El Despertar del Estratega - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 La Danza del Fuego y el Depredador Alfa
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4: Capítulo 4: La Danza del Fuego y el Depredador Alfa 4: Capítulo 4: La Danza del Fuego y el Depredador Alfa [Ubicación: Límite del Bosque del Este – Zona del Viejo Roble] El aire en el linde del bosque se sentía pesado, cargado con la electricidad estática de la violencia inminente.
Leo no temblaba.
Su cuerpo de niño quería hacerlo, quería huir y esconderse bajo las sábanas, pero su mente —el [Alma del Estratega]— mantenía un control férreo sobre su sistema nervioso autónomo.
Tenía el dedo índice levantado, apuntando hacia el claro.
En la punta de su dedo, una chispa azulada de Maná vibraba, invisible para los goblins, pero cegadora para él.
—Objetivo: Goblin Alfa.
Punto de impacto: Torso superior, alta concentración de grasa sebácea.
—Leo susurró las variables como si estuviera ajustando la mira de un rifle de francotirador—.
Distancia: 45 metros.
Viento: Despreciable.
Los goblins seguían discutiendo por los huesos del tejón.
El Alfa acababa de morder la oreja de un subordinado.
El ruido era perfecto; cubría el leve zumbido de la magia de Leo.
—Ejecutar.
Leo liberó la estructura.
No hubo un proyectil de fuego viajando por el aire como en los videojuegos baratos.
Su [Runa de Encendido Optimizada] funcionaba bajo el principio de alteración local.
Leo proyectó su Maná, conectando su dedo con el objetivo a través de un hilo invisible de intención, y luego, activó la fricción molecular a distancia.
[Maná: 100 -> 90] En el campamento, el pecho del Goblin Alfa no se prendió fuego simplemente.
Estalló.
La capa de suciedad y grasa corporal que cubría a la criatura actuó como combustible acelerante.
El Alfa soltó un alarido que no sonó terrenal; fue el sonido agudo y gorgoteante de los pulmones quemándose desde fuera hacia dentro.
—¡KIEEEEEK!
El caos fue instantáneo y absoluto.
El Alfa se tiró al suelo, rodando frenéticamente, pero la Runa de Encendido de Leo no creaba un fuego natural que se ahogaba con tierra; creaba una reacción térmica sostenida por el Maná residual.
Mientras el goblin rodaba, prendió las hojas secas del suelo, extendiendo el incendio.
Los otros cinco goblins entraron en pánico.
Dos huyeron hacia los arbustos.
Tres se quedaron, gritando y saltando, confundidos sobre si ayudar a su líder o robarle la espada mientras ardía.
—Fase 1 completa —dijo Leo, frío como el hielo—.
Ahora, la invitación a cenar.
Leo no se detuvo.
Apuntó a un matorral seco al otro lado del campamento, lejos de su propia posición, y lanzó otra runa.
[Maná: 90 -> 80] ¡WOOSH!
Una segunda columna de fuego se alzó, creando una señal de humo negro y espeso que se elevó por encima de las copas de los árboles.
El olor a carne quemada y madera chamuscada inundó la zona.
Era un faro.
Una llamada a la mesa.
Leo se agazapó más en su escondite y esperó.
No tuvo que esperar mucho.
El bosque se calló.
Los pájaros dejaron de cantar.
El viento pareció detenerse.
De las sombras profundas detrás del Viejo Roble, algo se movió.
No caminaba; fluía, como tinta derramada en la oscuridad.
El Lobo Sombrío.
Era más grande de lo que Grom había descrito.
Tenía el tamaño de un pony pequeño, con una musculatura densa y compacta bajo un pelaje negro que parecía absorber la luz del sol.
Sus ojos eran dos brasas rojas de pura malicia.
—Rango 1…
—Leo contuvo la respiración, analizando a la bestia—.
Confirmación de la Ley Exponencial.
Los goblins eran patéticos, criaturas de fuerza 6 o 7.
El Lobo irradiaba una presión que Leo estimó en al menos Fuerza 30 y Agilidad 40.
Era una máquina de matar biológicamente perfecta.
El Lobo no rugió.
Simplemente se lanzó.
Fue un borrón negro.
El primer goblin, uno de los que intentaba huir, ni siquiera vio venir la muerte.
El Lobo le pasó por encima, y con un solo chasquido de sus mandíbulas, le arrancó la cabeza.
El cuerpo cayó inerte un segundo después.
Los otros goblins chillaron, el terror superando cualquier otro instinto.
El Alfa, aún humeante y herido, intentó desenvainar su espada humana con manos temblorosas.
El Lobo giró.
Sus ojos rojos se fijaron en el Alfa.
La carne quemada era un manjar.
—Observa y aprende —se dijo Leo, obligándose a no cerrar los ojos—.
Esto es la diferencia entre un mob y un Boss.
El Lobo saltó.
El Alfa intentó levantar la espada.
Fue inútil.
El Lobo golpeó la hoja con una pata, enviando el arma de acero volando hacia los arbustos, y luego cerró sus fauces sobre el torso del goblin.
Hubo un crujido húmedo de costillas rompiéndose.
El grito del Alfa se cortó en seco.
En menos de diez segundos, tres goblins estaban muertos.
Los otros tres habían huido despavoridos hacia la profundidad del bosque.
El Lobo Sombrío, el rey indiscutible de su pequeño dominio, puso una pata sobre el cadáver del Alfa y comenzó a rasgar la carne, ignorando el fuego que se extinguía lentamente a su alrededor.
Leo estaba temblando.
No de miedo, sino de pura excitación intelectual.
[Notificación: Has presenciado la cúspide del combate de Rango 1.] [Has comprendido la brecha de poder entre especies.] [Progreso de SABIDURÍA: +0.5] Pero Leo no estaba aquí solo para mirar.
Estaba aquí por el botín.
Sus ojos escanearon el claro.
El Lobo estaba ocupado comiendo.
La espada de acero del Alfa había caído en un arbusto a unos veinte metros de la posición de Leo, y a unos treinta metros del Lobo.
—Cálculo de riesgo —pensó Leo—.
El Lobo está en fase de alimentación.
Su guardia ha bajado un 40%.
Si me muevo con el viento en contra, puedo llegar a la espada.
Pero si me detecta…
Si lo detectaba, tendría que activar el [Modo Hombre Lobo].
Fuerza 20 vs Fuerza 30 del Lobo.
Aún transformado, Leo sería más débil que la bestia.
Pero tendría una oportunidad de huir.
—Sin riesgo no hay ganancia.
Necesito esa espada.
Mi magia tiene límites de Maná; el acero no.
Leo comenzó a descender del montículo.
Se movió lento.
Cada vez que el Lobo levantaba la cabeza para masticar o mirar alrededor, Leo se congelaba, convirtiéndose en una estatua.
Veinte metros.
Diez metros.
Cinco.
Llegó al arbusto.
Ahí estaba.
Una espada corta, de manufactura humana, probablemente forjada en alguna herrería de la ciudad capital.
Tenía óxido en la empuñadura, pero el filo había sido afilado toscamente por los goblins.
Leo extendió su mano pequeña.
Sus dedos rozaron el cuero frío de la empuñadura.
Crack.
Bajo su bota, una rama seca, oculta bajo el musgo, se partió.
El sonido fue minúsculo, apenas un susurro.
Pero el Lobo Sombrío dejó de masticar.
Sus orejas negras giraron 180 grados, apuntando directamente hacia el arbusto de Leo.
Leo se congeló.
Su corazón se detuvo.
El Lobo giró la cabeza lentamente.
Sus ojos rojos se clavaron en el arbusto.
Un gruñido bajo, vibrante como el motor de un camión, emanó de su garganta.
Había olido algo nuevo.
Algo que no era goblin.
Carne de niño.
—Mierda —pensó Leo.
El Lobo soltó el cadáver y dio un paso hacia él.
Los músculos de sus patas traseras se tensaron, preparándose para un salto letal.
Leo tenía dos opciones: Transformarse: Activar el Talento S, luchar/huir y enfrentar la parálisis después.
Magia: Usar el Maná restante (80 MP) para una distracción desesperada.
Su mente de Inteligencia 20 procesó la escena en cámara lenta.
El Lobo estaba cubierto de sangre y grasa del goblin que acababa de comer.
Su hocico estaba empapado.
—La nariz —analizó Leo—.
Es su órgano más sensible.
Y está húmeda.
Leo no agarró la espada.
Levantó la mano vacía, apuntando directamente a la cara del Lobo.
—[Runa de Encendido: Sobrecarga].
Leo no usó 10 de Maná.
Canalizó 50 puntos de golpe.
[Maná: 80 -> 30] El aire entre ellos chilló.
Una esfera de calor concentrado, mucho más densa que las anteriores, estalló justo delante del hocico del Lobo, evaporando instantáneamente la sangre y la saliva en una nube de vapor hirviendo y quemando las terminaciones nerviosas de su nariz ultrasensible.
—¡GRAAAAWR!
El Lobo retrocedió, sacudiendo la cabeza violentamente, cegado por el dolor repentino en su sentido principal.
Aulló, desorientado, lanzando zarpazos al aire.
Leo no esperó a ver el resultado.
Agarró la espada con ambas manos (pesaba demasiado para una sola), se dio la vuelta y corrió.
Corrió con su Agilidad de 5, tropezando, raspándose las rodillas, subiendo el montículo con la desesperación de una presa.
No miró atrás hasta que estuvo a trescientos metros de distancia, oculto tras una roca masiva.
Su pecho ardía.
Sus pulmones silbaban.
Tenía 30 de Maná restante.
Pero en sus manos, tenía acero.
[Notificación: Has escapado de un encuentro con una Amenaza de Rango 1.] [Has adquirido objeto: [Espada Corta de Acero Desgastada (Rango F)].] [Progreso de SABIDURÍA: +1.5] [¡Atributo SABIDURÍA ha aumentado a 21.5!] Leo se dejó caer contra la roca, abrazando la espada.
Se rio, una risa nerviosa e histérica de niño.
—El Lobo tiene hambre…
—jadeó—.
Pero el Estratega tiene el arma.
Había sobrevivido.
Había robado al rey del bosque.
Y ahora, armado con magia y acero, ya no era una presa indefensa.
Sin embargo, el sonido del aullido del Lobo resonó en todo el bosque.
No era un aullido de dolor.
Era un aullido de caza.
El Lobo sabía su olor ahora.
Leo miró su espada.
—Bien.
Que venga.
Pero no hoy.
Se levantó, envainó la espada en su cinturón de cuerda (le arrastraba por el suelo) y comenzó el largo camino de regreso al pueblo.
Tenía que volver antes de que Grom notara su ausencia, y tenía que planear su siguiente movimiento.
El Lobo no olvidaría.
Y Leo tampoco.
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