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El Despertar del Guardián - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 La Cápsula del Vacío y el Sacrificio de la Luz
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9: La Cápsula del Vacío y el Sacrificio de la Luz 9: La Cápsula del Vacío y el Sacrificio de la Luz El aire en los límites de los Bosques de Cristal dejó de ser cortante para volverse inexistente.

A medida que Caleb y Lyra avanzaban hacia el norte, el tintineo metálico de las hojas de sílice fue reemplazado por un silencio absoluto, un vacío que parecía succionar los pensamientos.

Frente a ellos se alzaba la Cápsula del Vacío, una distorsión en el horizonte donde el cielo violeta se plegaba sobre sí mismo en espirales de negrura infinita.

Caleb apretó las correas de su mochila, sintiendo el calor del Núcleo contra su espalda.

El Velo de Éter, esa cadena de luz negra que lo unía a Lyra, tiraba de su muñeca con una urgencia eléctrica.

Estaban a menos de diez centímetros el uno del otro, una cercanía forzada que permitía a Caleb percibir cada cambio en el ritmo cardíaco de la guerrera.

—El Séptimo Cristal no es una joya, Caleb —susurró Lyra, su voz apenas un hilo en la nada—.

Es una anomalía temporal.

Si la leyenda es cierta, se encuentra en el centro de esta zona de no-tiempo.

—Dijiste que Malphas fue un Guardián.

Si él no pudo encontrarlo para liberarse, ¿qué nos hace pensar que nosotros sí?

—preguntó Caleb, recordando los ojos vacíos del villano en su sueño compartido.

Lyra se detuvo y lo miró.

Sus ojos plateados, ahora salpicados con destellos púrpuras debido a la sincronización, reflejaban una determinación sombría.

—Malphas buscaba el poder para dominar el Nexo, no para renunciar a él.

El Séptimo Cristal solo se revela ante aquellos que están dispuestos a romper el vínculo, no a usarlo como arma.

El Cruce del Umbral Al dar el primer paso dentro de la Cápsula, la gravedad se volvió caprichosa.

Fragmentos de rocas rúnicas flotaban en el aire, moviéndose en órbitas lentas.

Caleb sintió que sus pies perdían contacto con el suelo de cristal, pero la mano de Lyra lo sujetó con firmeza, anclándolo a la realidad.

—No te sueltes —ordenó ella—.

Si nos separamos aquí, el Velo no solo se romperá; nos dispersará por diferentes planos de existencia.

De repente, una figura comenzó a materializarse entre las sombras flotantes.

No era una Sombra del Vacío ni un Cobrador.

Era una proyección de Caleb mismo, pero vestido con la armadura de luz púrpura que había visto en sus visiones, con los ojos blancos y vacíos de humanidad.

—Es una prueba de espejo —advirtió Lyra, desenvainando su espada de plata —.

La Cápsula nos muestra lo que el Núcleo hará de nosotros si no encontramos el equilibrio.

El Caleb sombrío extendió una mano y una ráfaga de energía pura golpeó el escudo que Lyra intentó levantar.

La onda expansiva los lanzó hacia atrás, pero el Velo de Éter actuó como un muelle, obligándolos a chocar entre sí en lugar de salir despedidos.

Caleb sintió el dolor de Lyra en su propio pecho, una punzada aguda en el hombro donde ella aún cargaba la herida del santuario.

—¡Basta!

—rugió Caleb.

No usó la fuerza del Núcleo, sino la conexión del Vínculo de Alma.

Cerró los ojos y buscó la soledad y la esperanza que había sentido en Lyra durante su trance anterior.

En lugar de proyectar poder hacia afuera, Caleb lo atrajo hacia adentro.

El Núcleo en su mano dejó de emitir rayos caóticos y comenzó a brillar con una luz dorada constante, similar a la que vio en la esfera del Guardián de cristal del bosque.

La sombra se disolvió, convirtiéndose en una lluvia de chispas mansas.

El Séptimo Cristal En el centro de la Cápsula, suspendido en un nexo de luz blanca, se encontraba un prisma perfecto que no emitía color alguno.

Era el Séptimo Cristal.

No vibraba con la furia del Núcleo ni con la frialdad del Velo.

Simplemente estaba ahí, existiendo fuera de toda regla.

—Ahí está —dijo Lyra, su voz quebrándose por primera vez—.

El fin de nuestra condena.

Caleb extendió la mano, pero antes de tocarlo, una voz retumbó en las paredes de la realidad.

No era Malphas, sino el eco acumulado de todos los Guardianes que habían fallado antes que él.

“El precio de la libertad es la renuncia.

Para romper el Vínculo, uno debe quedarse atrás para sostener el Nexo, o ambos deben sacrificar su poder para siempre”.

Lyra miró a Caleb.

En ese momento, a través de la sincronización total, él supo lo que ella estaba pensando.

Ella estaba dispuesta a quedarse, a convertirse en una estatua de cristal si eso significaba que él pudiera volver a su vida en el depósito de chatarra, a proteger a su madre sin el peso de un destino cósmico.

—No —dijo Caleb, respondiendo al pensamiento no expresado—.

No vine aquí para salvarme solo.

Vinimos para romper el ciclo.

Caleb tomó la mano de Lyra y, juntos, envolvieron el Séptimo Cristal.

Al contacto, el Velo de Éter en sus muñecas comenzó a brillar con una intensidad cegadora antes de desintegrarse en polvo de estrellas.

La energía púrpura que corría por sus venas fluyó hacia el cristal, que comenzó a absorberla vorazmente.

El dolor fue inmenso, como si les estuvieran arrancando una parte del alma, pero no era la agonía destructiva de Malphas; era una purga.

Poco a poco, la marca del rayo púrpura en sus brazos desapareció.

El Despertar de la Realidad Cuando la luz se disipó, Caleb y Lyra estaban de vuelta en el pequeño ático sobre la lavandería.

La lluvia golpeaba suavemente la claraboya.

El Núcleo descansaba sobre la mesa, ahora apagado y gris, como una piedra común.

Caleb se miró las manos.

Estaban limpias.

Ya no sentía el zumbido constante de la energía en su sangre.

Miró a Lyra, que estaba sentada en el borde de la cama, observando su muñeca libre de la cadena negra.

—¿Se acabó?

—preguntó él, su voz sonando extrañamente normal.

Lyra se levantó con una gracia que ya no era inhumana, sino simplemente atlética.

Se acercó a él.

Ya no había un amuleto que los obligara a estar cerca, pero ella no retrocedió.

—El Vínculo de Alma ha desaparecido —dijo ella, tocando suavemente el pecho de Caleb, donde antes colgaba el amuleto—.

Pero Malphas sigue ahí fuera.

Y ahora que el Núcleo está silenciado, él vendrá por la fuente original: nosotros.

Caleb sonrió, una sonrisa de mecánico que sabe que acaba de arreglar algo que todos daban por perdido.

—Que venga —dijo Caleb—.

Ya no somos su batería.

Y esta vez, no pelearemos porque el destino nos obligue, sino porque nosotros lo elegimos.

En el rincón de la habitación, el Núcleo emitió un último y casi imperceptible destello dorado, como un guiño de un dios que finalmente ha encontrado a sus verdaderos Guardianes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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