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EL DESPERTAR DEL HÉROE EN LA OSCURIDAD - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 CAPÍTULO 20 LAS SOMBRAS DEL TRONO
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20: CAPÍTULO 20: LAS SOMBRAS DEL TRONO 20: CAPÍTULO 20: LAS SOMBRAS DEL TRONO 📖 CAPÍTULO 20: LAS SOMBRAS DEL TRONO (VERSIÓN EXPANDIDA) El bosque ya no se sentía igual.

Después de la humillación del explorador Xylos, el aire parecía haber retenido una estática eléctrica, un zumbido sordo que solo Hiroto podía interpretar.

Sentado frente a una pequeña fogata que no emitía humo —un truco de su Sabiduría de Autor para evitar ojos indiscretos—, el niño observaba la moneda de madera con el ojo entre espinas.

—La realeza cree que está jugando al ajedrez, pero solo están moviendo las piezas en un tablero que yo inventé —susurró Hiroto, lanzando la moneda al aire y atrapándola con una precisión mecánica—.

Kanashi, prepárate.

Mañana volveremos al pueblo, pero no iremos como visitantes.

Iremos como cazadores.

Kanashi, que estaba puliendo su daga bajo la luz de la luna, levantó la vista.

Sus ojos brillaban con una intensidad nueva.

El entrenamiento de gravedad y la presión psicológica de los últimos días habían forjado en ella una determinación fría.

—¿Buscamos a los contactos del Duque Kaelen, Amo?

—preguntó ella, con la voz firme.

—Buscamos la raíz de la infección, Kanashi —respondió Hiroto, poniéndose en pie—.

El “Hierro Negro” que mencionaron los mercaderes no es solo mineral.

Es un ancla dimensional.

La realeza lo está usando para estabilizar el portal de la “Ceremonia del Despertar”.

Si logramos localizar el almacén principal en el pueblo, les cortaremos el suministro antes de que el Príncipe Valerius pueda terminar su juguete.

El trayecto hacia el pueblo de Oakhaven fue una marcha de sombras.

Hiroto, a pesar de sus piernas cortas, mantenía un ritmo constante, guiado por una intuición que superaba cualquier mapa físico.

Al cruzar las puertas de madera reforzada, el grupo se camufló entre la multitud del mercado matutino.

El olor a pan recién horneado y estiércol de caballo ocultaba una fragancia mucho más siniestra que solo Hiroto percibía: el rastro metálico y frío de los viajeros.

—Dividanse —ordenó Hiroto en un susurro, mientras fingía admirar unos juguetes de madera en un puesto ambulante—.

Shiteru, ve a las tabernas del muelle; busca a hombres con el brazo derecho rígido, es la marca del implante de Kaelen.

Hikary, vigila la oficina de correos reales.

Kanashi, quédate conmigo.

Vamos a visitar al “Alcalde”.

El palacete del alcalde era una construcción ostentosa, una oda a la corrupción financiada con oro de la corona.

Hiroto y Kanashi se deslizaron por los jardines traseros.

El niño cerró los ojos un segundo, activando su Detección Automática.

—Tres guardias en el pasillo oeste.

Dos más en el despacho —murmuró Hiroto—.

Kanashi, no derrames sangre innecesaria, pero asegúrate de que duerman profundamente.

Necesito esos registros de aduana sin que el sistema detecte una brecha.

Kanashi se movió como un borrón de seda negra.

En menos de un minuto, los guardias estaban en el suelo, inconscientes antes de notar que el aire les había faltado.

Hiroto entró en el despacho, subiéndose a la silla de roble del alcalde para alcanzar los documentos sobre la mesa.

Sus dedos pequeños hojearon los papeles con una velocidad sobrehumana.

—Aquí está —dijo Hiroto, y una sonrisa cruel iluminó su rostro infantil—.

El hierro no está en el palacio.

Lo están moviendo a través de las minas olvidadas de Gallow-Peak.

El Príncipe Valerius es más astuto de lo que pensaba; está usando la infraestructura vieja para que los viajeros no dejen rastro en el mapa principal.

De repente, un ruido en el pasillo hizo que Kanashi se pusiera en guardia.

No era un guardia común.

Los pasos eran pesados, rítmicos, y el aire alrededor se volvió gélido.

Un hombre de armadura pulida, con el emblema de la Guardia Sombría, se detuvo en el umbral.

Sus ojos no eran humanos; brillaban con un fulgor violeta artificial.

—Vaya, vaya —dijo el caballero, desenfundando una espada que parecía hecha de cristal oscuro—.

El Príncipe dijo que encontraríamos una rata husmeando, pero no esperaba que la rata fuera un cachorro y su perra guardiana.

Hiroto no se inmutó.

Se bajó de la silla con calma, guardando un mapa clave en su túnica.

—Caballero —dijo Hiroto, y su voz recuperó ese tono de Autor que hacía que el mundo pareciera pequeño—.

Tu arrogancia es proporcional a tu ignorancia.

Te han inyectado esencia de otro mundo para darte poder, pero lo único que han hecho es convertirte en una batería desechable.

Kanashi, pruébame que el entrenamiento de ayer no fue en vano.

Rompe su juguete antes de que se aburra de él.

La pelea fue una danza de contrastes.

El caballero real atacaba con ráfagas de energía violeta que agrietaban las paredes del despacho, pero Kanashi era inalcanzable.

Ella ya no peleaba contra el hombre; peleaba contra la gravedad que Hiroto le había enseñado a manipular en su propia mente.

Se movía en ángulos imposibles, apareciendo sobre el techo y descendiendo con ataques de precisión quirúrgica.

En un movimiento final, Kanashi pateó la muñeca del caballero, desarmándolo, y le propinó un golpe en el plexo solar que lo mandó a estrellarse contra la chimenea de mármol.

El cristal oscuro de su espada se hizo añicos, y el brillo violeta de sus ojos se apagó como una vela soplada.

Hiroto caminó hacia el hombre derrotado y le pisó el pecho, no con fuerza física, sino con una presión metafísica que le impedía respirar.

—Dile a Valerius que su “ancla” en Gallow-Peak tiene los días contados —susurró Hiroto—.

Y dile que el Autor ha regresado para corregir su existencia.

Salieron del despacho justo cuando las alarmas empezaron a sonar.

El pueblo de Oakhaven ya no era un refugio; era una zona de guerra.

Pero mientras corrían hacia la seguridad del bosque, Hiroto sentía que el rompecabezas estaba casi completo.

El Duque Kaelen, el Hierro Negro y la Ceremonia…

todos eran hilos que él pronto cortaría de un solo golpe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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