El Despertar del Guardián - Capítulo 13
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13: El Descenso al Sector 0 13: El Descenso al Sector 0 El Sector 0 no aparecía en los mapas digitales de la Ciudad de Hierro.
Era una cicatriz geográfica, un conjunto de niveles subterráneos que fueron sellados hace un siglo, cuando la primera gran purga de la Orden de los Guardianes Celestiales borró todo rastro de la tecnología experimental que mezclaba el código binario con el éter puro.
Caleb ajustó las correas de su mochila, donde el Núcleo ahora descansaba en un compartimento reforzado por Jax.
A su lado, Lyra caminaba en un silencio tenso, sus botas apenas haciendo ruido sobre el metal oxidado de la rejilla de entrada.
—Recuerda lo que dijo Jax —susurró Lyra, su mano nunca lejos de la empuñadura de su espada—.
Aquí abajo, las reglas de la física son…
sugerencias.
La energía residual de los antiguos Guardianes ha corrompido el silicio de las máquinas.
No son solo robots; son ecos con hambre.
Caleb asintió.
Al cruzar el umbral de la pesada puerta hidráulica, el mundo cambió.
La visión de Caleb parpadeó.
Líneas de datos distorsionadas corrían por las paredes, mostrando fragmentos de planos de edificios que ya no existían.
Era como caminar dentro de un archivo de computadora dañado.
La Primera Prueba: El Guardián Oxidado Apenas habían avanzado cien metros cuando el suelo vibró.
De un montón de chatarra acumulada en una esquina, surgió una figura grotesca.
Era un antiguo dron de seguridad, pero su chasis estaba cubierto de crecimientos de cristal púrpura, como un tumor mineral que hubiera tomado el control de los circuitos.
—¡Caleb, atrás!
—gritó Lyra, desenvainando su hoja plateada.
El dron disparó un rayo de energía inestable.
Lyra lo bloqueó, pero el impacto la lanzó contra una tubería.
Caleb sintió el pánico subir por su garganta, pero el “sistema” en su mente, esa intuición técnica, comenzó a procesar el movimiento del enemigo.
“No mires el fuego, mira el cableado”, se dijo a sí mismo.
El mundo se volvió monocromático.
En el centro del dron, Caleb vio una pequeña válvula de escape que brillaba en un rojo intenso.
Era el punto de salida del exceso de calor.
Si lograba obstruirla, la energía del vacío lo haría explotar desde adentro.
—¡Lyra!
¡Necesito tres segundos!
—gritó Caleb, buscando algo en su cinturón de herramientas.
—¡Más te vale que valgan la pena!
—respondió ella, lanzándose de nuevo al ataque para distraer al dron.
Caleb corrió, deslizándose bajo una mesa de trabajo volcada.
Sacó una barra de acero reforzada y esperó.
El dron giró su torreta hacia Lyra, exponiendo por un instante su parte trasera.
Caleb saltó, clavando la barra con toda su fuerza en la ranura de ventilación.
—¡Cúbrete!
Caleb tiró de Lyra hacia un nicho en la pared justo cuando el dron emitía un silbido agudo y estallaba en una lluvia de chispas y fragmentos de cristal.
El Hallazgo en la Oscuridad Lyra se limpió el polvo de la armadura, mirando a Caleb con una expresión nueva.
Ya no era solo protección lo que veía en sus ojos; era curiosidad.
—Has aprendido a usar el Nexo para encontrar debilidades —comentó ella—.
La mayoría de los Guardianes solo usan la fuerza bruta.
Eres un cirujano entre carniceros, Caleb.
Siguieron descendiendo hasta llegar a una sala de servidores que parecía una catedral de metal.
En el centro, flotando en una cápsula de estasis dañada, había un pequeño dispositivo en forma de prisma: un Sincronizador de Éter.
—Eso es lo que Jax quería que encontraras —dijo Lyra—.
Es un amplificador.
Si lo conectas al Núcleo, podrías desbloquear el primer mapa.
Caleb se acercó a la cápsula.
Al tocar el cristal, una descarga de datos inundó su mente.
No eran solo números; eran visiones.
Vio a Malphas, pero más joven, arrodillado ante un trono de luz blanca.
Vio a otros cinco jóvenes, cada uno con un núcleo de distinto color, siendo encadenados por el Consejo.
“El Guardián es la llave, pero la llave debe ser forjada en el fuego de la traición”, resonó una voz en su cabeza.
La Emboscada de la Inquisición Justo cuando Caleb tomaba el prisma, una risa fría resonó en la sala.
Desde las pasarelas superiores, tres figuras descendieron lentamente.
No eran soldados comunes.
Vestían túnicas blancas con refuerzos de Kevlar y máscaras faciales que ocultaban sus rasgos.
—Los Apostatadores —susurró Lyra, colocándose en posición de combate—.
La élite de la Inquisición.
El líder de los tres, un hombre con una cicatriz que le cruzaba el cuello, dio un paso al frente.
En su mano llevaba un guantelete rúnico que brillaba con una luz azul gélida.
—Caleb el Mecánico —dijo el hombre—.
Has causado mucho revuelo en los niveles superiores.
El Consejo ha decidido que ya no eres una batería útil.
Eres un virus que debe ser eliminado.
—Inténtalo —desafió Caleb, sintiendo cómo el prisma en su mano empezaba a latir al unísono con su corazón.
Caleb miró a Lyra.
Sabía que ella no podría contra los tres a la vez en su estado debilitado.
Miró el prisma y luego la esfera en su mochila.
No podía simplemente huir.
—Lyra, cuando diga “fuego”, cierra los ojos —instruyó Caleb en voz baja.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a hacer lo que mejor sé hacer: voy a sobrecargar el sistema.
Caleb conectó el prisma directamente a la esfera gris.
El objeto, que había estado apagado, emitió un rugido sónico.
La luz que salió de él no fue púrpura, sino un blanco puro, deslumbrante, que barrió la sala de servidores como una onda expansiva.
Los Apostatadores gritaron, sus guanteletes rúnicos estallando ante la interferencia de una frecuencia que no podían controlar.
—¡Ahora!
—gritó Caleb.
Aprovechando la ceguera de sus enemigos, Lyra se movió como un rayo de plata, dejando fuera de combate a dos de los inquisidores en segundos.
El líder intentó retroceder, pero Caleb, impulsado por una velocidad que su sistema le otorgaba momentáneamente, lo alcanzó y le arrebató el guantelete.
El líder de los Apostatadores cayó de rodillas, mirando a Caleb con terror.
—Tú…
no eres un Guardián…
eres algo más…
—Soy el que va a terminar con sus juegos —respondió Caleb, su voz resonando con una autoridad que sorprendió incluso a Lyra.
Hacia la superficie Con los enemigos derrotados y el prisma en su poder, Caleb y Lyra emprendieron el camino de regreso.
Pero el mundo que dejaron atrás ya no era el mismo.
Al salir de las ruinas, Caleb miró hacia las torres de la Corporación Aethelgard.
Ahora podía verlas por lo que realmente eran: gigantescos pararrayos de éter que robaban la energía vital de la ciudad.
—El mapa está activo —dijo Caleb, mirando la esfera.
Sobre su superficie, seis puntos rojos parpadeaban en diferentes coordenadas del globo—.
El primer núcleo está en la Ciudad Flotante de Neo-Vaticano.
Lyra envainó su espada y le dedicó una sonrisa de orgullo.
—Entonces es hora de que el mecánico aprenda a volar.
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