El Despertar del Guardián - Capítulo 1
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1: El Peso de la Esfera 1: El Peso de la Esfera El callejón olía a lluvia estancada y a metal oxidado, un aroma que Caleb conocía demasiado bien.
A sus diecinueve años, su vida se resumía en turnos interminables en el depósito de chatarra de los suburbios y en evitar a los cobradores de deudas que acechaban a su madre.
Sin embargo, esa noche era distinta.
El aire vibraba.
—¿Lo sientes?
—susurró una voz en su mente, una que no era la suya.
Caleb se detuvo, apretando las correas de su mochila gastada.
Sus dedos rozaron, por encima de la tela, el objeto que había encontrado esa tarde enterrado bajo tres metros de escombros industriales.
Era una esfera perfecta, fría al tacto pero que parecía latir con un ritmo propio.
De repente, el callejón se iluminó.
Pero no fue la luz amarillenta de las farolas de la ciudad.
Fue un estallido de energía púrpura.
Caleb cayó de rodillas cuando la esfera atravesó la lona de su mochila, flotando frente a sus ojos.
La superficie, antes opaca, ahora brillaba como un sol dorado atrapado en cristal.
Rayos de luz violácea comenzaron a serpentear por las paredes de ladrillo, desintegrando la suciedad y haciendo que el aire chispeara con el olor del ozono.
—El ciclo se ha roto —resonó la voz, esta vez más clara, como un trueno lejano—.
El Guardián ha despertado.
—Yo no soy ningún guardián —jadeó Caleb, estirando la mano por instinto para recuperar la esfera—.
Solo soy un mecánico.
Al rozar la superficie dorada, una descarga eléctrica le recorrió la espina dorsal.
No fue dolor, fue una inundación de recuerdos que no le pertenecían: ciudades de cristal flotando en el cielo, ejércitos de sombras y una mujer de ojos plateados que lo miraba con desesperación.
El mundo a su alrededor empezó a agrietarse.
Los fragmentos de realidad parecían astillas de vidrio flotando en la nada.
Caleb levantó la vista y, por primera vez, vio lo que la imagen de su destino le mostraba: él no estaba en un callejón, estaba en el centro de un nexo cósmico.
Pero la maravilla duró poco.
Al final del callejón, tres figuras encapuchadas emergieron de las sombras.
No caminaban; se deslizaban.
Sus ojos brillaban con un hambre antigua y sus manos terminaban en garras de obsidiana.
—Entréganos el Núcleo, muchacho —siseó el que parecía ser el líder—.
O moriremos todos antes de que termine la noche.
Caleb apretó los dientes.
La esfera en su mano derecha comenzó a girar más rápido, envolviendo su brazo en una armadura de luz púrpura.
No sabía qué estaba haciendo, pero sabía que, por primera vez en su vida, ya no tenía miedo.
—Si la quieren —dijo Caleb, sintiendo cómo el poder quemaba en sus venas—, vengan por ella.
Caleb cerró los ojos, esperando el impacto de las garras de obsidiana.
La energía púrpura en su brazo vibraba con una intensidad que amenazaba con desgarrarle la piel.
Pero el golpe no llegó.
En su lugar, un silbido metálico cortó el aire.
Una silueta esbelta aterrizó entre Caleb y los encapuchados.
Llevaba una armadura ligera de cuero negro y una capa que parecía hecha de sombras líquidas.
Con un movimiento fluido, desenvainó una espada cuya hoja brillaba con un fulgor plateado, frío como la luna.
—Llegas tarde, Guardián —dijo la mujer sin mirarlo.
Su voz era firme, con un matiz de desdén que hizo que Caleb retrocediera un paso—.
Y por lo que veo, no tienes ni la menor idea de cómo sostener esa esfera.
—¿Quién eres tú?
—logró articular Caleb, aturdido por el resplandor de su espada.
—Tu única oportunidad de ver el amanecer —respondió ella.
Los encapuchados sisecharon al unísono y se lanzaron al ataque.
La mujer se movió con una velocidad inhumana; era un torbellino de acero y plata.
Bloqueó el primer ataque, giró sobre sus talones y le cortó el brazo a una de las criaturas, que se disolvió en humo negro con un grito agónico.
Sin embargo, eran demasiados.
Dos de los atacantes rodearon a la guerrera, mientras un tercero aprovechó la brecha para saltar directamente sobre Caleb.
—¡Usa el Núcleo, idiota!
—le gritó ella mientras pateaba a un enemigo contra la pared—.
¡Libera la presión o nos matarán a los dos!
Caleb miró la esfera.
El calor era insoportable.
No sabía cómo controlarlo, pero sintió que el objeto respondía a su desesperación.
En lugar de intentar retener la energía, simplemente abrió la mano.
La explosión fue silenciosa pero devastadora.
Una onda expansiva de color violeta barrió el callejón.
Caleb sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Los cristales de las ventanas estallaron y las sombras enemigas fueron evaporadas al instante.
Cuando la luz se disipó, Caleb estaba tendido en el suelo, exhausto.
La mujer estaba de pie frente a él, limpiando su espada con un trozo de tela.
No tenía ni un rasguño, pero su mirada sobre él era de pura frustración.
—Felicidades —dijo ella, acercándose y extendiéndole una mano enguantada para que se levantara—.
Acabas de encender una baliza que cada monstruo en un radio de mil kilómetros podrá ver.
Mi nombre es Lyra, y si quieres vivir los próximos diez minutos, vas a tener que correr más rápido de lo que lo has hecho en toda tu patética vida.
Caleb tomó su mano.
Al contacto, una chispa eléctrica recorrió a ambos.
Lyra retiró la mano como si se hubiera quemado, con los ojos plateados abiertos de par en par.
—Maldita sea —susurró ella, más para sí misma que para él—.
Eres el elegido por el vínculo.
Esto va a ser un problema.
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