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El Despertar del Guardián - Capítulo 18

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18: Las Lágrimas del Océano 18: Las Lágrimas del Océano El rugido del viento no era un sonido, sino un peso físico que Caleb sentía en cada centímetro de su armadura.

Neo-Vaticano, la joya de los cielos, se reducía a una mota de luz intermitente en la distancia, envuelta en las nubes de tormenta que el propio Caleb había conjocado para cubrir su huida.

En su pecho, el Núcleo de Aire latía con una luz cian rítmica, una frecuencia que parecía querer reescribir el ritmo de su propio corazón.

Lyra se aferraba a su brazo, su capa de sombras ondeando violentamente mientras se deslizaban a velocidades que habrían desintegrado a un ser humano normal.

Caleb no solo volaba; él era el aire.

Sentía las corrientes térmicas, los vacíos de presión y, sobre todo, la estela de calor de los interceptores de Aethelgard que se negaban a abandonar la caza.

—¡Vienen por el flanco derecho!

—gritó Lyra, su voz filtrada por el comunicador del casco, cargada de una urgencia que Caleb rara vez le escuchaba.

Caleb no giró la cabeza.

No lo necesitaba.

Su mente, ahora operando en un nivel de sincronización que rozaba lo peligroso, percibía el desplazamiento de masa detrás de ellos.

Cerró los puños y, con un pensamiento, ordenó a las moléculas de aire detrás de él que se comprimieran violentamente.

Un muro de aire sólido, tan duro como el acero, se materializó de la nada.

Los dos cazas principales chocaron contra la barrera invisible y estallaron en una lluvia de magnesio y fuego que iluminó la noche por un breve instante antes de ser devorada por la tormenta.

—Estamos perdiendo altitud —dijo Caleb, y su propia voz le sonó extraña, como si hablara desde el fondo de un pozo—.

El Núcleo de Aire es inestable cuando está cerca del Núcleo Dorado.

Se están rechazando.

El Desgaste del Guardián A medida que descendían hacia las capas inferiores de la atmósfera, el azul brillante de la armadura comenzó a parpadear.

Caleb sintió una punzada de dolor agudo en la base del cráneo.

La integración total con el sistema de la ciudad flotante había dejado cicatrices en su red neuronal.

Cada vez que manipulaba el viento, sentía que un fragmento de sus propios recuerdos —el olor de la lavandería de su madre, el sabor del pan duro en el depósito de chatarra— se quemaba para alimentar la máquina.

—Caleb, mírame —ordenó Lyra, obligándolo a nivelar el vuelo sobre la superficie oscura del océano—.

Tienes que desconectarte del flujo.

Si sigues intentando sentir cada corriente de aire del planeta, tu cerebro se freirá antes de que lleguemos a las coordenadas.

Caleb parpadeó, y el mundo recuperó sus colores normales.

El HUD de su casco dejó de mostrar miles de vectores de viento para centrarse en lo vital: sus niveles de oxígeno y la integridad de la armadura, que apenas rozaba el cuarenta por ciento.

—El mapa dice que es aquí —susurró Caleb, observando la inmensidad del agua negra bajo ellos.

El Umbral del Abismo El Abismo Ciego no era solo un nombre poético.

En medio del Océano Ecuatorial, existía una anomalía magnética que los navegantes habían evitado durante siglos.

Era una fosa de diez kilómetros de profundidad donde la Corporación Aethelgard había construido su instalación más secreta: la Estación Hidra.

Allí, según el mapa de datos que Caleb había extraído, se custodiaba el Núcleo de Agua, el motor que regulaba las mareas y el clima de todo el hemisferio sur.

El agua abajo comenzó a arremolinarse.

No era un remolino natural; las corrientes se movían con una precisión matemática, formando una espiral que descendía hacia la oscuridad total.

—Esa es la entrada —dijo Lyra, ajustando los sellos de su armadura—.

Una vez que crucemos el umbral de presión, no habrá vuelta atrás.

Mi espada no será de mucha ayuda en el fondo marino, y tu manipulación del aire será inútil.

—Lo sé —respondió Caleb, aterrizando suavemente sobre una plataforma de boyas metálicas que marcaban el centro de la anomalía—.

Pero el Núcleo de Aire no es solo para volar.

Jax dijo que cada núcleo es una clave.

El aire puede crear burbujas de vacío.

Solo necesito que el traje aguante la profundidad.

El Descenso a la Oscuridad Saltaron al centro del remolino.

El impacto contra el agua fue como golpear una pared de ladrillos, pero Caleb activó de inmediato el campo de presión de su armadura.

Una burbuja de aire cian se formó alrededor de ellos, manteniendo el océano a raya mientras se hundían como piedras hacia las profundidades.

La luz del sol desapareció en cuestión de segundos.

El azul se volvió turquesa, luego un azul profundo, y finalmente, una negrura absoluta donde solo brillaban los filamentos dorados del traje de Caleb.

A cinco mil metros de profundidad, la presión era tan inmensa que los paneles de fibra de carbono de la armadura empezaron a crujir.

Caleb tuvo que concentrar toda su energía mental en reforzar el campo de fuerza.

—Estamos entrando en el perímetro de seguridad de la Estación Hidra —advirtió Lyra, señalando hacia abajo.

En el fondo del abismo, unas luces rojas empezaron a parpadear.

No eran luces de posición, sino sensores de movimiento biotecnológicos.

Eran las “Lágrimas del Océano”, minas inteligentes que Aethelgard había diseñado para detectar cualquier perturbación en la frecuencia del éter.

Caleb sintió cómo el Núcleo en su pecho se agitaba.

El Núcleo de Agua, enterrado profundamente bajo ellos, estaba “llamando” a su hermano de aire.

El agua alrededor de la burbuja empezó a vibrar con una intensidad feroz.

La Trampa de la Hidra De repente, la oscuridad se rompió.

Una serie de focos de alta potencia se encendieron, revelando la estructura de la Estación Hidra: una serie de cúpulas de cristal reforzado conectadas por tubos de transporte que recordaban a los tentáculos de una medusa gigante.

—Intrusos detectados —una voz metálica resonó a través del agua, transmitida por vibraciones que hicieron temblar los pulmones de Caleb—.

Protocolo de contención hidrostática activado.

El agua alrededor de su burbuja de aire comenzó a espesarse.

Caleb intentó empujar hacia afuera con su poder de viento, pero el líquido se negaba a moverse.

Era agua pesada, saturada de partículas de metal que respondían a un mando magnético externo.

—¡Nos están comprimiendo!

—gritó Lyra.

Caleb vio cómo el HUD de su casco se llenaba de advertencias.

La presión exterior estaba subiendo a niveles que ni siquiera su armadura de grado S podía soportar.

Sus costillas empezaron a doler, y una línea de sangre corrió por su nariz.

—Caleb, tienes que usar el Núcleo de Aire para algo más que defensa —dijo Lyra, su voz sonando amortiguada por la falta de oxígeno—.

Tienes que convertir el aire en un proyectil térmico.

¡Crea una cavitación!

Caleb cerró los ojos, ignorando el dolor punzante en su pecho.

Visualizó el agua no como un enemigo, sino como una máquina que necesitaba ser desestabilizada.

En lugar de empujar el agua, comenzó a calentar el aire dentro de su burbuja a una velocidad frenética.

Las moléculas empezaron a chocar, creando un vacío térmico.

—¡Ahora!

—rugió Caleb.

La burbuja de aire estalló hacia afuera en un fenómeno de supercavitación.

Una onda de choque de vapor caliente se expandió, rompiendo el agarre magnético del agua pesada y lanzándolos hacia adelante, directamente contra el muelle de atraque de la estación.

Atravesaron la membrana de energía del muelle y cayeron sobre el suelo metálico de una cámara de descompresión, empapados y exhaustos.

El agua fue drenada rápidamente por potentes bombas, dejándolos en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido metálico de sus propias respiraciones agitadas.

El Corazón del Abismo Caleb se quitó el casco, tosiendo y tratando de recuperar el aliento.

El aire dentro de la Estación Hidra olía a sal y a productos químicos fríos.

Lyra se puso de pie, su espada ya en la mano, observando los pasillos estériles que se extendían ante ellos.

—Estamos dentro —dijo ella, ayudando a Caleb a levantarse—.

Pero siente eso, Caleb.

Él puso su mano sobre la pared de metal.

La estructura entera vibraba con un ritmo lento y pesado, como el latido de un corazón sumergido.

A diferencia del Núcleo de Aire, que se sentía como un grito constante de libertad, la presencia del Núcleo de Agua en este lugar se sentía como una tristeza infinita, una voluntad que había sido encadenada en la oscuridad durante demasiado tiempo.

—Está sufriendo —susurró Caleb, y por primera vez, no fue una inferencia de sus sensores, sino una conexión real—.

La Corporación no solo está usando el núcleo para obtener energía.

Lo están drenando.

Caleb se ajustó la placa del pecho, donde los dos núcleos ahora brillaban con una luz tenue.

La sincronización ya no era un porcentaje en su pantalla; era una sensación de propósito que recorría sus nervios.

—Vamos a sacarlo de aquí —sentenció Caleb—.

Y si tenemos que ahogar a toda la Inquisición en el proceso, que así sea.

Se adentraron en el corazón de la Estación Hidra, dos sombras en una tumba de cristal, sin saber que en el centro de la base, algo mucho más antiguo y peligroso que un Inquisidor los estaba esperando en la penumbra del agua.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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