El Despertar del Guardián - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Los Corredores de Ceniza
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21: Los Corredores de Ceniza 21: Los Corredores de Ceniza El suelo de las Tierras del Magma no era sólido; era una costra quebradiza de basalto que flotaba sobre un mar de fuego líquido.
Cada paso que Caleb daba con sus botas reforzadas provocaba un siseo de vapor.
El aire, saturado de azufre y partículas de carbono, habría colapsado los pulmones de cualquier habitante de los suburbios en cuestión de minutos, pero Caleb ahora operaba bajo el Protocolo de Termorregulación Etérica.
—Mantén el flujo de agua en las articulaciones de la armadura —advirtió Lyra, cuya espada de plata emitía un vapor constante al contacto con el ambiente—.
Si el metal se dilata demasiado por el calor, perderás movilidad.
Y en este lugar, la lentitud es una sentencia de muerte.
Caleb asintió, concentrado.
En su HUD, una nueva barra de estado parpadeaba en un tono naranja vibrante.
De repente, una ráfaga de movimiento detectada por su Cálculo de Fluidez hizo que Caleb se detuviera en seco y extendiera un brazo para frenar a Lyra.
De las sombras de un pilar de obsidiana, tres figuras surgieron con una rapidez asombrosa.
No eran soldados de la Inquisición; vestían capas hechas de piel de salamandra tratada y máscaras de gas de diseño artesanal.
Empuñaban arpones térmicos conectados a tanques de presión en sus espaldas.
—No den un paso más, hijos del cielo —dijo el que parecía el líder, un hombre con una voz rasposa y ojos amarillentos por la ictericia del azufre—.
Este territorio pertenece a los Corredores de Ceniza.
Aquí no llega la luz de Neo-Vaticano, y no permitiremos que traigan su guerra a nuestras minas.
—No venimos de parte del Consejo —dijo Caleb, levantando las manos para mostrar que no empuñaba armas, aunque el brillo cian de sus guanteletes era difícil de ignorar—.
Venimos a apagar la Forja de Vulcano.
Los rebeldes intercambiaron miradas de incredulidad.
El líder soltó una carcajada amarga.
—¿Apagar la Forja?
Esa máquina es lo que mantiene viva a la Corporación y lo que nos esclaviza a nosotros.
Miles han muerto intentando acercarse al reactor.
¿Qué los hace diferentes a ustedes?
¿Esa armadura brillante?
Caleb no respondió con palabras.
Se concentró en el calor del suelo y, usando una fracción del poder del Núcleo de Agua, condensó la humedad del aire sulfuroso.
En un segundo, una esfera de agua pura flotó sobre su palma, desafiando las leyes térmicas del lugar.
El líquido no se evaporaba; giraba con una fuerza centrífuga perfecta.
—Soy mecánico —dijo Caleb—.
Y sé que esa Forja está sobrecargando las placas tectónicas de este sector.
Si no sacamos el Núcleo de Fuego, este continente entero estallará en menos de un mes.
El líder de los rebeldes, cuyo nombre era Kael, bajó su arpón lentamente.
Miró la esfera de agua —un recurso más valioso que el oro en estas tierras— y luego los ojos decididos de Caleb.
—Si hablas en serio, entonces necesitas nuestra ayuda —dijo Kael—.
La Inquisición ha desplegado a los Centinelas de Magma en la puerta principal.
Son máquinas de tres metros de altura con núcleos de calor que derretirían tu acero en segundos.
Pero nosotros conocemos los túneles de ventilación de la base…
los “Venas de Vulcano”.
Infiltración en la Forja de Vulcano Bajo la guía de los Corredores de Ceniza, Caleb y Lyra se adentraron en un laberinto de túneles naturales que serpenteaban por debajo de la megaestructura de acero negro que era la Forja.
El calor aquí era tan intenso que la visión de Caleb empezaba a distorsionarse, pero el Núcleo de Agua en su pecho trabajaba a máxima potencia, creando una micro-atmósfera de frescura que protegía también a Lyra.
—Estamos justo debajo del reactor principal —susurró Kael, señalando una escotilla de mantenimiento reforzada con sellos de plasma—.
Más allá de esta puerta está la sala de drenaje térmico.
Si logran entrar, estarán a menos de cien metros del Núcleo de Fuego.
Pero tengan cuidado: el Guardián de este núcleo no es una persona.
Es una inteligencia artificial integrada en el mismo magma.
Caleb puso su mano sobre la escotilla.
Usando su Interrupción de Flujo, sintió los electrones del sello de plasma.
En lugar de romperlo, “convenció” al sistema de que él era un técnico de mantenimiento autorizado.
La puerta se deslizó sin hacer ruido.
La Sala de Drenaje Crítico Lo que encontraron al otro lado era una pesadilla de ingeniería.
Enormes tuberías transparentes transportaban magma puro hacia generadores gigantescos.
En el centro de la sala, suspendido en un campo magnético sobre un pozo de lava blanca, se encontraba el Núcleo de Fuego.
A diferencia del Aire o el Agua, este núcleo era una masa caótica de luz roja y naranja que parecía rugir incluso en el vacío.
—¡Ahí está!
—exclamó Lyra, pero antes de que pudiera dar un paso, el magma del pozo comenzó a subir, tomando una forma humanoide masiva.
No era carne, era roca fundida y energía pura.
El Centinela de Magma Alfa se alzó, su “rostro” era una hendidura de luz blanca que escaneó a los intrusos.
—Intrusión detectada en el Ciclo de Fusión —la voz del Centinela era como el choque de dos montañas—.
El Guardián Digital ha venido a reclamar lo que no puede controlar.
El Centinela golpeó el suelo, y una ola de fuego sólido se desplazó hacia ellos.
—¡Caleb, usa el Agua!
—gritó Lyra, saltando hacia una plataforma superior para buscar un ángulo de ataque.
Caleb extendió ambos brazos.
Sabía que no podía simplemente apagar al Centinela; la diferencia de temperatura crearía una explosión de vapor que los mataría a todos.
Tenía que ser más preciso.
Caleb no lanzó agua líquida.
Creó una Cavitación de Vapor de Alta Presión.
Combinó el frío del agua con la velocidad del aire, creando proyectiles de vapor invisibles que impactaron contra las articulaciones del gigante de magma.
Al tocar la roca fundida, el vapor se expandía instantáneamente, creando micro-explosiones que empezaron a fragmentar la estructura del Centinela.
—¡Ahora, Lyra!
—rugió Caleb.
Lyra se lanzó desde la plataforma, su espada imbuida con la energía cian que Caleb le transfería a través del suelo.
El acero de plata, ahora a una temperatura bajo cero, atravesó el pecho del gigante.
El choque térmico fue tan violento que el Centinela de Magma se resquebrajó, convirtiéndose en obsidiana inerte en cuestión de segundos.
El Despertar del Fuego Caleb corrió hacia el Núcleo de Fuego.
Al acercarse, su armadura empezó a emitir alarmas de fallo crítico.
El calor estaba superando la capacidad de refrigeración del sistema.
—¡Caleb, es demasiado!
¡Tu sincronización está subiendo demasiado rápido!
—advirtió Lyra, viendo cómo las líneas del traje de Caleb pasaban del azul al naranja incandescente.
Caleb ignoró las advertencias.
Introdujo su mano en el campo magnético.
El dolor fue indescriptible; sintió como si su ADN estuviera siendo reescrito por el fuego.
Pero en medio de la agonía, vio la estructura del núcleo.
Vio que el fuego no era destrucción, era transformación.
Era la chispa que el mecánico usaba para forjar, el calor que hacía que las naves despegaran hacia las estrellas.
—Tú…
no eres mi enemigo —susurró Caleb al núcleo—.
Eres mi motor.
Con un grito que resonó en toda la Forja, Caleb cerró el puño sobre el Núcleo de Fuego.
Una explosión de luz roja envolvió la sala.
El agua y el aire en su cuerpo reaccionaron, creando un equilibrio trinitario.
Cuando la luz se disipó, Caleb estaba de pie en el centro del pozo de lava, pero esta vez, el fuego no lo quemaba.
Las llamas se movían alrededor de su armadura como si fueran parte de él.
Sus ojos, antes marrones, ahora brillaban con un centro dorado, un anillo cian y destellos anaranjados.
—Caleb…
—Lyra se acercó, envainando su espada con cautela.
Parecía asustada por el aura de poder que él emanaba.
Caleb miró hacia arriba.
A través del techo de la Forja, podía sentir a Malphas.
Podía sentir la furia del Consejo ante la pérdida de su fuente de energía principal.
—La Forja se está apagando —dijo Caleb, su voz ahora cargada con una resonancia triple—.
Y con ella, el control de Aethelgard sobre este sector.
Kael, diles a los tuyos que salgan.
El volcán va a entrar en reposo, pero la base va a colapsar.
Kael, que había estado observando desde la escotilla, asintió con una mezcla de terror y respeto sagrado.
—Lo has logrado, chico de la chatarra.
Has apagado el sol de la Inquisición.
Caleb miró a Lyra y extendió su mano, que ahora emitía un calor reconfortante.
—Aún quedan tres.
El de Tierra, el de Luz y el de Oscuridad.
Pero ahora…
ahora ellos son los que tienen que tener miedo del mecánico.
Salieron de la Forja mientras la inmensa estructura de acero empezaba a doblarse bajo su propio peso, una tumba de metal para un imperio que dependía de un fuego que ya no le pertenecía.
En el horizonte, el mapa mental de Caleb mostró la siguiente ubicación: El Desierto de Cristal, el Reino de la Tierra.
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