El Despertar del Guardián - Capítulo 7
- Inicio
- Todas las novelas
- El Despertar del Guardián
- Capítulo 7 - 7 El Umbral del Cristal
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
7: El Umbral del Cristal 7: El Umbral del Cristal —¡Están cerrando la salida!
—gritó Caleb sobre el estruendo de los Cobradores derribando puestos de mercaderes.
Lyra no respondió con palabras.
Agarró a Caleb por la solapa de su chaqueta y lo empujó hacia una grieta en la realidad que palpitaba en un rincón del mercado: un portal de transporte ilegal y sin estabilizar.
—Si saltamos ahí, no sabemos dónde terminaremos —advirtió Caleb, viendo cómo los rayos negros del Velo tiraban de su muñeca.
—Es eso o que Malphas nos diseccione vivos aquí mismo —respondió Lyra.
Se giró, lanzó una última ráfaga de plata con su espada para cegar a los guardias y gritó—: ¡Salta!
Se lanzaron al vacío juntos.
El portal no fue un viaje suave; fue como ser metido en una licuadora de espacio y tiempo.
Debido al Velo, sus cuerpos chocaban una y otra vez mientras la energía púrpura y negra los envolvía en un capullo protector.
Caleb sintió los brazos de Lyra rodear su cuello con fuerza, una acción de puro instinto de supervivencia que lo dejó sin aliento.
Los Bosques de Cristal El impacto contra el suelo fue duro, pero el follaje que amortiguó su caída no era de hojas verdes.
Era vidrio y sílice.
Caleb abrió los ojos y se encontró tumbado sobre Lyra en un claro de un bosque alienígena.
Árboles de cristal de veinte metros de altura se alzaban hacia un cielo de color violeta oscuro.
Las hojas, transparentes y afiladas como navajas, tintineaban con el viento produciendo una melodía metálica.
—¿Estás…
estás viva?
—preguntó Caleb, sin moverse.
Su pecho estaba pegado al de ella, y el Velo emitía un ronroneo de satisfacción al estar en contacto total.
Lyra abrió los ojos, su máscara de frialdad se había quebrado por un momento, mostrando una vulnerabilidad absoluta.
—Estoy viva.
Pero si no te quitas de encima en tres segundos, te cortaré los dedos.
Caleb se apartó rápidamente, pero la cadena de luz negra del Velo le dio una sacudida dolorosa.
Solo pudo alejarse un paso antes de ser tirado hacia atrás.
—Maldita sea —gruñó Lyra, levantándose y sacudiéndose el polvo de cristal de su armadura—.
Estamos en los límites del mundo conocido.
Estos son los Bosques de Cristal.
La magia aquí es tan densa que el Núcleo va a empezar a alimentarse del entorno.
Caleb miró su mochila.
La esfera dorada brillaba con tal intensidad que la lona empezaba a humear.
—Lyra, el Núcleo no se está alimentando…
está llamando.
Desde la profundidad del bosque, un rugido cristalino respondió.
Algo grande, hecho de prismas y hambre, se movía hacia ellos.
—Saca el Núcleo, Caleb —ordenó Lyra, desenvainando su espada rota—.
Si no aprendes a usarlo para pelear en este preciso instante, este bosque será nuestra tumba de cristal.
El rugido que había sacudido los árboles de cristal no se repitió, pero el silencio que le siguió fue mucho más aterrador.
Caleb y Lyra avanzaron con cautela, sus cuerpos rozándose a cada paso debido a la cadena corta del Velo.
—Por aquí —susurró Caleb.
No sabía por qué, pero el Núcleo en su mochila emitía un pulso cálido que lo guiaba hacia el norte, donde la vegetación de sílice se volvía más densa.
Tras caminar lo que parecieron horas bajo el sol violeta, llegaron a un claro circular.
En el centro, no había un monstruo, sino una estatua.
O eso pensó Caleb al principio.
Al acercarse, el corazón se le encogió.
No era una estatua tallada por manos humanas.
Eran dos cuerpos, un hombre y una mujer, completamente convertidos en cristal translúcido.
El hombre estaba de rodillas, sosteniendo una esfera apagada, y la mujer lo rodeaba con sus brazos en un abrazo eterno, protegiéndolo con su propio cuerpo de un ataque que nunca vieron venir.
—Un Guardián y su Protectora —dijo Lyra, su voz apenas un hilo de aire.
Se arrodilló frente a la mujer de cristal, tocando con dedos temblorosos la mejilla fría y transparente—.
Eran de la Era de Plata.
Desaparecieron hace trescientos años.
Caleb se acercó, sintiendo que el Núcleo en su mano vibraba con una tristeza infinita.
—Se convirtieron en esto…
para salvar el Núcleo, ¿verdad?
—Se convirtieron en esto porque el Vínculo de Alma los consumió —respondió Lyra, levantándose bruscamente.
Sus ojos plateados estaban llenos de una chispa de furia—.
Malphas no solo quiere el poder del Guardián; quiere que el Guardián se sobrecargue.
Cuando un Guardián muere por exceso de energía, su Protectora muere con él.
El cristal es el residuo de una explosión de alma.
Caleb miró sus propias manos.
La energía púrpura que antes le parecía un regalo, ahora se sentía como una sentencia de muerte para la mujer que tenía al lado.
—No dejaré que te pase esto —dijo Caleb con firmeza.
Lyra soltó una risa amarga.
—Eso dijeron ellos, Caleb.
Mira cómo terminaron.
El destino no se negocia con buenas intenciones.
De repente, la esfera apagada que sostenía el Guardián de cristal emitió un último destello.
Una proyección de luz comenzó a formarse sobre los cuerpos, como un holograma antiguo.
Era un mensaje grabado en el tejido del tiempo.
”A quien encuentre este nexo…” decía la voz del hombre de cristal, cansada y rota.
“No confíen en el Consejo.
Malphas no es el enemigo externo…
Malphas es el resultado de nuestra propia orden.
El Guardián no es un protector, es una batería.
Huyan.
Encuentren el Séptimo Cristal antes de que el Vínculo los devore.” La imagen se desvaneció, dejando el claro en sombras.
—¿El Séptimo Cristal?
—preguntó Caleb—.
Lyra, ¿sabes de qué habla?
Lyra guardó silencio, mirando el horizonte donde las torres de cristal del bosque se perdían en la bruma.
—Es una leyenda prohibida.
Se dice que es lo único capaz de romper el Vínculo de Alma sin matar a los portadores.
Pero nadie lo ha visto en milenios.
—Entonces seremos los primeros en encontrarlo —sentenció Caleb, ajustando su agarre sobre el Núcleo—.
Porque no voy a dejar que nos convirtamos en estatuas para que otro chico las encuentre dentro de trescientos años.
Lyra lo miró de arriba abajo.
Por primera vez, no vio a un mecánico asustado, sino a un hombre que empezaba a entender el peso de la corona que llevaba.
Sin decir nada, ella acortó la distancia entre ellos, dejando que sus hombros se tocaran para estabilizar el Velo.
—Entonces camina —dijo ella—.
Tenemos mucho mundo que recorrer y muy poco tiempo antes de que Malphas se dé cuenta de que seguimos respirando.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com