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EL DESPERTAR DEL HÉROE EN LA OSCURIDAD - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 CAPÍTULO 19 EL RASTREADOR DE LAS ESTRELLAS
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19: CAPÍTULO 19: EL RASTREADOR DE LAS ESTRELLAS 19: CAPÍTULO 19: EL RASTREADOR DE LAS ESTRELLAS 📖 CAPÍTULO 19: EL RASTREADOR DE LAS ESTRELLAS La aurora no trajo la luz habitual.

El cielo, ese lienzo que Hiroto consideraba su propiedad privada, se tiñó de un violeta sintético, una herida cromática que supuraba una energía ajena a las leyes de la naturaleza.

Sentado en el borde de un risco que dominaba el valle, Hiroto observaba el fenómeno con una calma que resultaba insultante ante la magnitud del evento.

No necesitaba radares ni visores de última generación; su Sabiduría de Autor sentía el roce de un “párrafo extraño” intentando insertarse a la fuerza en su mundo.

—Ya está aquí —susurró el niño, y su voz, aunque pequeña, pareció silenciar el canto de las aves—.

El perro faldero de los viajeros ha cruzado la frontera del guion.

Viene buscando una anomalía, sin saber que la anomalía es el único ser real en este teatro de sombras.

A varios kilómetros de allí, en la linde donde el bosque se encontraba con las llanuras, un desgarro en la realidad escupió a un hombre.

No hubo fuego ni explosión, solo un sonido seco, como el de una hoja de papel rasgándose.

El sujeto, envuelto en un traje de combate de aleación líquida que reflejaba el entorno con una precisión inquietante, se puso en pie.

Su nombre era Xylos, un explorador de la “Vanguardia de los Mundos”, un tipo que había catalogado docenas de civilizaciones y que miraba este universo con el desprecio de quien observa un hormiguero bajo un microscopio.

—Coordenadas fijadas.

Presencia de la anomalía confirmada —dijo Xylos, y su voz, procesada por un modulador sintético, sonaba fría y carente de alma—.

El objetivo parece estar estático.

Nivel de amenaza estimado: Insignificante.

Procederé a la extracción para el Príncipe Valerius.

El pago en Hierro Negro será sustancial.

Xylos activó su propulsor silencioso y se internó en la espesura.

No sabía que, desde el momento en que sus pies tocaron la hierba de este mundo, su destino ya no le pertenecía a él, ni a sus jefes, ni a la tecnología de su universo.

Le pertenecía a la pluma de un niño de cinco años.

Mientras tanto, en la penumbra del Palacio Real, el Príncipe Valerius caminaba de un lado a otro en su cámara privada.

A su lado, el Duque Kaelen permanecía inmóvil, una mole de músculos y odio envuelta en una armadura negra.

El brazo derecho del Duque, que debería ser de carne y hueso, era ahora una pesadilla de metal oscuro que palpitaba con una luz rojiza.

Los viajeros le habían prometido que el Hierro Negro lo haría invencible, y él estaba ansioso por probarlo en el cuello de alguien.

—Ese explorador es solo el cebo, Kaelen —dijo Valerius, mirando un monitor de cristal que mostraba el avance de Xylos—.

Si ese niño es realmente lo que los viajeros dicen, una fuente de energía pura que no depende de las leyes de este mundo…

entonces lo quiero.

No para entregárselo a ellos, sino para consumirlo.

La corona de este reino es demasiado pequeña para mi ambición.

Quiero el trono de la realidad misma.

—Déjeme ir, Alteza —gruñó Kaelen, y el metal de su brazo crujió—.

Ese explorador depende demasiado de sus luces y sus juguetes.

Yo tengo el hambre de este mundo corriendo por mis venas.

Si ese niño es un Dios, me gustaría ver cómo sangra un Dios.

De vuelta en el bosque, la atmósfera se volvió densa.

Kanashi, Hikary y Shiteru estaban en posición, fundidas con las sombras de los árboles como si fueran extensiones de la voluntad de Hiroto.

Habían pasado días entrenando bajo una gravedad que les rompía los huesos, y ahora, ante la llegada de un intruso, sentían una sed de acción que rozaba la locura.

Xylos entró en el claro.

Su visor parpadeaba con alertas rojas.

“Error de lectura”, “Firma de energía no catalogada”.

Frustrado, el explorador golpeó el costado de su casco.

—¡Identifícate, error sistémico!

—gritó, apuntando con un cañón de plasma hacia la figura de espaldas del pequeño Hiroto—.

Por orden de la Corona y de la Vanguardia Interdimensional, queda bajo custodia.

No intentes resistencia; este traje puede resistir el impacto de un cometa.

Hiroto soltó una carcajada.

Fue una risa seca, que empezó como el trino de un niño y terminó como el rugido de un volcán antiguo.

Se giró lentamente, revelando esos ojos nublados que parecían ver a través de la armadura, a través de la piel, hasta llegar al código genético de Xylos.

—Es fascinante la arrogancia de los que creen que el metal los hace superiores —dijo Hiroto, dando un paso adelante.

El suelo bajo sus pies pareció vibrar con una autoridad silenciosa—.

Vienes de un mundo de máquinas y crees que tus sensores lo ven todo.

Pero no puedes ver lo más obvio: no eres más que un error tipográfico en el margen de mi página.

Y los errores se borran.

Sin que Xylos pudiera procesar el movimiento, Kanashi apareció a su izquierda.

No fue una carrera, fue una transición instantánea de un punto a otro.

El explorador intentó activar su escudo de plasma, pero antes de que la energía se materializara, Kanashi lanzó un golpe imbuido en la presión que Hiroto le había enseñado a dominar.

El impacto no rompió la armadura; la colapsó hacia adentro.

Xylos soltó un grito que fue cortado por el impacto de Hikary desde el aire.

La chica cayó como un meteoro, golpeando el pecho del explorador con una fuerza que hizo que el Hierro Negro del suelo se agrietara.

Shiteru cerró el cerco, colocando la punta de su espada en la unión del casco de Xylos, donde el metal era más fino.

—¡Imposible!

¡Sus niveles de potencia son inconsistentes!

—chillaba el visor de Xylos antes de apagarse por completo—.

¡Los nativos no pueden moverse a esta velocidad!

¡Esto rompe las leyes de la física!

Hiroto se acercó con paso tranquilo, ignorando las súplicas y las alertas tecnológicas que emanaban del hombre derribado.

Se detuvo a escasos centímetros de su rostro y, con una mano pequeña, tomó el visor destrozado de Xylos, arrancándolo como si fuera papel mojado.

—Las leyes de la física son mis sugerencias, no mis límites —susurró Hiroto, y por un microsegundo, Xylos vio la verdadera forma de la mente del niño: un abismo infinito donde las estrellas morían—.

Ahora, explorador…

hablemos de lo que el Príncipe Valerius está ocultando en el sótano del palacio.

Háblame de la “Ceremonia del Despertar” y quizás, solo quizás, permita que tu patética historia tenga un epílogo en lugar de un final abrupto.

Xylos temblaba.

Ya no era el orgulloso explorador de las estrellas; era una presa acorralada por un depredador que no entendía.

El bosque pareció cerrarse sobre ellos, convirtiendo el claro en una sala de interrogatorios donde el único juez, jurado y verdugo era un niño que aún no había recuperado su trono, pero que ya gobernaba sobre el miedo de sus enemigos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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