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El Despertar del Guardián - Capítulo 15

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15: Trueno sobre los Suburbios 15: Trueno sobre los Suburbios El viento a quinientos metros de altura no era aire; era un látigo de frío y hollín.

Caleb sentía cada ráfaga impactando contra el chasis de su nueva armadura, pero gracias al Exo-Traje de Interfaz, el impacto no se traducía en dolor, sino en datos.

—Caleb, mantén la formación —la voz de Lyra llegó a través de su comunicador interno, clara y cortante—.

Los transportes de la Inquisición clase Serafín tienen escudos de fase.

No intentes perforarlos con fuerza bruta.

Caleb ajustó los propulsores de sus botas.

El mundo abajo era una alfombra de luces industriales agonizantes.

Sobre ellos, una mole de metal negro y luces estroboscópicas rojas descendía como un depredador: el transporte de la Inquisición.

—No voy a dispararle desde afuera, Lyra —respondió Caleb, sintiendo el flujo de energía dorada del Núcleo alimentando sus circuitos—.

Voy a entrar.

El Salto de Fe Caleb se inclinó hacia adelante, rompiendo la inercia.

Sus botas emitieron un estallido de luz dorada, propulsándolo hacia el transporte.

A medida que se acercaba, las torretas automáticas de la nave se activaron.

Una lluvia de proyectiles de energía azul trazó arcos en la oscuridad.

En la visión de Caleb, el aire se llenó de líneas rojas que predecían la posición de los disparos.

Se movió con una agilidad que nunca habría tenido como simple humano.

Giró sobre su eje, esquivando una ráfaga por centímetros, y activó el modo de sobrecarga momentánea en sus guanteletes.

—¡Caleb, los escudos están activos!

—advirtió Lyra, quien se deslizaba por el aire usando su capa de sombras, cubriéndole las espaldas.

—¡Yo soy la llave, recuerda!

Caleb extendió la mano hacia el campo de fuerza del transporte.

En lugar de chocar contra él, usó su Interrupción de Flujo.

Sus dedos tocaron el plasma invisible y, por un microsegundo, la frecuencia del escudo se sincronizó con el latido del Núcleo en su pecho.

El campo de fuerza se abrió como una membrana orgánica, permitiéndole pasar.

Impactó contra la cubierta superior del Serafín con un estruendo metálico.

Combate en el Puente de Cubierta Apenas sus botas tocaron el metal, la escotilla de emergencia se abrió y seis soldados de élite —los Pacificadores de Aethel— salieron con sus lanzas de choque en alto.

—¡El intruso está en el casco!

—gritó uno de ellos.

Caleb no esperó.

Su mente procesaba la escena a una velocidad absurda.

Veía los servomotores de las armaduras de los soldados, los puntos de fatiga en sus articulaciones.

Caleb se lanzó hacia el primer soldado.

En lugar de un golpe de puño, ejecutó una descarga de baja frecuencia directamente en la unión del cuello de la armadura enemiga.

El soldado cayó instantáneamente, su sistema nervioso temporalmente desconectado por la interferencia del Núcleo.

Lyra aterrizó justo detrás de él, su espada de plata trazando un arco de muerte.

En menos de diez segundos, la cubierta estaba despejada.

—Eres eficiente —admitió Lyra, aunque su tono seguía siendo profesional—.

Pero el Inquisidor jefe no se rendirá tan fácilmente.

Está intentando estabilizar el cañón de partículas para disparar contra el refugio de Jax.

—No si yo lo rompo primero.

El Sabotaje: El Corazón de la Nave Caleb hundió sus dedos en el panel de control de la escotilla principal.

No necesitó herramientas.

Su sistema de interfaz comenzó a descargar virus de éter directamente en la red de la nave.

Bajaron por los niveles de la nave, enfrentándose a una resistencia cada vez más feroz.

Caleb utilizaba el entorno a su favor: sobrecargaba las luces para cegar a los guardias, bloqueaba las puertas hidráulicas para aislar a los refuerzos y drenaba la energía de los rifles enemigos simplemente estando cerca.

Al llegar al núcleo de energía de la nave, se encontraron con el Inquisidor Valerius.

No era un hombre alto, pero su presencia llenaba la habitación.

Su brazo derecho era una prótesis masiva de cristal de éter que brillaba con una luz roja maligna.

—Mecánico —dijo Valerius, su voz filtrada por un respirador—.

Has tomado algo que no te pertenece.

La chispa del Guardián es propiedad de la Corporación.

—Esta “propiedad” tiene opinión propia —respondió Caleb, activando los escudos de su traje.

Valerius cargó.

Su brazo de cristal golpeó el suelo, creando una onda expansiva que lanzó a Lyra contra los generadores.

Caleb se mantuvo firme, usando los anclajes magnéticos de sus botas.

La batalla fue un caos de metal y luz.

Valerius era fuerte, capaz de demoler columnas de acero con un solo golpe, pero Caleb era más rápido y, sobre todo, entendía la máquina mejor que su propio portador.

—Tu brazo está sobrecalentándose, Valerius —dijo Caleb, esquivando un golpe descendente—.

El diseño de Aethelgard siempre tuvo ese fallo: mucha potencia, poca disipación.

—¡Cállate, despojo de los suburbios!

Caleb esperó el momento exacto.

Cuando Valerius levantó el brazo para un golpe final, Caleb no esquivó.

Atrapó la extremidad de cristal con ambas manos.

El calor quemó las capas exteriores de su armadura, pero el sistema de Caleb estaba haciendo algo diferente: estaba “recalibrando” la prótesis del enemigo.

—¡Devuélvele la energía!

—rugió Caleb.

La luz dorada del Núcleo fluyó desde su pecho, a través de sus brazos, y se inyectó en el brazo de Valerius.

Las frecuencias chocaron.

El cristal rojo se tornó blanco, luego comenzó a agrietarse.

Con un grito de agonía, el Inquisidor fue lanzado hacia atrás mientras su prótesis estallaba en mil fragmentos de vidrio inerte.

El Escape y la Revelación La nave Serafín comenzó a inclinarse.

La explosión del brazo de Valerius había dañado el regulador de altitud.

—¡Tenemos que irnos, ahora!

—gritó Lyra, recuperándose y tomando a Caleb del brazo.

Corrieron hacia la rampa de carga trasera mientras la nave comenzaba su descenso fatal hacia el desierto industrial fuera de la ciudad.

Saltaron al vacío justo antes de que el transporte se estrellara en una bola de fuego naranja que iluminó el horizonte por kilómetros.

Caleb y Lyra aterrizaron pesadamente en una duna de ceniza.

Caleb se arrodilló, jadeando, mientras su armadura humeaba.

—Lo logramos —susurró Caleb, mirando sus manos.

Seguían temblando, pero ya no de miedo, sino de un poder que finalmente estaba empezando a dominar.

Lyra se acercó a él y, por primera vez, puso una mano en su nuca en un gesto de camaradería casi familiar.

—Has demostrado que el equipo de Jax funciona.

Pero mira el cielo, Caleb.

Caleb levantó la vista.

Neo-Vaticano, la ciudad flotante que antes era una mancha lejana en el horizonte, ahora brillaba con una intensidad inusual.

Cientos de luces blancas se encendieron en su base.

—Nos están esperando —dijo Lyra—.

Han activado el Protocolo de Exterminio.

Ya no vendrán transportes pequeños.

Van a bajar la ciudad entera si es necesario para aplastarnos.

Caleb se puso en pie, ajustando el Núcleo dorado que ahora latía con una luz serena en su pecho.

—Entonces vamos a darles algo que no puedan procesar.

Jax dijo que el mecánico había muerto.

Pues el Guardián acaba de actualizarse.

A lo lejos, el mapa holográfico en la mente de Caleb marcó el siguiente punto: La Catedral de los Datos, Neo-Vaticano.

El viaje hacia el primer Núcleo de Aire por fin comenzaba de verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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