EL DESPERTAR DEL HÉROE EN LA OSCURIDAD - Capítulo 11
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11: EL DESPERTAR DEL HÉROE EN LA OSCURIDAD 11: EL DESPERTAR DEL HÉROE EN LA OSCURIDAD 📖 El Legado de Hiroto Kenzaki: Primera Temporada 📖 El Despertar del Héroe en la Oscuridad 🥇 Capítulo 11: La Arrogancia Cósmica y la Muerte Infinita 1.
El Duelo de Soberbia Enfoqué mi vista en la figura que emergía de la fusión de todos los dioses, una entidad cósmica que me miraba como una cucaracha frente a un elefante.
La voz resonó, un eco condescendiente: “¿De verdad planeas luchar?
Eres solo una creación.
Jamás debiste desafiar a tu Dios.” Respondí, dejando que mi egocentrismo llenara el vacío cósmico: “¿Luchar?
No, yo no lucho.
Yo sentencio.” El Dios se burló: “¿Sentenciar al mismo Creador?
Tus acciones merecen ser castigadas.” “Yo soy el que decido si merezco o no.
El destino es cuestión de suerte, pero la suerte los tendrá que acompañar a ustedes para al menos tener una oportunidad de vivir.
Yo soy el destino y la misma ley que desafía cualquier física,” declaré.
“Así que yo soy el que ganará esta batalla.” El Dios se irritó: “¿Y quién te dio la autoridad y el permiso de ganar?
Eres un simple humano y, como humano, debes reconocer tus límites.
Al frente de un Dios, no son más que parásitos invasores.” Solté una carcajada de desprecio: “Yo no pido permiso para ganar, yo exijo la victoria.” Y desafié: “A ver si sus poderes de dioses de porquería les muestran la predicción de sus muertes.” “Mi presión es tu fin, ser humano,” sentenció el Dios.
“Cree lo que quieras.
Al final, solo recordarán que fuiste la basura que pisé,” repliqué.
“Dioses que fusionan poderes sin límites…
¡Es patético!
Porque yo, HIROTO KENZAKI, será su límite.” “Veo que eres muy arrogante, humano.
Ojalá esa arrogancia no se te esfume.
Date por afortunado por ser mi creación, mi rata de laboratorio,” concluyó el Dios.
“¿Rata de laboratorio?
Entonces morirán por su ignorancia y sufrirán hasta no creer que una simple rata de laboratorio los supere.
Lo van a lamentar por siempre y para siempre,” prometí.
“¿Y qué vas a lograr?
Ya toda la destrucción de estos insignificantes planetas ha sido hecha, dime qué harás,” preguntó el Dios.
“¿Destrucción de planetas?
Qué desperdicio.
Yo lo haré mejor.
Yo reconstruiré el universo a mi imagen,” sentencié, poniendo fin a la conversación.
2.
La Carnicería Inicial Absorbí parte de la oscuridad circundante.
Mi objetivo era claro: hacerlo salir de su madriguera.
Miles de ejércitos de los dioses se dirigieron hacia mí.
El sistema me avisó que podía convocar un ejército de 40.000 monstruos de los que derroté.
“Gracias, sistema,” susurré, mientras alzaba mis brazos e invocaba al ejército.
El ejército de los dioses era vasto, pero no me iba a retractar.
Me lancé a la batalla, aniquilando a los enemigos mientras contemplaba la vista de unos cuantos planetas siendo destruidos.
Invoqué a la Reina Demonio, resucitada celular y espiritualmente, y con su ayuda y su habilidad de absorber poder, nuestro ejército se igualó al de los dioses.
La velocidad de la luz era mi aliada, y con el aura de mi traje, expulsé una sed de sangre que congeló a los enemigos.
Con mi habilidad visual, lancé millones de flechas de hielo que regresaban a los enemigos, pero mi vista empeoraba por el uso.
3.
El Horror Psicológico Los dioses convocaron a tres entidades de divinidad.
En un suspiro, aniquilaron la mitad de mi ejército.
Al instante, cortaron la cabeza de la Demonios como si nada.
Cuando dirigieron un ataque hacia mí, sentí que mi cuerpo se detenía, recibiendo la descarga.
Vi la imagen del Dios enviándome a un espacio muy oscuro, quedando inconsciente.
Desperté rodeado por esas tres invocaciones.
Se me mostraron visiones de mis padres siendo devorados, de mi yo del pasado siendo torturado.
Mi mente colapsó.
Luego, el horror: vi la escena donde le hacían a mis compañeras lo que yo le hice a la Reina Demonio.
Quise cerrar los ojos, pero sus voces atormentándome y pidiendo ayuda me obligaron a mirar.
Colapsé por primera vez, sintiendo miedo.
El Dios se acercaba.
Vomitaba sangre.
Mis extremidades eran devoradas en un banquete donde mis propias amigas se burlaban, felices de comer mi carne, riéndose de lo patético que fui.
Todo desapareció.
Mi cuerpo se hacía polvo.
Grité ayuda, pero solo había vacío.
Moría y moría infinitas veces.
Cada muerte era diferente, pero el sufrimiento no se olvidaba.
Mi alma se despedazaba.
No había tiempo para pensar.
[Fin del Capítulo 11: La Muerte Infinita]
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