EL DESPERTAR DEL HÉROE EN LA OSCURIDAD - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 CAPÍTULO 26 EL ECLIPSE DEL AUTOR Y EL JUICIO DE LOS TRES
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26: CAPÍTULO 26: EL ECLIPSE DEL AUTOR Y EL JUICIO DE LOS TRES 26: CAPÍTULO 26: EL ECLIPSE DEL AUTOR Y EL JUICIO DE LOS TRES 📖 CAPÍTULO 26: EL ECLIPSE DEL AUTOR Y EL JUICIO DE LOS TRES El frío que invadió la cueva no era climático; era un frío existencial, el tipo de gélida quietud que ocurre cuando el motor de la creación se detiene en seco.
Hiroto yacía en el suelo, con el pecho subiendo y bajando en espasmos erráticos.
Sus piernas, antes pequeñas y ágiles, ahora se sentían como troncos de madera muerta, desconectadas de su sistema nervioso por el “latigazo” de haber canalizado el infinito en el capítulo anterior.
[ERROR CRÍTICO: El Manuscrito no reconoce al Huésped como entidad biológica legítima.] [ESTADO: Cuarentena Narrativa iniciada.] [BLOQUEO DE AUTOR: 100%.
Las 50 habilidades han sido selladas en el núcleo del alma para evitar el colapso de la realidad local.] Hiroto intentó abrir los ojos, pero solo pudo ver sombras borrosas.
El mundo se estaba pixelando.
Kanashi, Hikary y Shiteru estaban allí, pero se movían como si estuvieran bajo el agua, sus voces llegando a él como ecos distantes de una radio mal sintonizada.
—Amo…
por favor, responda —sollozaba Hikary, cuya vida acababa de ser comprada al precio de la salud de su creador.
De repente, el tiempo se detuvo por completo.
La gota de agua que caía del techo de la cueva quedó suspendida en el aire.
El color se drenó de la realidad, dejando todo en un blanco y negro sepulcral.
Tres figuras emergieron de la nada, caminando sobre el aire como si fuera suelo firme.
Eran los Verdugos del Vacío.
Aetheros, el Silencio del Primer Párrafo, se acercó primero.
Su rostro era una superficie lisa y blanca, sin ojos ni boca, pero Hiroto sentía su mirada de desprecio.
Detrás de él, Mnemos sostenía un espejo que no reflejaba la cueva, sino el incendio de Oakhaven y los rostros de los muertos.
Al final, Terminus, con su túnica negra hecha de “finales de página”, sostenía una guadaña de silencio absoluto.
—Tres contra un niño que no puede ni gatear —logró murmurar Hiroto, su voz apenas un hilo de aire—.
Qué valientes son los anticuerpos del universo…
—No eres un niño, Hiroto Kenzaki —habló Terminus, y su voz sonó como un libro cerrándose con fuerza—.
Eres una anomalía.
Eres una infección en el tejido de este mundo.
Has traído poderes de otros planos que este manuscrito no puede digerir.
Aetheros levantó una mano.
El suelo bajo Hiroto empezó a volverse blanco, borrándose.
El niño sintió que la sensación de su espalda contra la piedra desaparecía.
No era dolor, era algo peor: era la nada.
—¡Atrás!
—rugió Kanashi, desenvainando su daga marcada.
A pesar del bloqueo temporal, las Sombras de Hiroto podían moverse mínimamente gracias a la sangre del Autor que portaban en sus armas.
Kanashi se lanzó contra Aetheros, pero Mnemos simplemente giró su espejo.
El ataque de la joven fue redirigido contra su propia sombra, clavándola al suelo con una fuerza invisible.
—¡Paren!
—gritó Hiroto, tosiendo sangre—.
Su pelea es conmigo…
ellas solo son personajes…
no tienen la culpa de mi existencia.
Hiroto, con un esfuerzo sobrehumano, intentó activar la Habilidad #22 (Procesador Ciel), pero el sistema le devolvió una descarga eléctrica que le recorrió la columna vertebral.
[ACCESO DENEGADO.
Eres un mortal ahora.] —Mírate —dijo Mnemos, acercando el espejo al rostro de Hiroto—.
Estás sufriendo el karma de mil tramas.
Cada vez que usas tu poder, este cuerpo de cinco años se rompe un poco más.
¿Vale la pena salvar a estas tres marionetas a cambio de tu aniquilación?
Hiroto miró a través del espejo.
Vio su propia fragilidad.
Vio que sus piernas estaban realmente dañadas por la sobrecarga del capítulo 25.
Pero también vio el código oculto detrás de los Verdugos.
Ellos no eran dioses; eran funciones de mantenimiento.
Y como toda función, tenían una falla lógica.
—Ustedes…
hablan mucho para ser simples programas de limpieza —dijo Hiroto, esbozando una sonrisa sangrienta—.
Si el sistema me bloqueó…
es porque tiene miedo.
Miedo de que mi voluntad sea más fuerte que el código que me contiene.
Hiroto no buscó sus poderes infinitos.
Buscó su conocimiento original.
Recordó cómo escribió el concepto del “Vacío”.
—Terminus…
tú eres el final, ¿verdad?
—Hiroto estiró su mano pequeña y temblorosa, tocando la hoja de la guadaña que ya estaba en su cuello—.
Pero un final no puede existir sin un comienzo.
Y yo soy el que escribió tu primera letra.
El niño cerró los ojos y, en lugar de intentar “usar” una habilidad, hizo algo que el sistema no esperaba: se rindió físicamente.
Dejó que su corazón se detuviera por un segundo voluntariamente.
En ese instante de muerte clínica, el bloqueo del sistema se confundió.
[HUÉSPED ELIMINADO…
NO, ESPERA…
ERROR DE LECTURA].
En ese milisegundo de confusión técnica, Hiroto robó un acceso.
No fue una de las 50 habilidades, fue algo más profundo: La Paradoja del Autor.
—Habilidad #15: Deus Ex Machina —susurró Hiroto.
La cueva explotó en una luz que no era de este mundo.
No fue una explosión de fuego, fue una explosión de probabilidad.
La guadaña de Terminus se convirtió en flores de papel.
El espejo de Mnemos se llenó de grietas y mostró una imagen de Hiroto ganando.
Aetheros, por primera vez, retrocedió.
El milagro forzado le costó a Hiroto su último aliento de energía.
Sus ojos se pusieron en blanco y sus oídos empezaron a sangrar de nuevo.
El sistema, asustado por la paradoja, expulsó a los Verdugos de la realidad local para evitar un colapso total del servidor.
El blanco y negro desapareció.
El tiempo volvió a correr.
Las gotas de agua terminaron de caer.
Hiroto quedó tendido en el suelo, inmóvil.
Sus piernas no respondían, sus brazos estaban cubiertos de hematomas púrpuras y su respiración era un silbido agónico.
Kanashi lo tomó en brazos, sollozando, mientras Shiteru y Hikary montaban guardia en la entrada, temblando por lo que acababan de presenciar.
—Amo…
por favor, no nos deje —suplicó Kanashi, pegando el cuerpo del niño al suyo para darle calor.
Hiroto abrió un ojo apenas un milímetro.
—Aún…
no he escrito…
el último punto —logró decir antes de desmayarse profundamente.
El capítulo termina con las tres sombras huyendo por el bosque bajo la lluvia, cargando a un niño que parece un muñeco roto, mientras en el cielo, una estrella violeta brilla con intensidad: Valerius ha sentido la perturbación.
La caza real ha comenzado, y el Autor es ahora un lisiado en manos de sus creaciones.
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