EL DESPERTAR DEL HÉROE EN LA OSCURIDAD - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 CAPÍTULO 15 EL DECRETO DEL REY CAÍDO
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15: CAPÍTULO 15: EL DECRETO DEL REY CAÍDO 15: CAPÍTULO 15: EL DECRETO DEL REY CAÍDO CAPÍTULO 15: EL DECRETO DEL REY CAÍDO La brisa del atardecer golpeaba el rostro de Hiroto, pero no se sentía como un alivio, sino como una falta de respeto.
Él, que una vez gobernó sobre las leyes que dictaban el movimiento de los astros, ahora era sacudido por un simple cambio de clima.
Hiroto habló con una voz cargada de una arrogancia que resultaba antinatural, casi gótica, saliendo de aquel cuerpo infantil.
—Ustedes están muy débiles —sentenció con una frialdad que cortó el aire—.
Necesitan entrenar hasta que sus almas se quiebren; con ese nivel actual no podrían alcanzar ni el diez por ciento de mi antigua gloria.
Son sombras de lo que necesito que sean.
En silencio, el niño se miró las manos.
Sus palmas eran pequeñas, suaves, sin los callos de la guerra ni las marcas del poder absoluto.
Este cuerpo de cinco años lo limitaba de forma humillante; tendría que recuperar su autoridad poco a poco, como si fuera un vulgar mortal subiendo una montaña.
Aunque mantenía una sonrisa de calma fingida, su mirada se perdió en el horizonte por un breve segundo.
No era miedo —el miedo era un sentimiento primitivo diseñado para los seres que pueden morir—, pero su sabiduría milenaria, esa que precedía a los mangakas de este mundo, le advertía algo.
Un peligro siniestro, una mancha en el guion que nunca había presenciado en sus eones de existencia, se avecinaba.
—Muevan los pies.
Iremos al bosque —ordenó, dándose la vuelta sin esperar respuesta—.
Buscaremos un espacio donde nadie pueda interrumpir mi regreso.
En este mundo, yo decido dónde y cuándo se escribe mi historia.
Al llegar a la espesura, el ambiente cambió.
Las plantas parecían inclinarse al paso del niño, como si la naturaleza misma tuviera mejor memoria que los humanos.
Kanashi observaba cada movimiento de Hiroto con un asombro que rayaba en la locura.
Para ella, él no era una divinidad; era el concepto mismo de la existencia caminando sobre la maleza.
Sentía una mezcla de adoración religiosa y una pena profunda por haber osado dudar de él.
Su corazón latía con una felicidad violenta, y un par de lágrimas calientes empezaron a rozar sus mejillas.
Sin previo aviso, Kanashi se lanzó hacia él.
Lo rodeó con sus brazos con una fuerza desesperada, como si aquel abrazo fuera el único ancla que evitaba que ella se disolviera en la nada.
—Me alegro tanto de que estés con nosotras…
—sollozó Kanashi, hundiendo el rostro en el hombro del niño—.
Perdón por haber dudado de ti, mi único Amo y Señor.
Entrenaré hasta que mi cuerpo se rompa, superaré mis límites por usted…
Dios me ayudará, pero solo porque usted me lo ordena jefe.
Hiroto no se movió.
No correspondió el abrazo; un Rey no consuela a sus súbditos, simplemente acepta su devoción.
Su sonrisa burlona regresó, iluminando su rostro infantil con una malicia divina.
El Rey estaba de vuelta en el tablero, y aunque sus piezas fueran pocas, el juego ya estaba decidido.
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