El Despertar del Estratega - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Capítulo 33 El Archimago de Oro y la Ecuación del Sacrificio
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33: Capítulo 33: El Archimago de Oro y la Ecuación del Sacrificio 33: Capítulo 33: El Archimago de Oro y la Ecuación del Sacrificio [Ubicación: Laboratorio 4 – Zona de Guerra] El Laboratorio 4 se había convertido en un matadero.
Cientos de quimeras liberadas, locas de dolor y confusión, atacaban todo lo que se movía.
Los científicos de bata blanca, antes arrogantes en su seguridad, ahora gritaban mientras eran despedazados por sus propias creaciones.
En medio de la masacre, un borrón verde y negro se movía como un proyectil de asedio.
Leo, en su forma completa de Lobo de Jade, embistió a un grupo de guardias que intentaban bloquear el camino hacia la mesa de operaciones.
—¡Fuego!
—gritó un guardia, disparando su varita.
El rayo de fuego golpeó el pecho de Leo.
El jade brilló, absorbiendo el calor, pero Leo ni siquiera se tambaleó.
Con Fuerza 165, un simple manotazo de su garra derecha envió al guardia volando a través de la sala, atravesando dos tanques de cristal vacíos antes de estrellarse contra la pared.
—[Drenaje de Contacto] —rugió Leo mentalmente.
Al golpear a una quimera que se interpuso en su camino, Leo no solo la apartó; invirtió el flujo de su núcleo.
La bestia se secó instantáneamente, su maná vital absorbido para rellenar las reservas de Leo.
Maná: 100%.
Leo llegó a la mesa de operaciones.
Cian Valestorm estaba allí, atado, con los ojos en blanco, murmurando incoherencias mientras el caos rugía a su alrededor.
Leo agarró las correas de cuero reforzado.
Las arrancó como si fueran papel mojado.
—Despierta, bella durmiente —gruñó Leo.
Cargó a Cian sobre su hombro izquierdo como un saco de harina.
El noble gimió de dolor, pero estaba vivo.
—¡Lyra!
—bramó Leo, su voz de lobo dominando el ruido de las sirenas—.
¡Ruta de extracción!
Desde la pasarela superior, Lyra disparó tres flechas explosivas, creando una barrera de fuego que cortó el paso a un grupo de quimeras trepadoras.
—¡El tubo está bloqueado!
—gritó ella—.
¡Hay demasiados monstruos subiendo!
¡No podemos volver por donde vinimos!
Leo miró alrededor.
Estaban atrapados.
Y entonces, la temperatura de la sala bajó al cero absoluto.
Pero no era hielo.
Era presión.
El Archimago Kaelen se había recuperado de la explosión de la granada.
Flotaba a un metro del suelo, rodeado por un aura dorada que repelía la sangre y el polvo.
Su rostro no mostraba ira.
Mostraba la frialdad de un dios mirando a insectos molestos.
—Habéis roto mis juguetes —dijo Kaelen.
Su voz no era fuerte, pero se escuchó claramente en la mente de todos—.
Y habéis interrumpido la Cosecha.
El castigo es…
la desatomización.
Kaelen levantó una mano.
No usó un bastón.
Un Archimago de Rango 3 no necesitaba muletas.
El aire alrededor de Kaelen se distorsionó.
—[Alquimia Mayor: Desconstrucción de la Materia].
Un rayo de luz dorada salió de su dedo, apuntando a una Quimera gigante que corría hacia él.
El rayo tocó a la bestia.
No explotó.
Simplemente…
se deshizo.
La carne se convirtió en polvo, los huesos en líquido, la sangre en vapor.
En un segundo, el monstruo dejó de existir biológicamente, reducido a sus componentes atómicos básicos.
Leo sintió que su instinto de lobo aullaba de terror puro.
«Eso ignora la defensa física.
Mi armadura de Jade no servirá de nada contra eso.
Si me toca, soy polvo.» Kaelen giró su dedo hacia Leo.
—Tú.
El híbrido.
Eres un espécimen interesante.
Te disecaré vivo.
El rayo dorado se disparó hacia Leo.
Leo no podía esquivarlo cargando con Cian.
—[Telequinesis Vectorial: Escudo de Cadáveres].
Leo no creó un escudo de magia.
Usó su mente para agarrar tres cadáveres de quimeras cercanas y los lanzó frente a él en la trayectoria del rayo.
Zap.
Zap.
Zap.
Los tres cuerpos se desintegraron en el aire, ganándole a Leo medio segundo.
—¡Corre!
—le gritó a Lyra.
Leo saltó hacia un lado, usando su Agilidad 120.
El rayo de Kaelen pasó rozando su flanco, y Leo sintió cómo una de sus placas de jade se convertía en arena gris al instante.
—Duele —pensó Leo—.
Rango 3 es…
absurdo.
Kaelen avanzaba flotando, destruyendo todo a su paso.
Las quimeras intentaban atacarlo, pero se deshacían antes de tocarlo.
Era intocable.
Leo necesitaba una distracción masiva.
Algo que Kaelen no pudiera ignorar.
Miró la puerta de las Ruinas de Aetheria.
La granada de vacío había dañado el sello, y la energía negra del vacío seguía “comiéndose” el suelo cerca del umbral.
—La alquimia ordena la materia —razonó Leo—.
El vacío la elimina.
Son opuestos.
Leo dejó a Cian en el suelo detrás de una columna de acero.
—Lyra, dispara al techo.
¡Justo encima de Kaelen!
—¡Su escudo lo parará!
—¡Hazlo!
Lyra disparó.
Una flecha perforante golpeó una tubería de refrigerante alquímico en el techo.
El gas helado salió a presión, creando una nube blanca sobre el Archimago.
Kaelen ni se inmutó.
—Trucos de niños.
Kaelen agitó su mano para dispersar el gas.
Pero en ese momento de distracción visual, Leo hizo su movimiento.
No atacó a Kaelen.
Leo corrió hacia la Puerta de las Ruinas.
—¡Si quieres tus juguetes, ve a buscarlos al infierno!
Leo cargó todo su maná en su puño derecho.
Activó [Garras Térmicas] al máximo, hasta que el jade se puso blanco.
Y golpeó no a Kaelen, sino al Cubo Geométrico (la Llave) que Kaelen había dejado caer cerca de la puerta cuando explotó la granada.
¡CRACK!
Leo aplastó la Llave contra el suelo.
El artefacto se rompió.
La energía contenida en la Llave se liberó de golpe.
No abrió la puerta de manera controlada.
La forzó.
La Puerta Negra de las Ruinas emitió un sonido que hizo sangrar la nariz de todos los presentes.
Se abrió de golpe, pero no hacia afuera.
Se abrió como un agujero negro.
Un vórtice de succión masiva se generó en el umbral.
—¡NO!
—gritó Kaelen por primera vez, perdiendo su compostura—.
¡Imbécil!
¡Has desestabilizado el puente dimensional!
La succión era brutal.
Las quimeras, los escombros, los científicos muertos…
todo empezó a ser arrastrado hacia la oscuridad de la puerta.
Kaelen tuvo que usar todo su poder para anclarse al suelo, creando pilares de oro que lo sujetaban.
Su hechizo de desconstrucción se canceló para mantener su posición.
Leo clavó sus garras en el suelo de metal, resistiendo la succión.
—¡Lyra!
¡Ahora!
Lyra, que se había atado a una viga con una cuerda, lanzó otra cuerda hacia Leo.
Leo agarró a Cian con una mano y la cuerda con la otra.
—¡Sácanos de aquí!
Lyra activó un mecanismo de polea en su cinturón (tecnología de Garek).
La cuerda tiró de Leo y Cian hacia arriba, alejándolos del vórtice y llevándolos hacia la pasarela superior donde estaba ella.
Abajo, el caos era total.
Kaelen estaba luchando contra la gravedad de las ruinas, lanzando contrahechizos desesperados para cerrar la puerta antes de que se tragara todo el laboratorio.
—¡Maldito seas, intruso!
—bramó Kaelen, mirándolos subir—.
¡Te encontraré!
¡Tu alma será combustible para mi horno!
Leo llegó a la pasarela.
Agarró a Lyra y a Cian.
—La salida de emergencia —dijo Leo, señalando un túnel de ventilación que había visto en los planos—.
Lleva a la superficie, a los jardines botánicos.
Corrieron.
Detrás de ellos, el Laboratorio 4 colapsó.
La puerta de las ruinas implosionó, llevándose consigo la mitad del equipo y sellando el subsuelo bajo toneladas de escombros.
El Jardín y la Deuda Salieron al aire fresco de la noche en medio de un invernadero de plantas mágicas.
Estaban cubiertos de lodo, sangre y polvo químico.
Leo desactivó su transformación, cayendo de rodillas, agotado.
Su maná estaba a cero.
Su brazo derecho, donde el rayo de Kaelen había rozado su armadura, tenía una quemadura fea en la piel humana.
Cian estaba en el suelo, tosiendo.
Sus ojos se enfocaron lentamente.
Vio a Leo.
Vio a Lyra.
—Tú…
—susurró Cian, mirando a Leo con terror, pero también con reconocimiento—.
Tú eras el lobo.
Leo sacó su daga y se acercó a Cian.
—Aries, no —dijo Lyra, poniéndose en medio—.
Lo necesitamos.
Es un testigo.
Si lo matas, perdemos la prueba viviente de lo que hacen.
—Es un cabo suelto —dijo Leo, cansado—.
Sabe quién soy.
Cian, al ver la daga, empezó a llorar.
Pero no pidió piedad.
—¡Mátalos!
—gritó Cian, histérico—.
¡Mata a Kaelen!
¡Me abrieron!
¡Me pusieron cosas dentro!
¡Yo soy un Valestorm!
¡No soy una rata de laboratorio!
Leo se detuvo.
Miró a los ojos de Cian.
No había lealtad a la Torre allí.
Solo había odio puro.
El tipo de odio que quema ciudades.
Leo envainó la daga.
—Escúchame bien, Cian —dijo Leo, agarrándolo de la camisa—.
Estás muerto.
Oficialmente, moriste en el accidente del laboratorio.
Si vuelves a tu casa, Kaelen te encontrará y terminará el trabajo.
—¿Qué…
qué hago?
—tembló Cian.
—Desapareces.
Te vas de la ciudad.
Te escondes en el barro como hice yo.
Y cuando yo te llame…
vendrás y testificarás.
Serás mi arma política.
—¿Por qué debería confiar en ti?
Me humillaste.
—Porque soy el único monstruo que no quiere diseccionarte —respondió Leo.
Cian asintió, roto pero vivo.
—De acuerdo.
Lo haré.
Leo miró a Lyra.
—Llévalo con Garek.
Que le dé una identidad nueva y lo saque de la ciudad en el primer carromato de contrabando al Sur.
—¿Y tú?
—preguntó Lyra.
Leo miró hacia la Torre de Alquimia, que seguía brillando en la noche, ajena al desastre en sus cimientos.
—Yo tengo clase mañana a las ocho.
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