, apoyando una mano con desaprobación sobre su frente, como si quisiera borrar la idea de un soplo.

—No me hables de Leila.

No quiero oírlo.

¡Escucha!

—dijo con dureza—.

Ella es la concubina favorita del Sultán.

Está esperando un hijo; puede convertirse en su esposa, en una sultana.

¿Lo entiendes, Elías?

Eso te pone en peligro mortal.

Elías tragó saliva, abatido.

—Entonces… ¿significa que me vas a ayudar?

—preguntó con esperanza contenida.

Selene rodó los ojos, pero su mano se posó en su hombro con un ademán casi fraternal.

—Bien —aceptó—.

Solo te ayudaré porque eres mi amigo.

Pero hay condiciones: primero, nada de encuentros visibles; segundo, no se lo cuentes a nadie; y tercero, tendrás que obedecer estrictamente lo que yo te diga.

¿Entendido?

Elías se iluminó con alivio y gratitud.

—Sí, Selene.

Gracias.

Te juro que nadie se enterará.

Selene permaneció unos segundos mirándolo fijamente, buscando en su expresión la sinceridad.

Luego suspiró, más suave.—Muy bien.

Pero escucha esto: aquí todos espían —continuó en voz baja—.

Sirvientes, concubinas, incluso los que tienen cargos pueden usar rumores para aprovecharse.

Si se infecta un chisme, el Sultán o alguien cercano podría interpretar cualquier gesto como traición.

No quiero que termines en problemas por un descuido.

Elías asintió con solemnidad.

—Lo entiendo.

Te prometo que seré cuidadoso.

Selene se incorporó, dándole un último empujón de realidad con la mirada.

—Entonces haz exactamente lo que te diga.

Nada de caricias, nada de encuentros a solas que no podamos controlar.

Si hace falta, yo intervendré —y su voz se endureció—.

Pero si me fallas… no habrá excusa que valga.

Elías la tomó de la mano, agradecido y temeroso a la vez.—Gracias, Selene.

No te defraudaré.

Selene apretó su mano con firmeza y, antes de soltarse, añadió con un dejo de cansancio: —Por el bien de todos, que nadie se entere.

Ambos sabían que aquello era solo el principio de un secreto que, si se revelaba, podía cambiarlo todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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