El Despertar del Guardián - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 La Elección del Guerrero
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11: La Elección del Guerrero 11: La Elección del Guerrero El silencio en el ático era denso, pero ya no estaba cargado por la opresión del Velo de Éter que antes los obligaba a estar a diez centímetros de distancia.
Caleb se movió hacia la ventana, observando la lluvia ácida que caía sobre los suburbios.
Por primera vez desde que encontró la esfera enterrada bajo tres metros de escombros industriales, su mente estaba en calma.
—Se siente extraño —comentó Caleb, mirando sus manos, que ya no vibraban con la energía púrpura del Núcleo.— No hay zumbido, no hay tirones en el pecho.
Solo…
yo.
Lyra se puso de pie, envainando su espada de plata con un clic metálico que resonó en el pequeño cuarto.
Aunque el Vínculo de Alma se había roto en la Cápsula del Vacío, sus ojos plateados mantenían una intensidad que Caleb ya no atribuía a la magia, sino a su propia voluntad.
—No te equivoques, Caleb —dijo ella, acercándose a la mesa donde el Núcleo yacía apagado y gris como una piedra común.— Malphas no busca solo el objeto.
Busca la “firma de alma” que lo despertó.
Aunque el vínculo físico haya desaparecido, tú sigues siendo el Guardián que rompió el ciclo.
El Retorno de la Sombra De repente, la temperatura en el ático descendió drásticamente, un frío que Caleb recordó del Santuario de Aethel justo antes del ataque.
Las sombras en las esquinas de la habitación comenzaron a estirarse, cobrando una densidad antinatural.
No eran las Sombras del Vacío comunes que se deslizaban por los callejones.
—Está aquí —susurró Lyra, desenvainando de nuevo su arma.— Esta vez no se ha ocultado tras sus Cobradores.
El techo del ático no estalló como el del santuario.
En su lugar, la puerta de madera se deshizo en cenizas negras, y Malphas entró con la misma elegancia aristocrática que había mostrado en el sueño astral.
Sus ojos, pozos vacíos sin pupilas, se fijaron de inmediato en Caleb.
—Impresionante —dijo Malphas, su voz retumbando en la estructura del edificio.— Han usado el Séptimo Cristal.
Han renunciado al regalo de la Diosa Luna por una libertad ilusoria.
—No fue una renuncia, Malphas —replicó Caleb, dando un paso al frente para colocarse junto a Lyra, no por obligación, sino por elección.— Fue una corrección.
Ya no somos tus baterías.
La Batalla Final en el Ático Malphas levantó una mano y cadenas de energía negra, idénticas a las que golpearon a Lyra en el sueño, salieron disparadas.
Lyra se movió con su velocidad inhumana habitual, cortando el aire con su acero plateado, pero esta vez Caleb no se quedó paralizado esperando el impacto.
Aunque el flujo constante de energía púrpura había desaparecido, Caleb descubrió que aún conservaba algo: el eco de los recuerdos que no le pertenecían.
Recordó las ciudades de cristal y la técnica de los antiguos Guardianes.
Sin el Núcleo, ya no podía generar explosiones devastadoras, pero podía manipular la energía residual que aún impregnaba el ambiente tras la purga del cristal.
Caleb agarró una de las dagas plateadas que Lyra había dejado sobre la mesa.
Concentró su voluntad, no en el poder destructivo, sino en la precisión que usaba para arreglar motores de naves de carga.
La daga comenzó a brillar con un tenue resplandor dorado, una chispa de luz pura que Malphas no pudo prever.
—¡Lyra, por la izquierda!
—gritó Caleb.
Ella entendió de inmediato.
Lanzó un ataque frontal, un torbellino de acero y plata que obligó a Malphas a concentrar su escudo de sombras en un solo punto.
En ese microsegundo de distracción, Caleb lanzó la daga imbuida de luz.
El arma atravesó la túnica de seda negra del villano, clavándose en su hombro.
Malphas soltó un grito que no era humano.
La luz dorada de la daga actuaba como un veneno contra su esencia de vacío.
El aire en la habitación empezó a ser succionado hacia el herido, creando un vacío similar al que Caleb provocó accidentalmente en el santuario.
—¡Esto no ha terminado, mecánico!
—rugió Malphas mientras su cuerpo empezaba a disolverse en humo negro.— El Nexo siempre encuentra su equilibrio…
y tú sigues siendo el peso que inclina la balanza.
Con un último estallido de oscuridad, Malphas desapareció, dejando tras de sí solo el silencio de la lluvia y una marca de quemadura en el suelo del ático.
Un Nuevo Amanecer Caleb y Lyra se quedaron en medio de la habitación destrozada, respirando agitadamente.
Lyra guardó su espada y, por primera vez, le extendió la mano a Caleb con una sonrisa genuina, sin el desdén que marcó su primer encuentro.
—Nada mal para un chico de la chatarra —dijo ella.
—Tuviste una buena maestra —respondió Caleb, estrechando su mano.
No hubo chispas eléctricas ni dolor, solo una calidez humana que el Vínculo de Alma nunca pudo imitar.
El Núcleo, sobre la mesa, emitió un último pulso dorado, casi imperceptible, antes de apagarse definitivamente.
El ciclo del Guardián se había roto de verdad, pero para Caleb y Lyra, el viaje apenas comenzaba.
—¿A dónde iremos ahora?
—preguntó Caleb, mirando hacia la ciudad que empezaba a iluminarse con las primeras luces del alba.
—A buscar a tu madre —respondió Lyra, ajustándose su capa de sombras líquidas.— Y luego, a asegurarnos de que nadie más vuelva a convertir a un ser humano en una batería.
Caleb tomó su mochila gastada y salieron del ático, dejando atrás el peso de la esfera y el destino impuesto, caminando juntos hacia un horizonte que, por fin, les pertenecía solo a ellos.
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