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El Despertar del Estratega - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 Capítulo 36 La Luz que Quema y el Espejo del Abismo
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36: Capítulo 36: La Luz que Quema y el Espejo del Abismo 36: Capítulo 36: La Luz que Quema y el Espejo del Abismo [Ubicación: El Observatorio – Cima de la Torre] La sala era magnífica.

El techo era una cúpula de cristal encantado que mostraba las estrellas con una claridad imposible, incluso a través del humo de la ciudad en llamas.

En el centro de la sala, flotando sobre un estanque de mercurio líquido, había un mapa holográfico de las Líneas Ley del mundo.

Y parado frente al mapa, esperándolo, había un joven.

No llevaba máscara.

Su rostro era hermoso, casi angelical, con cabello dorado y ojos que brillaban con luz blanca literal.

No tenía bastón.

Sus manos estaban vacías, pero el aire a su alrededor distorsionaba la luz.

[Análisis de Amenaza] [Objetivo: Varian (Primer Discípulo de Kaelen)] [Rango: 2 (Pico) – A un paso del Rango 3] [Afinidad: Magia de Luz Sólida / Fotones] Varian sonrió al ver entrar a Leo.

—Así que tú eres la “Rata” que rompió el Laboratorio —dijo Varian.

Su voz sonaba como campanas de cristal—.

El Maestro Kaelen está ocupado estabilizando el núcleo de la ciudad.

Me dejó aquí para limpiar su basura.

—Parece que Kaelen te dejó para morir —respondió Leo, entrando en la sala y desplegando su percepción sensorial al máximo.

—Arrogante —Varian levantó una mano.

Un orbe de luz pura se formó en su palma—.

Has matado a mis hermanos en el pasillo.

Usas sombras y fuerza bruta.

Pero la luz…

la luz no se puede romper.

—[Láser de Fotones].

Varian no apuntó.

Simplemente disparó.

La velocidad de la luz es instantánea.

Leo vio el brillo en los ojos de Varian un microsegundo antes del disparo.

Su Inteligencia 100 gritó: ¡Esquiva preventiva!

Leo se movió antes de que el hechizo saliera.

Un haz de luz del grosor de un dedo atravesó el lugar donde estaba el corazón de Leo y perforó la pared de piedra detrás de él, dejando un agujero cauterizado perfecto.

—Rápido —admitió Leo, rodando por el suelo.

—No puedes escapar de lo que puedes ver —dijo Varian.

Disparó de nuevo.

Y de nuevo.

Haces de luz cruzaron la habitación como una red láser mortal.

Leo bailaba entre ellos, usando su Agilidad 60 y su predicción táctica.

Un rayo le rozó el hombro, quemando la túnica y la piel superficial al instante.

El dolor fue agudo, cauterizante.

«No puedo bloquear esto con Jade.

La luz atraviesa el cristal translúcido o lo calienta hasta explotar.

Y no puedo bloquearlo con gravedad porque los fotones no tienen masa (o es despreciable en este nivel de magia).» Estaba en desventaja elemental.

Varian flotó en el aire, impulsado por alas de luz sólida que brotaron de su espalda.

—¿Qué pasa, Rata?

¿No vas a transformarte?

Sé que eres un híbrido.

¡Muéstrame tu bestia!

Varian comenzó a bombardear el suelo.

Explosiones de luz blanca llenaron la sala.

Leo se refugió detrás de una columna de mármol.

La columna se estaba desintegrando bajo el fuego.

—Necesito acercarme —pensó Leo—.

Pero vuela.

Y es rápido.

Leo miró el estanque de mercurio en el centro de la sala.

El mercurio es un metal líquido.

Reflectante.

Una idea suicida cruzó su mente.

—Si la luz es tu arma, la reflexión es tu enemigo.

Leo salió de su cobertura.

—[Mano de Mago: Tsunami de Mercurio].

Leo agarró telequinéticamente todo el estanque de mercurio (cientos de kilos de metal líquido) y lo lanzó hacia arriba, creando una ola plateada en el aire.

Varian se rió.

—¡Metal!

¡Lo derretiré!

Disparó una ráfaga masiva de luz contra la ola de mercurio.

Pero el mercurio es un espejo.

El haz de luz golpeó la superficie curva y líquida del metal.

No lo atravesó.

Se reflejó.

El rayo se dispersó en mil direcciones aleatorias.

Uno de los rayos reflejados golpeó a Varian en su propia pierna.

—¡AAHHH!

—Varian gritó, perdiendo la concentración de vuelo.

Cayó al suelo.

La ola de mercurio cayó sobre él, cubriéndolo, pesado y tóxico.

Leo no perdió el tiempo.

Activó [Licantropía de Jade] al máximo.

Se convirtió en el Lobo Blindado y saltó a través de la lluvia de mercurio.

Varian se estaba levantando, quemando el mercurio con su aura de luz para quitárselo de encima.

—¡Maldito seas!

—gritó Varian, preparando un hechizo final, una supernova a quemarropa.

Leo llegó a él.

No golpeó.

Agarró.

Sus garras de jade se cerraron alrededor de las muñecas de Varian, clavándolo al suelo.

—Tu luz quema —gruñó Leo en la cara del ángel caído—.

Pero se apaga si no tienes batería.

Leo activó la habilidad prohibida que había aprendido del libro robado.

—[Drenaje de Contacto: Inversión de Núcleo].

Los ojos de Leo se volvieron negros.

Un vórtice de succión se abrió en su pecho.

Varian abrió la boca para gritar, pero el sonido no salió.

Sintió cómo su Maná, su preciosa luz, era arrancada de sus venas.

No era como gastar energía; era como si le estuvieran sacando la sangre.

La luz de Varian parpadeó.

Sus alas se desvanecieron.

Su piel, antes radiante, se volvió gris y arrugada.

—¡No!

¡Es mío!

¡Es mi poder!

—lloró Varian mentalmente.

—Era prestado —respondió Leo—.

Ahora es mío.

En diez segundos, Varian era un cascarón vacío.

Un anciano prematuro en el cuerpo de un joven.

Leo lo soltó.

Varian cayó inconsciente, en coma mágico.

Su núcleo estaba seco, probablemente dañado para siempre.

Leo se levantó.

Su cuerpo brillaba con un exceso de energía.

Había absorbido casi 2000 puntos de Maná de golpe.

Se sentía borracho de poder.

[Alerta: Sobrecarga de Maná.

Ventear energía inmediatamente.] Leo rugió y disparó una columna de fuego azul hacia el techo, rompiendo el cristal de la cúpula y enviando una señal a toda la ciudad.

Cuando la energía se estabilizó, Leo volvió a su forma humana.

Miró alrededor.

El observatorio estaba destrozado.

El mercurio cubría el suelo.

Pero en el centro del estanque vacío, ahora seco, había algo que antes estaba oculto por el metal líquido.

No era una puerta.

Era un agujero perfectamente circular, de dos metros de diámetro.

Pero no se veía el fondo.

Se veía…

el espacio.

Estrellas que no correspondían al cielo de arriba.

Nebulosas púrpuras.

El Pozo de Aetheria.

—La entrada privada —dijo Leo, acercándose al borde.

La gravedad en el borde del pozo era extraña.

Tiraba hacia adentro, invitando a saltar.

Leo sabía que Kaelen no estaba allí.

Kaelen estaba abajo, luchando en la ciudad o en el laboratorio principal.

Pero este pozo llevaba al Corazón de las Ruinas.

Al lugar de donde Kaelen sacaba su poder.

Si Leo entraba ahí, estaría en territorio desconocido.

Una mazmorra de una civilización antigua, llena de tecnología y magia perdida.

Leo miró hacia abajo.

—Si destruyo la fuente, la Torre cae.

Se ajustó la capa.

Verificó sus armas.

Y saltó al abismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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