El Despertar del Estratega - Capítulo 31
- Inicio
- Todas las novelas
- El Despertar del Estratega
- Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 La Disección en la Niebla y el Rey de los Mendigos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
31: Capítulo 31: La Disección en la Niebla y el Rey de los Mendigos 31: Capítulo 31: La Disección en la Niebla y el Rey de los Mendigos [Ubicación: Gran Arena de Duelos – Zona Cero (Dentro de la Nube de Vapor)] El mundo exterior había desaparecido.
El estadio, los gritos del público, la mirada crítica del Juez Kael; todo había sido reemplazado por un blanco absoluto y sofocante.
El vapor, generado por el choque térmico del fuego infernal contra el agua fría, estaba a casi ochenta grados.
Para un humano normal, sería asfixiante.
Para Cian Valestorm, era el infierno.
—¡Tos, tos!
—Cian se dobló sobre sí mismo, sus pulmones de noble rechazando el aire hirviendo—.
¡Sal de ahí, rata!
¡Sé que estás aquí!
Cian giró en círculos, su armadura de mitrilo brillando débilmente en la niebla.
Disparó una ráfaga de fuego a su derecha.
El fuego atravesó el vapor inofensivamente.
—Fallas —susurró una voz.
Sonó justo en su oído izquierdo.
Cian se giró con un grito, lanzando un revés con su bastón.
No golpeó nada más que aire húmedo.
—Demasiado lento —dijo la voz, esta vez desde la derecha.
Cian estaba hiperventilando.
El pánico, alimentado por el agotamiento del hechizo de sangre, estaba devorando su racionalidad.
—¡Muéstrate!
—chilló Cian—.
¡Soy un Valestorm!
¡No puedes burlarte de mí!
De la niebla, una mano surgió.
No llevaba un guantelete de guerra, ni estaba envuelta en fuego.
Era una mano desnuda, aparentemente normal.
La mano agarró la pechera de la costosa armadura de mitrilo de Cian.
Y tiró.
Cian sintió como si un gigante lo hubiera agarrado.
Sus pies se levantaron del suelo.
Fue arrastrado hacia la niebla con una fuerza irresistible.
Se encontró cara a cara con Leo.
Pero no era el Leo que había “tropezado” hace un minuto.
No había miedo en su rostro.
No había torpeza.
Su postura era perfecta, sus hombros relajados, sus ojos azules brillando con una intensidad quirúrgica que heló la sangre de Cian.
—Hola, Cian —dijo Leo con calma—.
Nadie nos ve.
Podemos dejar de actuar.
—Tú…
—Cian intentó canalizar maná, pero Leo le dio una bofetada.
No fue un puñetazo.
Fue una bofetada con la mano abierta.
¡PLAFF!
El sonido fue seco y brutal.
La cabeza de Cian rebotó hacia un lado.
El casco mágico que llevaba (oculto bajo su cabello perfecto) se agrietó por la fuerza del impacto.
Dientes y sangre salieron volando de su boca.
Cian cayó de rodillas, aturdido.
Su cerebro no podía procesar lo que acababa de pasar.
¿Una bofetada?
¿De un plebeyo?
¿Con tanta fuerza?
Leo se agachó frente a él.
—Tienes tres errores fundamentales, Cian —dijo Leo, como un profesor decepcionado—.
Primero: confundes linaje con talento.
Tu maná es errático.
Tus hechizos tienen fugas.
Eres una manguera rota rociando agua por todas partes menos en el incendio.
Cian intentó levantar su bastón.
—Te…
te voy a matar…
Leo pisó la mano de Cian.
CRACK.
Los huesos de la mano derecha de Cian crujieron bajo la bota vieja de Leo.
El bastón rodó lejos.
—Segundo error —continuó Leo, ignorando los gemidos de dolor del noble—: Confundes equipo con poder.
Esa armadura de mitrilo cuesta más que mi pueblo entero.
¿Crees que te protege?
Leo puso su mano sobre la placa del pecho de Cian.
—[Mano de Mago: Frecuencia de Resonancia].
No usó fuerza bruta (para no dejar marcas de puños gigantes que delataran su Fuerza 55).
Usó la física.
Envió una vibración de alta frecuencia a través del metal.
El mitrilo es duro, pero rígido.
Bajo la vibración correcta, la estructura cristalina del metal mágico se fatiga instantáneamente.
La armadura de Cian comenzó a zumbar.
Luego, se rompió.
Se quebró en cientos de pedazos que cayeron al suelo como cerámica rota, dejando a Cian solo en su túnica interior de seda empapada.
Cian miró su pecho desnudo, aterrorizado.
—¿Qué…
qué eres?
—sollozó Cian—.
¡Eres un monstruo!
Leo lo agarró del cuello y lo levantó hasta que sus pies colgaron en el aire.
Acercó su rostro al del noble.
—Tercer error, y el más importante —susurró Leo—.
Elegiste al enemigo equivocado.
Los ojos de Leo cambiaron por un segundo.
La pupila redonda se alargó.
Se volvió vertical.
Un destello de depredador puro, de la Bestia de Jade, se filtró a través de su máscara humana.
Cian vio ese ojo.
Vio el abismo.
Vio a algo que comía cosas como él para desayunar.
El control de esfínteres de Cian falló.
El olor a orina se mezcló con el vapor.
—Por favor…
—gimió Cian—.
No me comas…
Leo parpadeó, y sus ojos volvieron a la normalidad.
La frialdad regresó.
—No te voy a comer, Cian.
Tienes mal sabor.
Leo miró hacia arriba.
El vapor comenzaba a disiparse.
Tenía unos diez segundos antes de que el público pudiera verlos.
—Escucha bien —dijo Leo rápido—.
Cuando salgas de aquí, dirás que el vapor te confundió.
Dirás que te resbalaste y te golpeaste la cabeza.
Y nunca, nunca, volverás a mirarme a los ojos en los pasillos.
Porque si lo haces…
Leo apretó ligeramente el cuello.
—…vendré a tu habitación por la noche.
Y no seré tan amable.
Leo lo soltó.
Cian cayó al suelo, hecho un ovillo, llorando y sangrando.
Estaba roto.
No físicamente (solo una mano rota y algunos dientes), sino psicológicamente.
Su orgullo había sido atomizado.
Leo miró la escena.
Necesitaba un final convincente.
Tomó su propia espada corta.
Se golpeó a sí mismo en el labio con el pomo, haciéndose sangre.
Se revolvió el pelo.
Se rasgó un poco más la túnica.
Luego, se colocó en una postura defensiva temblorosa, apuntando su espada al noble caído.
El vapor se disipó.
El Veredicto de la Luz El sol volvió a iluminar la arena.
Cinco mil personas se inclinaron hacia adelante.
Lo que vieron fue impactante: Cian Valestorm, el prodigio noble, estaba en posición fetal en el suelo, sin armadura (misteriosamente destrozada), con la mano rota y llorando, rodeado de un charco sospechoso.
Aries, el plebeyo, estaba de pie, sangrando por la boca, jadeando como si estuviera a punto de colapsar, sosteniendo su espada con ambas manos como si le pesara una tonelada.
El silencio duró tres segundos.
—¡No…
no me hagas daño!
—gritó Cian de repente, cubriéndose la cara al ver que la niebla se iba—.
¡Me rindo!
¡Me rindo!
¡Aléjalo de mí!
El grito fue amplificado por la acústica de la arena.
Todo el mundo lo oyó.
Un Valestorm rindiéndose ante un novato Rango 1, gritando de terror.
El Juez Kael parpadeó, incrédulo.
Pero las reglas eran claras.
—¡El combatiente Valestorm se rinde!
—anunció Kael—.
¡El ganador es…
Aries!
La multitud no vitoreó inmediatamente.
Estaban confundidos.
¿Qué había pasado en la niebla?
Entonces, desde la sección de Externos, alguien comenzó a aplaudir.
Luego otro.
Y pronto, la mitad del estadio (los plebeyos y los nobles que odiaban a los Valestorm) estalló en aplausos y risas.
Leo se dejó caer de rodillas, fingiendo agotamiento total.
—¡Lo logré!
—gritó Leo con voz quebrada, mirando al cielo—.
¡Sobreviví!
Los sanadores corrieron a la arena.
Se llevaron a Cian en una camilla.
El chico seguía murmurando sobre “ojos de monstruo”.
Los sanadores asumieron que había inhalado vapores tóxicos o que había sufrido un colapso mental por el uso de Magia de Sangre.
Leo fue atendido por una sanadora joven.
—Solo es un corte en el labio y agotamiento de maná —dijo ella, aplicándole una luz verde—.
Tuviste mucha suerte, chico.
Si ese hechizo de fuego te hubiera dado…
—Lo sé —dijo Leo, bajando la cabeza con humildad—.
Los dioses me sonrieron hoy.
El Vestuario y la Verdad Una hora después, Leo estaba en el vestuario de los ganadores, cambiándose su túnica quemada.
La puerta se abrió.
Lyra entró.
Cerró la puerta y echó el cerrojo.
Se apoyó contra la puerta, cruzada de brazos, mirándolo con una mezcla de diversión y escalofríos.
—¿Qué le hiciste?
—preguntó ella.
Leo se estaba abrochando la camisa nueva.
—Le gané.
—Cian salió de ahí llorando y meado encima, Aries.
Y su armadura de mitrilo…
estaba hecha polvo.
Literalmente.
—Lyra se acercó—.
El mitrilo no se rompe por caerse al suelo.
Eso requiere una fuerza de impacto de nivel de asedio o una resonancia de alta frecuencia.
Leo se giró.
Sus ojos azules estaban tranquilos.
—Le dije que su magia era inestable.
Quizás su armadura resonó con su propio hechizo fallido.
La magia es peligrosa, Lyra.
Deberías saberlo.
Lyra negó con la cabeza, riendo suavemente.
—Eres aterrador.
Rompiste al heredero de una Casa Mayor sin lanzarle un solo hechizo visible.
Ahora todos piensan que Cian es un cobarde patético que se rompió a sí mismo.
Es…
brillante.
Y cruel.
—Es eficiente —corrigió Leo—.
Ahora tengo acceso a la Biblioteca.
Y nadie sospecha de mi poder.
Creen que gané por suerte y por la incompetencia de Cian.
Leo tomó su insignia de torneo.
—¿Vienes?
Tengo una cita con unos libros prohibidos.
Lyra se apartó de la puerta.
—Voy contigo.
Si vas a leer libros peligrosos, quiero asegurarme de que no invocas a un demonio que nos coma a todos.
O peor, que te comas tú al demonio.
Leo sonrió.
—Sin promesas.
La Biblioteca Prohibida: El Nivel Cero Con su victoria, Leo recibió el Pase Negro.
Una tarjeta de acceso temporal.
Esa misma tarde, mientras el campus seguía bullendo con los chismes sobre la humillante derrota de Cian, Leo y Lyra bajaron a las profundidades de la Torre de los Tomos.
Pasaron el Sótano 3 (donde Leo encontró el libro de gravedad).
Pasaron el Sótano 4 (Archivos Históricos).
Llegaron al Sótano 5: La Colección Restringida.
El aire aquí estaba seco y frío.
Las estanterías eran de metal negro.
No había polvo.
Había guardianes invisibles: Ojos Flotantes que vigilaban cada movimiento.
—Tenemos dos horas antes de que el pase expire —dijo Leo—.
Busca cualquier cosa relacionada con: “Biomancia”, “Transmutación de Almas” o “Geografía Subterránea de la Academia”.
—Entendido —dijo Lyra, moviéndose hacia la sección de Historia Oscura.
Leo fue a la sección de Teoría Mágica Avanzada.
Sus ojos (INT 100) escanearon los lomos de los libros.
Teoría del Caos.
Necromancia Ética (una contradicción).
El Principio de la Eternidad.
Leo se detuvo.
Un libro sin título, encuadernado en una piel grisácea que parecía escamas de dragón.
Lo sacó.
El libro vibró en su mano.
Lo abrió.
La primera página no tenía texto.
Tenía un dibujo.
Un diagrama anatómico.
Era un humano.
Pero dentro del humano, dibujado en tinta roja, había un segundo sistema circulatorio.
Un sistema que no conectaba con el corazón, sino con el estómago.
Título Real (Oculto con tinta simpática): El Manual del Devorador.
Autor: Desconocido (Atribuido al Primer Rey Brujo).
Leo activó su [Alma del Estratega: Decodificación].
Las palabras comenzaron a reordenarse.
“El poder no se crea ni se destruye.
Se roba.
Las bestias del mundo acumulan Maná en sus núcleos.
Los hombres lo acumulan en sus almas.
Si uno pudiera fusionar ambos, no mediante la alquimia externa, sino mediante la digestión metafísica…” Leo sintió un escalofrío.
Esto era lo que la Torre estaba intentando hacer con las quimeras.
Pero la Torre usaba cirugía y máquinas.
Este libro hablaba de hacerlo…
biológicamente.
Siguió leyendo.
“La clave no es el cuerpo.
Es la Voluntad.
Si la Voluntad del Huésped es superior a la del Parásito, la absorción es perfecta.
Si es inferior, el Parásito toma el control.” Leo miró su propia mano.
Pensó en su Licantropía de Jade.
Él había hecho esto instintivamente gracias a su Talento S.
Pero este libro explicaba cómo hacerlo sistemáticamente.
Explicaba cómo absorber no solo núcleos, sino Habilidades.
—Aries —susurró Lyra desde el otro pasillo—.
Tienes que ver esto.
Leo guardó el libro del Devorador en su inventario espacial (el anillo de Valerius).
Era un robo, pero este conocimiento era demasiado peligroso para dejarlo aquí.
Fue hacia Lyra.
Ella estaba frente a un mapa gigante desplegado sobre una mesa.
Era un plano arquitectónico antiguo de Arcanópolis.
—Mira —dijo ella, señalando la base de la Torre de Alquimia.
El mapa mostraba los cimientos.
Pero debajo de los cimientos, había algo más.
Una estructura mucho más antigua, marcada en rojo.
[Las Ruinas de Aetheria].
Y conectando la Academia con esas ruinas, había un túnel.
Un túnel que pasaba exactamente por debajo del Laboratorio 4.
—No construyeron el Laboratorio ahí para esconderlo —dijo Leo, comprendiendo de golpe—.
Lo construyeron ahí porque están extrayendo algo de esas ruinas.
O alimentando algo que vive en ellas.
—¿Qué crees que hay ahí abajo?
—preguntó Lyra.
Leo miró el mapa.
Su mente trazó las líneas de suministro, las desapariciones, la energía de la barrera de la ciudad.
—Una fuente de poder —dijo Leo—.
Una fuente tan grande que justifica sacrificar a mil niños.
Y si la Torre consigue controlarla, la Selección Real será una farsa.
Ellos gobernarán todo.
El tiempo de visita terminó.
Las luces parpadearon.
—Vámonos —dijo Leo—.
Tenemos un nuevo destino.
No vamos a entrar al Laboratorio 4 para robar datos.
Vamos a entrar para encontrar la entrada a Aetheria.
Salieron de la biblioteca.
Leo tenía el Manual del Devorador en su bolsillo y el mapa en su mente.
La guerra contra la Torre acababa de convertirse en una carrera arqueológica hacia el infierno.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com