El Despertar del Guardián - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 La Ciudad de los Santos de Silicio
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16: La Ciudad de los Santos de Silicio 16: La Ciudad de los Santos de Silicio Neo-Vaticano no flotaba por milagro, sino por la fuerza bruta de miles de turbinas de éter que mantenían millones de toneladas de mármol y acero suspendidas sobre las nubes.
Desde la distancia, parecía una joya blanca coronada por agujas que rascaban el cielo, pero para Caleb, gracias a su HUD de Combate, la ciudad era un sistema complejo de flujos de energía que alimentaban un régimen de control absoluto.
—Si nos detectan los radares de fase, no llegaremos ni a la zona de aterrizaje —advirtió Lyra.
Ambos estaban agazapados en la bodega de un carguero de suministros automatizado que habían interceptado en los límites de la estratosfera.
Caleb no respondió de inmediato.
Estaba concentrado en la interfaz de su casco.
Las líneas de datos del Sincronizador de Éter estaban trazando un mapa de calor sobre la estructura de la ciudad flotante.
—Tengo la frecuencia de los drones de patrulla —dijo Caleb, sus dedos moviéndose en el aire como si tocara un piano invisible—.
Voy a inyectar un bucle de datos en su red local.
Para ellos, este carguero seguirá vacío.
El Desembarco en el Sector de Carga El carguero se acopló con un sordo estruendo metálico en el Muelle 14.
Caleb y Lyra se deslizaron fuera antes de que los brazos robóticos de descarga comenzaran su trabajo.
El aire aquí arriba era distinto: frío, cargado de incienso sintético y tan puro que resultaba irritante para alguien acostumbrado al humo de las fundiciones.
—El Núcleo de Aire está en la base de la Catedral —susurró Lyra, verificando el filo de su espada—.
Es el que genera la sustentación de toda la isla.
Si lo tomamos, la ciudad empezará a perder altura.
—No quiero que caiga —replicó Caleb—.
Hay miles de civiles aquí arriba que no tienen idea de que su “paraíso” funciona con sangre de Guardianes.
Solo quiero desconectarlo de la red de Aethelgard.
A medida que avanzaban por los pasillos de mármol blanco y fibra de vidrio, Caleb notó que la gente aquí vestía túnicas de seda con circuitos integrados.
Era una sociedad que adoraba la tecnología como si fuera una deidad.
En cada esquina había estatuas de antiguos Guardianes, pero estaban representados como mártires, no como guerreros.
El Laberinto de Espejos Para llegar a la Catedral, debían cruzar el Jardín de las Delicias Digitales, una plaza enorme donde la vegetación era holográfica y respondía al estado de ánimo de los transeúntes.
—¡Espera!
—Caleb detuvo a Lyra de un tirón.
Frente a ellos, el suelo estaba cubierto por un patrón de luz casi imperceptible.
Si alguien que no estuviera registrado en la base de datos de la Corporación lo pisaba, se activaría un protocolo de contención.
—¿Puedes saltarlo?
—preguntó Lyra.
—Puedo hacer algo mejor.
Puedo “pedir prestado” un perfil.
Caleb se concentró en un sacerdote de bajo rango que caminaba unos metros más adelante.
Usando su Interrupción de Flujo, Caleb no atacó, sino que “escaneó” la firma genética que el sacerdote emitía hacia los sensores.
Luego, configuró su propia armadura para que imitara esa misma frecuencia.
—Camina exactamente detrás de mí —instruyó Caleb—.
El sistema creerá que somos una sola firma autorizada.
Cruce tras cruce, Caleb sentía cómo el sudor perlaba su frente.
Mantener la suplantación de identidad consumía su energía mental a un ritmo alarmante.
El Encuentro con el Prelado Justo antes de entrar en la Catedral, una figura imponente les cortó el paso.
No era un soldado, sino un Prelado del Consejo, un hombre cuya mitad izquierda del rostro había sido reemplazada por un procesador de éter expuesto.
—Hijo de la chatarra —dijo el Prelado, su voz era una mezcla de armónicos humanos y digitales—.
Tu llegada estaba prevista en las ecuaciones de Malphas.
No eres un error del sistema; eres una variable que ya hemos despejado.
—Entonces tu matemáticas son tan viejas como tus dioses —respondió Caleb, preparándose para la pelea.
El Prelado no usaba armas físicas.
Extendió su mano y el aire alrededor de Caleb se volvió denso, como si la gravedad se hubiera multiplicado por diez.
Era un ataque directo al Exo-Traje.
—¡Lyra, no puedes acercarte!
¡Su aura drena la energía cinética!
—gritó Caleb, luchando por mantenerse en pie.
—¡Entonces usa el Núcleo!
—respondió ella, intentando flanquear al enemigo pero siendo repelida por una pared de presión invisible.
Caleb comprendió que no podía ganar una pelea de fuerza contra alguien que controlaba la física del lugar.
Tenía que jugar como un mecánico.
Miró las turbinas que zumbaban bajo el suelo de cristal de la plaza.
“Si el Prelado controla la gravedad del área, debe estar anclado a un regulador local”, pensó.
Ahí estaba.
Una pequeña rejilla de ventilación a tres metros del Prelado.
Era el punto de anclaje de sus sistemas de control ambiental.
Caleb no atacó al hombre; disparó una ráfaga de energía dorada desde su palma directamente hacia la rejilla.
El efecto fue instantáneo.
La gravedad artificial de la plaza colapsó.
El Prelado, que estaba concentrado en aplastar a Caleb, perdió el equilibrio cuando el suelo dejó de empujar hacia arriba.
En ese segundo de desorientación, Lyra se lanzó como un rayo de plata.
Su espada no cortó carne, sino que seccionó el procesador en el rostro del Prelado.
El hombre emitió un grito de estática pura antes de desplomarse, sus circuitos echando chispas.
La Puerta de la Catedral Caleb cayó de rodillas, respirando con dificultad.
Su visión se volvía borrosa por el esfuerzo.
—No podemos detenernos —dijo Lyra, ayudándolo a levantarse—.
El Prelado era solo el portero.
La muerte de su sistema ha alertado a toda la ciudad.
En cinco minutos, este lugar estará infestado de Inquisidores.
Frente a ellos, las puertas de la Catedral de los Datos —hechas de un metal translúcido que parecía respirar— empezaron a abrirse.
Una luz azul cian, fría y majestuosa, emanaba desde el interior.
Era el brillo del Núcleo de Aire.
Caleb ajustó su guantelete.
Podía sentir el Núcleo en su pecho latiendo con fuerza, reconociendo a su “hermano” dentro de la catedral.
—Vamos a terminar esto —dijo Caleb—.
Y luego, vamos a ver si esta ciudad realmente sabe volar sin sus cadenas.
Entraron en la catedral justo cuando las alarmas de Neo-Vaticano empezaban a aullar, un sonido que parecía el llanto de un dios de metal.
El primer gran robo del Nexo estaba a punto de alcanzar su clímax.
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